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1 de diciembre 2005 - 00:00

Los enigmas de Taiana: Washington y Caracas

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Jorge Taiana

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• La resolución más inesperada que debe adoptar la Cancillería es la designación de un nuevo embajador en Caracas, ya que Nilda Garré sucederá a José Pampuro en el Ministerio de Defensa. El cargo cobró especial relevancia a partir de la Cumbre de las Américas, cuando Kirchner decidió abrazarse más férreamente a la causa bolivariana de Hugo Chávez, despechado por lo que interpretó como un congelamiento de parte de la administración de George W. Bush.

• La relación bilateral con Venezuela fue hasta ahora una atribución casi exclusiva de Julio De Vido, quien promueve para esa representación a un par de funcionarios de su área. Es lógico, De Vido está en expansión después de la salida de Roberto Lavagna. Sin embargo, uno de sus candidatos es paradójico: se trata de Javier de Urquiza, su hombre en Agricultura, una especie de tábano para Miguel Campos, el secretario del área. La perplejidad es evidente, ya que el subsecretario Urquiza aspiró más naturalmente a ocupar el cargo de Campos tras el alejamiento de Lavagna. En tal caso, había quienes apostaban al titular del INTA, Juan Carlos Cheppi. Pero anoche Campos estaba confirmado en el cargo.



• En competencia con el ministro-arquitecto se mueve otro planeta mayor de la galaxia oficial: Carlos Zannini. Su intención sería darle a la vinculación con Caracas un carácter ideológico que está por completo ausente en el pragmático De Vido. Arriesga más Zannini con esta postulación. Si se quiere, hace lo mismo que con los borradores de Jorge Taiana los discursos presidenciales que llegan a su despacho: su costumbre es alargar los párrafos más conflictivos, agregar pólvora (el de la cumbre de Mar del Plata pasará a la historia). Claro, una cosa es el reino de las palabras y otro el de las cosas, pero la biblioteca de Zannini quedó anclada en el maoísmo de su adolescencia, donde estas dicotomías parecían más borrosas.

• Lo cierto es que el secretario de Legal y Técnica apuesta a Rafael Follonier, actual viceministro del Interior (secretario de Provincias), quien acaba de regresar de un viaje a Venezuela al que fue especialmente invitado por Chávez. Las relaciones bolivarianas de Follonier son tan viejas como su militancia en la izquierda ultra de los '70, antecedentes que no sólo lo acercan al canciller caribeño Alí Rodríguez -otro conocido de De Vido, pero por haber administrado PDVSA- sino que le hicieron ocupar un lugar especial en el palco de la anticumbre. Allí el segundo de Aníbal Fernández se cubrió del frío detrás del poncho de Hebe de Bonafini. Para el clima político que impuso la designación de Nilda Garré en Defensa y de Taiana en Cancillería, ese solo gesto mejora el currículum. Claro, nadie asegura hasta ahora que Kirchner quiera, como Zannini, aplicarle a su hermandad venezolana un pegamento ideológico que complique aun más la relación con los Estados Unidos. Por eso tal vez se imponga, involuntariamente, Aníbal Fernández, quien pretende retener a Follonier a su lado como secretario de Provincias.

• A propósito del vínculo con Washington, la Embajada en esa ciudad es otra de las incógnitas que debe despejar Taiana. José Bordón logró el milagro de indisponerse, al mismo tiempo, con el gobierno al que representa y con el gobierno ante el que ejerce esa representación. De Kirchner lo aleja su vínculo con Lavagna, quien fue su padrino para que llegue a la Embajada. Del Departamento de Estado lo distancia el malestar de Tom Shannon, el subsecretario para el Hemisferio Occidental, que se confiesa engañado por Bordón porque «me llevó a un almuerzo con Cristina Kirchner, en plena campaña electoral, para hablar de la cumbre y después todo terminó en una ofensa para los Estados Unidos».

• De Vido, que acaso atraviesa su cenit en el firmamento K, acaso sea decisivo también en el destino de Bordón. El lunes el ministro viaja a los Estados Unidos para exponer en el Council of the Americas, un esfuerzo para mejorar su imagen y la del gobierno ante esa platea. Basta relevar dos o tres datos del contexto de este viaje para advertir lo que De Vido se juega con él: como consignó ayer este diario, en sólo 15 días George W. Bush y Roberto Lavagna mencionaron la palabra «corrupción»; al parecer, los dos usaron la misma fuente, un informe del Banco Mundial sobre «cartelización» en los precios de la obra pública. El gobierno quedó paralizado con estas observaciones, sin siquiera atinar a explicar que los sobreprecios de los contratos se podrían deber, entre otras cosas, a las expectativas de inflación que el propio Lavagna vino generando con sus políticas. Hasta ahora las acusaciones de Bush y Lavagna no tuvieron respuesta. Tal vez la tengan en el Council. Sería lógico pensar que a algún norteamericano se le ocurra vincular, más por afán ideológico que por puritanismo, esas imputaciones con el nexo bolivariano del gobierno argentino, que administra De Vido.

No hay que ser muy avispado para advertir las expectativas que De Vido, y el gobierno, han depositado en este «road show», plagado de empresarios y destinado no sólo a despejar sospechas, también a explicar los cambios que introdujo Kirchner en su gabinete el lunes pasado. Por eso hay que prestar atención a un detalle: el ministro confió la organización de la travesía a Héctor Timerman, el cónsul en Nueva York, y no a Bordón, el ex delegado de Lavagna. Y, tal vez, ex embajador.

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