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6 de diciembre 2007 - 00:00

Los míos, más los tuyos y los nuestros

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Ríen ayer en Casa de Gobierno los presidentes Kirchner junto al nuevo embajador en Francia, directivo de Peugeot, Luis Ureta Sáenz Peña (izq.).
Los presidentes Kirchner han entendido que los intereses argentinos en Francia estarán mejor defendidos si los atiende el delegado de una de las principales empresas de ese país en la región (Luis Ureta Sáenz Peña, de Peugeot-Citroën). Lo mismo entendió en 2003 cuando designó en España a un argentino que se había exiliado un cuarto de siglo antes, tenía la ciudadanía española y se desempeñaba como lobbysta de grupos españoles en América latina. En ese rol, Carlos Bettini -que seguirá en el cargo-llegó a figurar en el primer directorio de la privatizada Aerolíneas Argentinas, en representación de los accionistas ibéricos.

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Este modelo ya lo ensayó Carlos Menem cuando designó como su representante en Alemania al abogado Carlos Mandry, ligado al estudio Mandry -cabeza del estudio Mandry-Berisso que atendía intereses de empresas alemanas en la Argentina-, o al empresario Carlos Amar en madrid, un hombre que vivía en ese país desde hacía muchos años, casado con una española, lo cual le implicó algún problema en los papeles para acceder al cargo.

Menem, como ahora los Kirchner, entendían que darles la embajada a hombres con fuertes intereses en esos países podía facilitar no tanto las relaciones políticas o comerciales, sino mejorar las relaciones personales con los mandatarios de los países de destino. Una forma de romper el aislamiento y emplear a los embajadores como lobbystas del presidente, aunque eso costase nombrar en realidad a un lobbysta de los negocios de esos países ante la Argentina. El peronismo parece preferir este tipo de designaciones porque va de la mano por su vocación por el acuerdo, la negociación, especialmente con quien tiene poder. Algo que explica por qué pudo embanderar al país de «neoliberalismo» y, sin movérsele un músculo, hacerlo hoy de proteccionismo antiglobal, con el mismo discurso y los mismos voceros (el modelo de conducta es el ex diputado Oscar Lamberto, que fue el miembro informante de la Ley de Convertibilidad en 1991 y también, en el año 2000, de la ley de emergencia que la tiró abajo).

El mecanismo lo usaron antes también los gobiernos militares, cuando nombraban, por ejemplo, a un Alvaro Alsogaray como embajador en Washington (gobierno de Juan Carlos Onganía) a quien nadie podría imaginar confrontar con los Estados Unidos.

  • Lobbystas

  • Tampoco pensó Leopoldo Galtieri que se peleasen con ese país o con Gran Bretaña un Nicanor Costa Méndez (canciller) o un Roberto Alemann (ministro de Economía, referente en el país de intereses suizos); era quizás una manera de tener lobbystas apropiados para defender la ocupación de las islas Malvinas, un plan que llevaba preparado ya cuando asumió la presidencia de facto. Menos aún el embajador de entonces, Esteban Takacs, un agrónomoempresario que se sentó en la embajada en Washington por su amistad con empresas de los Estados Unidos, y se desayunó en pocos meses con que debía convencer a la Casa de Blanca de mirar hacia otro lado por la ocupación de Malvinas.

    Esto de nombrar como embajadores a lobbystas de los países de destino también dio para boutades, como cuando Raúl Alfonsín promovió como embajador en La Habana al santafesino Aldo Tessio, un radical a quien siempre se le atribuyeron simpatías con el comunismo. Fidel Castro le mandó a decir a Alfonsín: «Le pido que nombre un representante suyo ante mí, no a un representante mío ante la Argentina». Algo así pudo reproducirse con la oferta (rechazada) que le hizo Cristina de Kirchner a Jorge Obeid, de representarla ante Cuba. El gobernador saliente de Santa Fe ha dedicado varios viajes a ese país a cultivar la relación con el dictador Castro, a quien le ha dedicado hasta un libro obviamente elogioso.

    Parecido criterio lo animó a Menem cuando designó al abogado Emilio Cárdenas -un profesional que ha representado también intereses de los Estados Unidos en el país-; sirvió para aplacar las iras del designado contra su gobierno, al que caracterizó como cautivo de una « kakistocracia» (gobierno de los ladrones). Designar como embajadores a representantes de intereses de los cuales el que el país debería estar defendido con gente propia -políticos, diplomáticos de carrera- parece tolerable para la opinión promedio cuando se trata de países europeos, que en el imaginario criollo tienen un valor simbólico fuerte. Ocurre lo mismo con algunos países de la región, como Venezuela, adonde Kirchner mandó de embajadora a una amiga del bolivariano Hugo Chávez, y a su pedido, la sindicalista Alicia Castro (claro, las relaciones carnales las asumieron Julio De Vido y Claudio Uberti). Antes ya había hecho lo mismo con Nilda Garré.

    Sería menos tolerable -y podría ocurrir si los gobiernosargentinos se afirman en esta línea-si se le pidiera a los Estados Unidos que dijera a quién tendrían a bien aceptar como embajador de la Argentina, o que directamente, a lo Luis Ureta Sáenz Peña, se le ofreciera el cargo a un representante de alguna automotriz de ese país o algún laboratorio.

    Los gobiernos como el de Kirchner justifican este tipo de designaciones con el argumento de que la Constitución define al embajador como «representante» personal del presidente ante otros países y que no está mal apelar a amigos de esos países para mejorar las relaciones. Y, en todo, caso abrirle a su presidente aislado alguna puerta.

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