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Macri tomó a su cargo esa tarea desde anoche, al pegar sobre el flanco más fuerte del adversario: el apoyo de Néstor Kirchner, que sacar del pozo a Ibarra al sumarlo a la ola de expectativas y aprobación de la clase media urbana que ha desencadenado su primer trimestre de gobierno.
El candidato de «Compromiso para el Cambio» pronunció un discurso que, si bien no tuvo un solo matiz agresivo para Kirchner, adquirió un tono casi presidencial. Comenzó refiriéndose a la «unidad de los porteños» y habló de un país en el que se respete al que disiente y no se persiga al adversario. Una apelación al electorado que manifiesta inquietudes por la propensión al conflicto del gobierno nacional. En la otra vereda de ese discurso está Kirchner, no Ibarra.
Este enfoque complica a Ibarra por dos razones. Primero, lo deja como un personaje marginal en una contienda «de grandes». Segundo, toca la cuerda más débil del gobierno en estos días: la incertidumbre del Presidente sobre la conveniencia de tomar un costo tan alto en el distrito más importante del país, donde está radicado el electorado para el cual él viene trabajando desde que asumió el poder. Macri se puso al borde del desafío para el gobierno nacional, especialmente sensible ante ese matiz: para Kirchner y su entorno el triunfo de ayer fue su primer paso en una carrera hacia la Casa Rosada que puede enfrentarlos en 2007. Papá Franco siempre pensó en que ésa sería la fecha crucial para su hijo.
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