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19 de julio 2004 - 00:00

Mala señal: postergan tratar el nuevo código

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Postergar la sanción es una mala señal que se muestra a la sociedad, un triunfo de la fuerza bruta sobre las formas democráticas.

Un poco, para ver si reparan el edificio (con puertas ahora agujereadas); otro tanto, para analizar si -un poco cobardemente- se aprueban los artículos del nuevo código en sesión secreta especial sin anuncio previo, y también esperando que el gobierno les otorgue algún tipo de seguridad, se dispuso la postergación, en principio, para mañana.

Del gobierno cabe esperar muy poco. Parece imposible en la era Kirchner, de opinión vigente sólo presidencial, que vaya a arriesgar cualquier costo político, así apenas sea mandando camiones hidrantes o lanzar gases lacrimógenos.

Nadie entiende la inhabilidad política del gobierno para no darse cuenta de cómo esta anarquía reinante perjudica su consenso entre la gente y desprestigia a la Argentina en el mundo. Vive planeando «desembarcos» en la provincia de Buenos Aires, crea imágenes de presunta invencibilidad electoral de la primera dama en una elección, pero no toma en cuenta la realidad.

Dos encuestadores serios como son Rosendo Fraga y Carlos Fara -ninguno de ellos, lanzadores de encuestas oficiales pagas- han determinado que la imagen del gobierno Kirchner, que hace un año estaba realmente en 70% cuando Carlos Menem no quiso enfrentar la segunda vuelta electoral, ha bajado a 40%. La encuesta de Fraga agrega otro dato: aprueba esta gestión del gobierno sólo 35% de la ciudadanía.

Más pícaro para la política, Eduardo Duhalde vaticinó: «El peronismo puede perder la elección legislativa de 2005». Es cierto que el centroderecha no encuentra una figura realmente carismática para aprovechar el momento favorable. Allí todos son «un poco», luego de que hasta Elisa Carrió -aunque con sus incongruencias de siempre- viera nichos vacíos y comenzara a ladearse hacia la derecha al darse cuenta de que crece la bronca ciudadana contra todo lo que suene a izquierda (a esta altura, desde los ultra hasta los light).

Aun la carencia de «la figura» en el centroderecha pareciera encaminarse a mejor futuro y óptimo si Cristina Kirchner se enfrenta a Chiche Duhalde dividiendo la troupe. Está tan preocupado Eduardo Duhalde que, inclusive, hay quienes sostienen que cederá mucho al kirchnerismo antes que perderlo todo.

En definitiva, la izquierda -la ultra, la que no está enriqueciéndose en el gobierno como la llamada light o aburguesada- no cesará en su violencia. Quieren a toda costa la reacción del gobierno y, al verlo atemorizado en decisiones, encaran con más fuerza. Fue significativo lo observado el viernes con la violencia en la Legislatura porteña. Han identificado en la Intendencia que junto con simples travestis y vendedores ambulantes se mezclaron los pesados del Polo Obrero, de Néstor Pitrola, y los de MST, de Vilma Ripoll (miembro de la Legislatura atacada, aunque ella estaba ocupada en las elecciones de su gremio), que actúan dentro de Izquierda Unida, incitando a la violencia al grupo inicial de interesados. Luego descargaron al lugar la artillería, o sea sus encapuchados de choque, pero, apenas vieron salir a un grupo de policías, se replegaron sorpresivamente. No precisamente por miedo. Quieren los ultras que si hubiera una víctima, algo tan deseado, sea vendedor o travesti, en este caso, pero no un activista fichado de su sector con lo cual -imaginan ellos- pueden impactar mejor a la sociedad y desacreditar al gobierno. La Policía se replegó apenas salió -orden de Gustavo Béliz y de Prados-, los violentos se sintieron frustrados y los «perejiles» quedaron destruyendo puertas a cara descubierta para ser filmados, fotografiados y luego, obvio, detenidos. Estos eran improvisados en violencia; los piqueteros pesados, no.

El gobierno sabe todas estas estrategias y fines de la calle, y no actúa ni siquiera contra los violentos reales. Se entiende su continua pérdida actual de imagen.

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