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3 de enero 2007 - 00:00

Ni el tiro del final

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En un patético final parece culminar el secuestro del militante kirchnerista Luis Gerez. Sin noticias, aclaraciones o explicaciones, luego de que -oficialmente- se colocara al país en vilo por esa desaparición de 48 horas. Se movieron todas las fuerzas de seguridad, los funcionarios presumieron de operativos gigantescos, se echaron culpas al voleo y, en el medio, el propio presidente Néstor Kirchner -lívido, mal dormido y hasta con señales de escaso sosiego- utilizó la cadena nacional para un mensaje de minutos que le había llevado horas preparar (con el que se supone es su staff intelectual más representativo). Consideró en su discurso, el segundo dirigido al país desde que asumió el Ejecutivo (arcaica política de comunicación en el siglo XXI), la necesidad de que se lo apoyara para defender el estado de derecho (a juicio del mandatario, ya afectado por el perdido testigo Jorge Julio López y agravado porque se suponía inhallable a Gerez). Lógico ese reclamo de solidaridad; lo hicieron países más serios, gobernantes y opositores sensatos (España, por ejemplo). Pero hoy, de acuerdo con lo que se observa en la superficie informativa, parece que Kirchner hubiera gastado al aire una bala de plata de su módico reservorio oral. Casi una lóbrega broma de fin de año contra sí mismo, algo así como el anuncio de que los chinos se iban a hacer cargo de la deuda externa de los argentinos.

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Más allá de posibles errores o apresuramientos, se descubre otra falta más desconsiderada: la comprensible urgencia oficial para enfrentar la situación del presunto desaparecido número 30.002 -como ya críticamente se enfangaba al caso- no se corresponde con el actual silencio de radio, con el misterio que se le impuso al episodio. Nada se resuelve saliendo por la puerta de atrás, con la cabeza gacha, sin siquiera saludar. También ahora se requiere un mensaje, una hechura adecuada de su staff de inteligentes para que el epílogo del caso Gerez no comprometa al gobierno.

Es que a minutos de la aparición de Gerez ya habían surgido suspicacias, cuando declaró ambigüedades ante interrogantes concretos («me torturaron el alma»; «sentía el dolor de los 30 mil desaparecidos»). Más que el secuestro de un militante político, personificaba a un predicador espiritual. Luego se amplió el nivel de conjeturas, tanto en la conferencia de prensa como en la exagerada reserva sobre sus pasos. Ayer, los fiscales ( Andrea Palacios, Facundo Flores, Paula Gaggiotti e Irene Molinari), los mismos de esa Justicia lenta que impugna Kirchner, casi con benevolencia admitieron que no llamarán a declarar a Luis Patti (al que se le imputaron responsabilidades por el hecho) y ni siquiera al propio Gerez; éste, en apariencia, ya dijo todo lo que tenía que decir. Y es bastante poco. Con lo cual, le queda al gobierno la responsabilidad de decir algo más, una forma de salir de un episodio que por el momento parece avergonzarlo con el silencio.

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