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Ya ocurrió en un encuentro en la Sexta sección electoral de esa provincia (Bahía Blanca) y, para otra inminente de la Tercera (conurbano sur) se anticipa el mismo resultado. No importa quién viene a pedir el voto ni la adhesión: todas las líneas aspiran a liberar a su gente para esa jornada, a no comprometerla -ni comprometerse- con determinados postulantes. Por supuesto, esta creciente manifestación de conciencia individual obedece a razones no precisamente espirituales, ya que nadie puede imaginar en el justicialismo -mucho más en el bonaerense una aparición tan repentina de ese tipo de gestos.
Como jefe natural del peronismo bonaerense a Duhalde parece complicársele impartir una orden en contra de Menem. Aunque, justo es admitir, no tiene ningún entusiasmo por Adolfo Rodríguez Saá y, si bien lo impulsó a José Manuel de la Sota, lo cierto es que por el momento lo observa como un cheque cordobés (o sea, de dudoso cumplimiento). De ahí que modere su mensaje crítico, pida opiniones, escuche hasta la desagradable confesión de los mejores amigos que, remedando al pensador Imbelloni, le revelan: «Vamos a seguirte hasta la puerta del cementerio». No en vano Imbelloni es bonaerense y peronista, aunque no del universo duhaldista.
Habrá razonamientos obvios: si Duhalde se desdibuja en Buenos Aires como mandante, ¿tal vez Menem recoja ese peronismo residual? Es una probabilidad, pero hasta ahora ni siquiera se acercó al distrito. Apenas si optó por convalidar el lanzamiento de Luis Patti, proyecto que al justicialismo ni lo conmueve debido a su mínima inserción. Tampoco ha cultivado del poder permanente provincial a desertores del aparato duhaldista, quienes como máxima se refugian en sus distritos y piden que nadie les exija a quién votar. Como se sabe, la libertad de conciencia era una excusa para no hacer el servicio militar y, hoy por hoy, se justifica en el mismo sentido para la «colimba» bonaerense del peronismo. Y ya no son tiempos para hacer una leva.
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