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30 de mayo 2005 - 00:00

Nuevas formas en la política

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«Alianza» a la manera antigua, como «la concordancia» de los años '40, la «unión democrática» de 1946 -uniendo comunismo y conservadorismo- contra Juan Perón o la que llevó a Fernando de la Rúa al poder amalgamando mal izquierdas y derechas, en 1999, empiezan a carecer de sentido en el país. Entre otras consecuencias, engendran gobiernos incapaces de gobernar.

En la incongruencia política nacional convergían en los formatos radicalismo-justicialismo tendencias opuestas porque eran formas de «hacer política» de muchos dispares. En el PJ una derecha que encabezaba Carlos Menem y varios como Juan Carlos Romero, junto a un híbrido como es el populismo de Duhalde, sin ideología y apenas basado en «la caja» de los fondos públicos para mantenerse, y una izquierda oculta que era el kirchnerismo. Tan oculta que engañaron al decadente caudillo bonaerense que lo hizo presidente.

Lo de los radicales era similar: un sector izquierdista, tercermundista, basado en un Raúl Alfonsín más mañero de la política que pensador que terminó ubicándose mejor junto al centroizquierda de Néstor Kirchner, un populismo de los Leopoldo Moreau y Federico Storani -que obviamente terminaron uniéndose a Duhalde- para usar el empleo público para sus acólitos y una derecha de Ricardo López Murphy, José Luis Machinea y el mismo Fernando de la Rúa. También había en el radicalismo un híbrido basado todavía en el personalismo y un discurso pícaro, como es el caso de Elisa Carrió tan antigua que sigue hablando de «fascistas» y «neofascistas».

Se fueron saliendo de los viejos partidos dislocados por la bi o tripolaridad interna, donde el que ganaba la presidencia encolumnaba hacia derecha e izquierda, como hizo Alfonsín y hacia el otro lado el Partido Justicialista tras Carlos Menem durante 10 años.

Lo único hoy que se mantiene de la vieja política argentina son el subsidiar, la demagogia de lograr votos con fondos públicos. Se extenderá el mal a la elección de octubre próximo y en un país con 42% de pobres, 54% de trabajo en negro para subsistir como pequeñas empresas y 16,7% de desocupación será de muy fuerte peso, es obvio. Pero, al menos, quedará insinuado el país hacia formas políticas modernas, comprensibles desde el exterior y tradicionales a las grandes democracias de Occidente, como republicanos y demócratas en Estados Unidos, socialismo y centroderecha en el Partido Popular en España, laboristas y conservadores en Inglaterra. Lo mismo Alemania, Chile, Grecia y tantos más. Brasil políticamente es la China de Latinoamérica. El Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva ascendió como izquierdista y le arrebató todas las banderas clásicas de racionalidad en el manejo de la economía al centroderecha.

Nos iremos adaptando a la nueva realidad pero somos latinoamericanos. Este centroizquierda que representa el kirchnerismo tiene anomalías serias como despreciar a la oposición y tendencia hegemónica, desde ya no democrática, como en la antigüedad. Aún así entiende los nuevos aires políticos que aparecen en el país.

La democracia desde 1983 nos encaminó a estas nuevas formas políticas de agrupar a los iguales por encima de los estuches tradicionales, es cierto, pero con argentinismos como usar los fondos públicos por el partido en el poder, no aceptar la oposición legítima y la subsistencia de «populismos» que no encuadran en los nuevos tiempos como es el caso de Eduardo Duhalde y los «aparatos partidarios». No se trata de nuevos «unicatos» sustitutivos sino de posicionarse de acuerdo a ideas aunque sean comunes a varios partidos, como los regímenes europeos con primer ministro. Que sea la excepción aislada las posturas incoherentes y los «populismos» decididamente retrógrados.

Los agrupamientos políticos nuevos aglutinan posiciones de fondo. Pero no será fácil. No lo será para el centroderecha de López Murphy-Sobisch y Macri aceptar a Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá que aún con inconsistencias -sobre todo en el último- son cuando menos antiizquierda. Ni al kirchnerismo sumar a la izquierda de Luis Zamora, el piquetero Néstor Pitrola y otros, pero son del mismo palo aunque en los extremos.

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