28 de mayo 2003 - 00:00

Plena libertad para quien no la brinda

En suelo nacional un visitante extranjero utilizó una facultad de una universidad pública para denostar a mandatarios y países. Fidel Castro habló así frente a 15.000 piqueteros y activistas marxistas, en su gran mayoría, y fueron golpeados -también aquí, en la Argentina, como en Cuba- los estudiantes que disentían con la dictadura de Fidel Castro. Tres horas y además televisación. Simultáneamente, si alguien cambiaba de canal, se veía a numerosas mujeres de blanco que en La Habana no podían reunirse en una misa y dar una vuelta manzana en protesta por 75 hijos, novios, esposos y padres detenidos y condenados más otros tres jóvenes fusilados en Cuba en juicios sumarios sólo por disentir con el régimen. En un país donde los medios de transporte son precarios y caros para una población cubana empobrecida, esos detenidos sobrevivientes -explicaban a cámaras las temerosas mujeres-fueron llevados a prisiones a 900 kilómetros de distancia de La Habana. Aquí, violación de la hospitalidad por parte de un visitante, a quien se dejó decir lo que quiera y circular por donde se le ocurriera. En la patria del visitante, Cuba, mujeres que no pueden asistir sin amenazas de cancerberos de la dictadura castrista a un acto religioso. Represión allá. Aquí, libertad para un orador que nos propone suprimirla e imitarlo como ejemplo.

Plena libertad para quien no la brinda
Observando durante casi 3 horas el discurso de Fidel Castro en las escalinatas de la Facultad de Derecho, cabe pensar que si ese carisma, esa inteligencia, oratoria y memoria a los 77 años se hubiera empleado durante los últimos 40 en ejercer un gobierno socialista democrático con planes de desarrollo racionales, Cuba podría ser hoy una mediana potencia y no un país arruinado por un marxismo ortodoxo caduco que subsiste sólo allí y en Corea del Norte, como excentricidades mundiales.

No obstante, el veterano líder presentó a Cuba como «un paraíso», un lugar deseado y ejemplo para ser imitado. Pronunció un discurso propagandístico, de agresiones a países y líderes mundiales insólitamente desde suelo argentino. Dio el país impresión de africano totalmente subdesarrollado para permitir esas violaciones de un extranjero invitado. Aquí pudo armar un acto público frente a 15.000 personas, en su gran mayoría piqueteros, activistas marxistas y semillas de violencia. La Argentina hasta permitió que tales activistas golpearan a estudiantes democráticos que resistieron tal ultraje a una facultad precisamente de «Derecho», algo desconocido hoy en Cuba. Ya hubiera sido una violación tal verba agresiva en un recinto partidario cerrado, pero además le dieron un lugar estatal. En Cuba 50 personas no pueden reunirse para criticar al castrismo. Aquí, desmereciéndonos cada día más como país, le damos los lugares públicos y hasta le televisamos la violación. Increíble.

No importa el fanático que loa una Cuba que fusila, que no deja hablar al disidente, que lo encierra o lo fusila si se atreve a desafiar la mordaza y donde no iría a vivir.

Importa quien -fundamentalmente jóvenes- pueda creer la explicación que dio Castro: que en su país no hay elecciones libres porque no tienen dinero para concretarlas. «Como los millonarios para ser presidente norteamericano», dijo el barbado.

Mientras se irradiaba por nuestra televisión ese discurso -y obligatoriamente se hacía escuchar en Cuba porque no tienen otra programación que la estatizada-, por CNN se pasaba una filmación en la propia capital de la isla: mujeres vestidas de blanco que asisten a una misa todas las semanas y luego dan una vuelta manzana, en similitud a las Madres de Plaza de Mayo. Allí un vestido blanco reemplaza un pañuelo en la cabeza y piden por la libertad de sus hijos, novios o esposos condenados -si no son deudos de los fusilados- a prisión por 25 o 28 años sólo por haber pretendido disentir con la dictadura castrista y usar el derecho a la libertad de expresión que viene desde la Revolución Francesa y la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos. Un origen en el siglo XVIII, una conquista de la humanidad pero que en Cuba se anuló. Con audacia y dolor ante las cámaras en La Habana esas sufridas mujeres contaban que sus hombres presos habían sido encerrados en una prisión a 900 kilómetros de La Habana. Ni podían ir a verlos ni llevarles su consuelo y amor. En la escalinata de la facultad Castro decía: «No nos gusta, son las leyes». Las mujeres de blanco contaban que las amenazan y les dicen que las van a detener por conspiración. ¿De qué leyes en Cuba habló Castro? ¿Qué valor puede tener su afirmación en esa misma escalinata de que «en toda lucha, del tipo que sea, recuerden que lo primero debe ser ganarse el respeto del adversario»?

• Condicionamiento

Asentado sobre una educación y una medicina social espectacularmente desarrolladas en su país y dignas de ejemplo, el líder cubano condicionó al nuevo gobierno argentino a que no sea socialista moderno, como Lula Da Silva, sino dictador como él. 15.000 ideologizados presentes oyeron la propuesta de que una izquierda argentina -que sólo representa 6% de la voluntad popular- le niegue el derecho a la libertad a 94% restante. En Cuba sucede eso y por ello el régimen no acepta elecciones libres.

44 años de vigencia popularizan a cualquiera, hasta a Stalin si viviera. Seguirá pasando así con Castro, que con ese escudo disimula sus falacias, la pobreza con que sacrificó el bienestar de dos generaciones en su país. Lamentablemente no hay caída del Muro de Berlín en Cuba, como impuso sobre sus dictaduras marxistas la cultura europea. Frente al carisma sólo el final del dictador devolverá la prosperidad al pueblo cubano como ya recuperó luego de 75 años de marxismo agobiante Europa del Este, Rusia y naciones de la disuelta Unión Soviética.

Hay que escucharle a Castro desvaríos como suprimir la «sociedad de consumo». ¿En qué trabajaría la gente si no fuera para elaborar productos que otros consumen y para lo cual también trabajan, creándose así el ciclo base de la vida y el goce de poseerla? ¿Propone Castro -por no haber podido nunca darle bienestar a su pueblo sometido- trabajar sólo para producir alimentos y meramente subsistir como el reino animal? Incongruencias de un gobernante seducido por su propia retórica, con la cual adormeció años el espíritu cubano y pretende extenderlas como «fórmula» a otros pueblos.

Peligroso lo que se irradió el lunes desde una casa de cultura en una nación con su sociedad disgregada, sin ideales comunes por arriba de las tonalidades, como esta Argentina actual que es de los pocos países donde sus intelectuales no se pronunciaron sobre las recientes detenciones y fusilamientos de opositores en Cuba, aunque más no sea criticando la pena de muerte como circunscribió hasta «Gabo» García Márquez.

Vienen días en que habrá que oír estos mensajes como droga alucinógena de los fanatizados, como peligro de algún gobernante trasnochado que quiera imitar a Castro o de mentes jóvenes que no sepan lo que es perder la democracia, la libertad, sin derecho a disentir además para estar mucho peor en bienestar y formas de vida.

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