Plena libertad para quien no la brinda
En suelo nacional un visitante extranjero utilizó una facultad de una universidad pública para denostar a mandatarios y países. Fidel Castro habló así frente a 15.000 piqueteros y activistas marxistas, en su gran mayoría, y fueron golpeados -también aquí, en la Argentina, como en Cuba- los estudiantes que disentían con la dictadura de Fidel Castro. Tres horas y además televisación. Simultáneamente, si alguien cambiaba de canal, se veía a numerosas mujeres de blanco que en La Habana no podían reunirse en una misa y dar una vuelta manzana en protesta por 75 hijos, novios, esposos y padres detenidos y condenados más otros tres jóvenes fusilados en Cuba en juicios sumarios sólo por disentir con el régimen. En un país donde los medios de transporte son precarios y caros para una población cubana empobrecida, esos detenidos sobrevivientes -explicaban a cámaras las temerosas mujeres-fueron llevados a prisiones a 900 kilómetros de distancia de La Habana. Aquí, violación de la hospitalidad por parte de un visitante, a quien se dejó decir lo que quiera y circular por donde se le ocurriera. En la patria del visitante, Cuba, mujeres que no pueden asistir sin amenazas de cancerberos de la dictadura castrista a un acto religioso. Represión allá. Aquí, libertad para un orador que nos propone suprimirla e imitarlo como ejemplo.
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Asentado sobre una educación y una medicina social espectacularmente desarrolladas en su país y dignas de ejemplo, el líder cubano condicionó al nuevo gobierno argentino a que no sea socialista moderno, como Lula Da Silva, sino dictador como él. 15.000 ideologizados presentes oyeron la propuesta de que una izquierda argentina -que sólo representa 6% de la voluntad popular- le niegue el derecho a la libertad a 94% restante. En Cuba sucede eso y por ello el régimen no acepta elecciones libres.
44 años de vigencia popularizan a cualquiera, hasta a Stalin si viviera. Seguirá pasando así con Castro, que con ese escudo disimula sus falacias, la pobreza con que sacrificó el bienestar de dos generaciones en su país. Lamentablemente no hay caída del Muro de Berlín en Cuba, como impuso sobre sus dictaduras marxistas la cultura europea. Frente al carisma sólo el final del dictador devolverá la prosperidad al pueblo cubano como ya recuperó luego de 75 años de marxismo agobiante Europa del Este, Rusia y naciones de la disuelta Unión Soviética.
Hay que escucharle a Castro desvaríos como suprimir la «sociedad de consumo». ¿En qué trabajaría la gente si no fuera para elaborar productos que otros consumen y para lo cual también trabajan, creándose así el ciclo base de la vida y el goce de poseerla? ¿Propone Castro -por no haber podido nunca darle bienestar a su pueblo sometido- trabajar sólo para producir alimentos y meramente subsistir como el reino animal? Incongruencias de un gobernante seducido por su propia retórica, con la cual adormeció años el espíritu cubano y pretende extenderlas como «fórmula» a otros pueblos.
Peligroso lo que se irradió el lunes desde una casa de cultura en una nación con su sociedad disgregada, sin ideales comunes por arriba de las tonalidades, como esta Argentina actual que es de los pocos países donde sus intelectuales no se pronunciaron sobre las recientes detenciones y fusilamientos de opositores en Cuba, aunque más no sea criticando la pena de muerte como circunscribió hasta «Gabo» García Márquez.
Vienen días en que habrá que oír estos mensajes como droga alucinógena de los fanatizados, como peligro de algún gobernante trasnochado que quiera imitar a Castro o de mentes jóvenes que no sepan lo que es perder la democracia, la libertad, sin derecho a disentir además para estar mucho peor en bienestar y formas de vida.



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