Las cuestiones semánticas y las interpretaciones históricas suelen no ser intrascendentes; por el contrario -como toda cuestión relacionada con el lenguaje y el juicio sobre el pasado- trasuntan la expresión del pensamiento, de los sentimientos, de la ideología y de la memoria de quienes las formulan. La reciente convocatoria presidencial realizada en el Día de la Patria para buscar una «pluralidad» en el proyecto político del gobierno, indica a las claras que de lo que se trata es de buscar, como lo señala el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, una «multitud, copia y número grande de algunas cosas»; en este caso de dirigentes y de adeptos.
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Desafortunadamente, el presidente Néstor Kirchner, en el día que se celebraba con una fiesta popular un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, no convocó al «pluralismo», que en el significado dado a la palabra por la entidad española, indica «el sistema por el cual se acepta o reconoce la pluralidad de doctrinas o métodos en materia política, económica ...» entre otras; algo muy diferente de la mera «pluralidad».
Por si algún margen de duda hubiera quedado en la mente de los destinatarios del mensaje respecto de que la intención del Presidente es la «pluralidad» y no el «pluralismo», el ministro del Interior salió prontamente a aclarar los alcances de la expresión, informando que muchos de los principales referentes de la oposición no serían convocados a diálogo político alguno, porque no piensan lo mismo que el gobierno, ni persiguen los mismos objetivos. Es decir, que la pluralidad sólo se concibe -desde la órbita oficial- bajo un sistema exclusivo y excluyente de adhesión y de sumisión al proyecto presidencial.
El objetivo es claro: de 22% de votos con que el presidente Kirchner llegó al poder, se pasó a 40% en la última elección y, para el 2007 -si es que se desea que no haya segunda vuelta y así asegurar la reelección del eventual « pingüino o pingüina»- el gobierno deberá obtener más de 50% de los votos. Hay que «sumar» más. Se necesita una mayor «pluralidad» y un menor «pluralismo», para consolidar un proyectohegemónico de poder; una ya clásica y poco original tentación a la cual no han podido dejar de sucumbir nuestros presidentes en las últimas décadas, tanto civiles como militares. «El único proyecto político válido es el propio; los de los demás, ni siquiera son considerables» constituiría el lema de esta estructura política.
Como señalan Weber y Safranski, al advertirnos sobre ese «clerical vicio de querer tener siempre razón», no existe nada más peligroso que el «poder salvador», el cual considera que «el adversario debe valer menos cuando ha sido vencido».
En lo que a la cuestión histórica se refiere, todo proyecto hegemónico, teniendo en cuenta el origen de sus componentes, intenta construir una versión histórica del pasado desde una óptica exclusivamente política y totalmente parcial, con el objetivo de acallar y desacreditar a quienes pudieran levantar su voz en contra del proyecto perseguido.
Tanto para vencedores como para vencidos, Weber advertía que «ponerse a buscar -desde la perspectiva del político- después de una guerra quiénes son los culpables es cosa propia de viejas; es siempre la estructura de una sociedad la que origina la guerra». Y la complejidad de esa estructura corresponde sacarla a la luz a los historiadores, para que no se vuelva a repetir, no a la retórica demagógica de la barricada política. Bajo esta última «todo documento que tras decenios aparezca -decía Ricoeur- hará levantarse de nuevo el indigno clamoreo, el odio y la ira, en lugar de permitir que, al menos moralmente, la guerra hubiera quedado enterrada al terminar». Y ello no significa dejar sin castigo a quienes violaron la ley o los derechos humanos durante la guerra; sino todo lo contrario: es dejar que la ley y la Justicia actúen con la independencia y la equidad con que deben hacerlo, y que los historiadores relaten y analicen los hechos; todo ello sin arietes políticos y sin condicionamientos ideológicos impuestos desde el poder de turno.
Misión
Como lo ha recordado recientemente alguno de los más destacados miembros de las Reales Academias Española y de la Historia, una de las principalesmisiones del político es integrar la tradición en proyectos de futuro «para todos». Ser «mediador» y no «separador» entre situaciones heredadas y proyectos. Esa es la « concordia» que el país necesita en la actualidad, no tal alejada en su concepto de la «amistad civil» que proclamaba Aristóteles.
Al político y al gobernante le corresponde ocuparse del futuro y de su responsabilidad ante él y -como decía Weber- «sin perderse en cuestiones, por insolubles políticamente estériles, como cuáles han sido las culpas del pasado.» Si la falta de memoria es un pecado social imperdonable, no es menos cierto que el exceso de memoria -especialmente cuando es selectiva- también puede herir a una sociedad de muerte, dividiéndola hasta el fin.
Negativo
Por otra parte, el equilibrio de la memoria de un país se construye a través de la «memoria colectiva», que es pertenencia de la comunidad toda y no sólo del poder de turno. La soberbia de quien pueda creerse con «superioridad moral» sobre sus rivales y erigirse en único intérprete de la historia es algo sumamente negativo para toda la sociedad; y la historia y la vida -como acertadamente ha mencionado una pensadora contemporánea- son algo más complejo que el recuerdo personal y que la nostalgia del propio pasado.
Parece ser un deseo de toda la sociedad que las decisiones que se están tomando en estos días en materia política, económica y social, sean suficientemente evaluadas y reflexionadas en un contexto de « mediación» entre un « pasado» que se desea dejar atrás para siempre, y un «futuro» al que se anhela llegar con una sociedad «pluralista» e «integrada» -no meramente «plural»-; y que dichas decisiones no intenten erigirse en sanciones tardías o reivindicaciones postergadas, vinculadas a un pasado nostálgico de lo que fue, para los vencedores y vencidos de diversas y sucesivas épocas.
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