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Todas las versiones sostienen que la eventual invitación al ministro (condicionada porque las presiones que someten a Kirchner por otro lado lo llevaron a decir ayer en Neuquén que Lavagna, Ginés González García y Aníbal Fernández no tenían puesto asegurado) es para que sea «reelegido», al igual que otros, en la misma cartera. Pero Lavagna, según parece, no tiene disposición para seguir en el mismo sillón, al revés de lo que sí aceptarían González García (Salud) o Fernández (Producción). En la eventualidad de que el titular de Economía persistiera en el gabinete, estiman, sólo consentiría hacerlo en otra función: sea la Jefatura de Gabinete o, lo que más le tentaría, el Ministerio de Relaciones Exteriores. Algo parecido a lo de Alfredo Atanasof, quien ya arregló con Kirchner que de la jefatura pasaría al Ministerio de Trabajo si ocurre el triunfo en los comicios.
Se desconoce aún la respuesta de Lavagna -salvo que no repetirá en Economía-, y como es hombre de exagerada reflexión para la política, seguramente debe dudar sobre la conveniencia o no de compartir destino con alguien que le cuesta comulgar y, sobre el cual, no debe confiar demasiado para la victoria.
Es un dilema para Lavagna, ya que cierto respeto profesional que obtuvo en su gestión podría naufragar por la mera apetencia de un cargo político (aunque, como es conocido, la Cancillería siempre seduce). Además de reducir un crédito, otra pregunta lo acosa: ¿cuánto tiempo duraría en una administración como la de Kirchner? (nadie debe olvidar la sucesión de enfrentamientos que tuvieron, sea por los ferrocarriles o por la compensación a los bancos, para citar dos ejemplos).
Pero si esta interrogante ensombrece a Lavagna, su posible aceptación podría activar el avispero del sureño, donde más de uno ya tiene el brazo levantado en señal de jura. Si fuera a la Cancillería, ¿qué ocurrirá con Juan Pablo Lohlé, un renovador que fue embajador de Menem y desde hace algunos meses se convirtió en la mano derecha de Kirchner, al menos en política exterior? Por no hablar de otras preocupaciones en la estabilidad del nonato gabinete: el médico de Duhalde -para recetas, claro-, José Pampuro, quien tendría asegurada la «reelección» en la Secretaría General, Susana Decibe (otra de Menem que quiere volver a Educación), el influyente vocero Alberto Fernández, o los economistas Javier González Fraga o el cordobés José María Las Heras, quienes se ven en el soñado Palacio de Hacienda pero sin la tutela de Lavagna. Lo que tal vez no se anuncie porque complica más, pero sí ya está decidido, es la designación, en una típica actitud nepotista, de su hermana en Desarrollo Social. Se suman en esta categoría Daniel Barisak, su hombre en la casa de Santa Cruz, y Jorge Camerun para el área de energía. Nerviosos quienes soñaban ser dueños y ahora los presentan como empleados. Tanto ajetreo del aspirante mayor con anuncios de gabinete lujoso -o, lo que él entiende como lujoso- pretenden robustecer una postulación que ha comenzado a tropezar con números no tan benignos como los que se le asignaban hasta hace poco. Y este fenómeno que inquieta también a Duhalde obliga a forzar la imaginación, también a proponer lo que cuesta digerir o lo que se niega a ser devorado.
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