Primero, los misiles; más tarde, la guerra secreta
Estados Unidos siguió ayer acumulando fuerzas para su anunciado ataque a Afganistán, previsto para las próximas horas. El presidente George W. Bush dijo anoche que todo está listo ya para la operación militar; afirmó: «Nuestros soldados nos harán sentir orgullosos», y aseguró que ni siquiera la amenaza de un gran atentado con armas químicas o bacteriológicas logrará disuadirlo. De acuerdo con fuentes del Pentágono, los ataques no serían masivos para evitar afectar a la población civil y, así, permitir a la Casa Blanca seguir disfrutando de consenso internacional en su guerra contra el terrorismo.
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• Desestabilización
Los bombardeos serán acompañados por una «campaña a los corazones y a las mentes» para además desestabilizar al régimen talibán. Panfletos serán arrojados sobre el territorio y las transmisiones de la radio talibán obstruidas. Además, las áreas que estén bajo control de la Alianza del Norte recibirán gran cantidad de comida.
Los misiles jugarán un rol importante en el ataque, y todos los grupos de combate estadounidense tienen aeronaves capaces de lanzar misiles Tomahawk. La contribución británica vendrá principalmente de dos submarinos nucleares.
La campaña terrestre es un poco más complicada. A pesar de que los estadounidenses demandaron, y recibieron, el apoyo del general Pervez Musharraf para recibir sus fuerzas en Pakistán, existe un profundo temor de que volver a ese país el centro de la operación haría saltar sus problemas políticos internos. Las ex soviéticas repúblicas de Asia central Uzbekistán, Tajikistán y Turkmenistán, y en menor medida, Kazajstán son otras alternativas viables.
Durante la última jornada, los jefes de seguridad de esas repúblicas y el director del servicio de seguridad interior, ruso FSB, se encontraron para discutir la crisis. A pesar de que se cree que ellos están ampliamente a favor de los ataques a los talibanes, es incierta su posición respecto de lo que ocurrirá después.
Este es el problema de la segunda fase de la campaña. Aún queda poco claro si el blanco seguirá siendo Afganistán, como quiere el secretario de Estado Colin Powell, o si será una cruzada más amplia contra Saddam Hussein en Irak y Kadhafi en Libia como pretende el secretario de Defensa Paul Wolfowitz y por el influyente asesor del Pentágono, Richard Perle. Si la segunda tesis se impone, la Operación Libertad Duradera podría hundirse en una muy desordenada, sangrienta y larga guerra.



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