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12 de abril 2005 - 00:00

Reagan, Kirchner y Bush, similares frente a la prensa

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Ronald Reagan

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Resulta evidente que lo que viene ocurriendo desde la administración Bush con la prensa es inédito.

Como se sabe, la conferencia de prensa es un fenómeno relativamente moderno, ya que sólo comenzó hace unos cincuenta años. En sus inicios, los presidentes se reunían con los periodistas sobre bases informales y reglas específicas, mediante las cuales el presidente no podía ser citado por su nombre. Pero dichas sesiones eran de inmensa ayuda por cuanto habilitaban al presidente a ser sincero bajo el manto del anonimato. Franklin D. Roosevelt, por ejemplo, no sólo hablaba de su modo de pensar, sino que también ofrecía sugerencias a los periodistas sobre cómo disfrazar una frase atribuida.

Las conferencias de prensa en televisión, con toda su contundencia y fuerza real, fueron establecidas por John F. Kennedy. En ellas los presidentes aprendieron a ser más circunspectos en sus respuestas, conscientes de que un error podía acarrearles problemas al instante. Pero desde que Ronald Reagan asumió el poder, sus colaboradores clave no guardaron secreto acerca de la incomodidad que les producía cualquier eventual exposición del presidente, en virtud de sus dificultades para recordar con precisión material fáctico y su propensión a las declaraciones alarmantes.

Reagan y sus ayudantes desarrollaron su propio sistema para las conferencias de prensa por televisión, y los periodistas descubrieron que no podían llevarlo a responder una pregunta que él no deseara contestar porque el presidente había demostrado ser un maestro de la evasiva: bromeaba, cambiaba el tema, hasta que agotaba el tiempo útil. Así exponía las posiciones cuidadosamente ensayadas con la simple y enérgica forma de los discursos de campaña, y allí trazaba la línea.


Reagan fue un verdadero maestro en el uso de los medios de prensa en su propio beneficio y en la habilidad para proyectar la fuerza de su personalidad y sus convicciones, obteniendo de ello éxitos políticos sorprendentes. También hay que señalar que él y sus colaboradores lograron, ya en aquella época, un nuevo nivel de control sobre los mecanismos de la comunicación moderna. Vieron en la televisión la tendencia dominante de poner más énfasis en apariencias e impresiones que en la propia información.

Debe tenerse en cuenta que la mayoría de los presidentes norteamericanos reconoció que la prensa no era simplemente una abastecedora de noticias, sino que, de alguna manera se subrogaba al público, cuestionando precisamente la actuación de los propios presidentes y, en cierto modo, obligándolos a dar cuenta de sus declaraciones y acciones. Así las cosas, y dentro de dicho marco, aun los presidentes reacios a la prensa -por desconfiar de ella- se reunían regularmente con periodistas para proporcionarles respuestas, lo más satisfactorias posibles, a sus preguntas. Sin embargo, puede decirse que Reagan fue una suerte de excepción, toda vez que durante su administración tendió a actuar encapsulado, a buen recaudo, al menos comparado con sus predecesores, al punto de que los periodistas que lo acompañaban en sus viajes eran mantenidos a tal distancia, que se veían precisados a gritar para ser oídos y escuchados. Y cuando intentaban acorralarlo con motivo de alguna aparente o real contradicción, con su habitual afabilidad evadía la pregunta, negaba la premisa o respondía acerca de otra cosa.

Esta estrategia provenía de la convicción, dentro de la administración reaganista, de que la búsqueda de noticias por parte de los periodistas, por su propia naturaleza, desorganizaba los planes, debilitaba a la institución presidencial y trababa la necesidad del presidente de comunicar su mensaje básico. Tanto así que atribuían a las informaciones mediáticas haber sido importantes contribuyentes de la derrota política o caída de algunos presidentes.

Dado el cuidadoso empeño con que se organizaban y se entregaban los mensajes del presidente, la oficina de prensa de la Casa Blanca tenía poca paciencia con las preguntas sobre temas que no se refiriesen al tópico programado para el día o la semana. Tales preguntas eran vistas como no pertinentes o potencialmente perjudiciales, en virtud de que podían amortiguar el impacto del tema central, diluyendo el mensaje del día.


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