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25 de enero 2002 - 00:00

Resolver la crisis

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Todo esto es perfectamente posible. El camino para lograrlo es una reformulación integral e inmediata de la totalidad del sistema financiero argentino, que le permita recuperar la solvencia perdida. Se trata de impulsar una urgente reforma institucional, que posibilite garantizar la solidez de los bancos internacionales instalados en la Argentina utilizando para ello la enorme fortaleza de sus casas matrices.

Simultáneamente, es necesario tomar medidas para obligar a una profunda reconversión de la actividad de los demás bancos, públicos y privados. Con una aclaración: el objetivo no puede ser salvar de la quiebra a ningún banco o grupo de bancos o de empresas. La decisión política, siempre y en todos los casos, tiene que orientarse hacia la defensa de los derechos de los ahorristas y el fortalecimiento del sistema financiero nacional.

Pero no alcanza con una salida técnica para el "corralito". Hay que eliminar de raíz la causa que provocó su implantación. El país atraviesa una fenomenal crisis de confianza interna y externa. Es imprescindible entonces reconstruir rápidamente la confianza colectiva en el presente y el futuro de la Argentina. Sin la reconstrucción de la confianza nacional e internacional, es ilusorio pensar en el crecimiento económico, la reducción del desempleo y el mejoramiento del nivel de vida de nuestro pueblo.

Hace más de treinta años, en su libro "La Hora de los Pueblos", Perón ya nos advertía que "la política puramente nacional ha pasado a ser una cosa casi de provincias. Hoy todo es política internacional, que se juega dentro y fuera de los países".

Esa afirmación adquiere hoy más vigencia que nunca. En ese contexto, la Argentina tiene que avanzar hacia la negociación de un acuerdo estratégico con Estados Unidos, que entre otras cosas permita destrabar la indispensable asistencia financiera internacional. El presidente George W. Bush acaba de abrir las puertas para ese entendimiento.

En su mensaje ante la Organización de Estados Americanos, Bush descartó la posibilidad de éxito de cualquier alternativa de retornar a las políticas de intervencionismo estatal y de proteccionismo y aislamiento económicos previas a la era histórica de la globalización. Dejó bien en claro que la causa de la crisis argentina no reside en las reformas estructurales realizadas en la década del 90, sino en la paralización de esa etapa de transformaciones, que quedó a mitad de camino. Subrayó que un acuerdo entre la Argentina y Estados Unidos sólo puede tener como base el fortalecimiento de la economía de mercado, la profundización de la apertura internacional y la realización de las reformas estructurales pendientes.

Tenemos que aprovechar esta oportunidad y emplearla como palanca para salir de la crisis. Esa negociación con la administración republicana de Washington demanda la implementación de un programa económico sustentable, que sólo puede basarse en la recuperación de la estabilidad monetaria.

Sin estabilidad monetaria, no habrá crecimiento económico ni paz social. Los terribles efectos inflacionarios de una incesante depreciación de la moneda argentina golpearán aún más fuertemente sobre los trabajadores y los sectores populares, incrementarán los niveles de pobreza y nos pueden llevar a un estado de desesperación colectiva que conduzca a estallidos de violencia social aún mucho más trágicos que los que vivimos en las últimas semanas.

En ese sentido, la dolarización ya no es una variante entre otras, sino una opción que se impone por la fuerza de los hechos. Tampoco es un sucedáneo de las reformas estructurales pendientes, ni menos aún una varita mágica capaz de resolver todos los problemas. Pero es la única alternativa viable para inyectar certidumbre, y a partir de allí confianza, a la economía argentina. Más aún: en las actuales condiciones, es una imperiosa necesidad social.

El peronismo es una fuerza política revolucionaria. No nació para eludir responsabilidades ni para llorar sobre los problemas que otros crearon. Nació y vive para afrontar los problemas y resolverlos. Fiel a sus raíces populares y a su objetivo permanente de justicia social, fue el autor de las dos grandes transformaciones de la Argentina moderna. Ante cada circunstancia histórica, encontró las respuestas apropiadas a los desafíos de cada época. Así fue entre 1945 y 1955. Así ocurrió también entre 1989 y 1999. En ambas oportunidades, protagonizó sendas transformaciones irreversibles. Hoy como entonces, no es el momento de la nostalgia por lo que fue o de la queja por lo que pudo haber sido. Llegó la hora de rectificar el rumbo y de volver a poner en marcha a nuestra querida Argentina.

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