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26 de febrero 2002 - 00:00

¿Romperá Alfonsín con Duhalde por Cuba?

Carlos Ruckauf, es de suponer que con el aval de Eduardo Duhalde, ya resolvió que la Argentina expresará su alineamiento con los Estados Unidos promoviendo la censura contra las violaciones a los derechos humanos en Cuba, cuando el tema sea materia de debate en la ONU. La cuestión podría pasar inadvertida si no fuera porque un ala importante del oficialismo, la del radicalismo alfonsinista, pretende que se revise ese criterio. No se trata de una postura principista. También es un compromiso con su propia interna: Alfonsín, Storani y Moreau no pueden perdonarle a Duhalde lo que le reprocharon con dureza a De la Rúa. Por eso la cuestión cubana promete agitar la política y, tal vez, poner a Duhalde y a Alfonsín al borde del divorcio.

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Duhalde tomó nota y no resolvió. Pero Carlos Ruckauf, que pertenece al ala más ortodoxa del gobierno, parece haberse decidido: instruirá al embajador argentino ante los organismos internacionales con sede en Ginebra -donde funciona la Comisión de Derechos Humanos de la ONU- para que se expida en contra de la política de Fidel Castro. Ese voto ya está decidido en el Ministerio de Relaciones Exteriores y sólo falta resolver si habrá alguna salvedad respecto del bloqueo que ejercen los Estados Unidos sobre la isla, que podría merecer algún tipo de condena.

Como ha sucedido siempre en los últimos años, la censura o aprobación de la administración cubana en lo referido a garantías individuales tiene importancia política precisamente por su carácter tangencial para los intereses argentinos: está claro que la postura respecto de esa cuestión no expresa ninguna otra cosa que la vocación por alinearse o no con la política de los Estados Unidos.



Además de razones ideológicas, la Cancillería tiene motivos del corazón para castigar a Fidel. Muchos de sus principales funcionarios tienen intereses en Florida, el santuario anticastrista que dominan los Bush a través de Jeff. No sólo Diego Guelar tiene un hijo en Miami, también Ruckauf y Esteban Caselli son enamorados de Naples, uno de los lugares más elegantes y caros del planeta y también de los más interesantes para aprender, de boca de sus lugareños, las atrocidades que realiza el castrismo con los derechos básicos de los habitantes de la isla.

Alfonsín también conoce Florida, pero se ve que no trató a los vecinos con los que hablan Ruckauf y Caselli. El visita Broward, donde viven su hija y su yerno con cierta holganza. Allí el anticastrismo debe ser más moderado, porque don Raúl insiste en quejarse por la conducta de la Cancillería. El, como Federico Storani, Raúl Alconada Sempé o Leopoldo Moreau, está obligado por su propio pasado. Sucede que cuando Adalberto Rodríguez Giavarini dispuso, como ahora Ruckauf, el voto contra la política de derechos humanos de Castro, este grupo de radicales levantó la voz contra su propio gobierno. El caso de Storani fue el más notorio: abrió una polémica dentro del gabinete, del que formaba parte como ministro del Interior. Alfonsín se expresó a través de los medios de comunicación con dureza, excusándose en que la Cancillería no lo había consultado -R. Giavarini debió peregrinar hasta su departamento de la avenida Santa Fe para aplacarlo.

La explicación del ex presidente a Duhalde es razonable: «No podemos hacer menos que lo que le hicimos a nuestro propio gobierno». Aunque ahora las circunstancias son distintas y, como se sabe, Alfonsín se guía más que otras personas por las circunstancias. La idea de que la caída de Duhalde es la caída de la democracia eleva mucho el umbral de tolerancia del senador radical respecto de la Casa Rosada. Además, la ruptura con De la Rúa ofrecía en aquel entonces mil caminos alternativos (inclusive, como se vio, la caída del gobierno y la fundación de una coalición nueva como la actual). En cambio, ahora, Alfonsín, Storani y Moreau están arrinconados: si debieran abandonar a Duhalde, no sabrían ya adónde ir porque si una función ejerce para ellos el actual gobierno es disimular el fracaso de la experiencia anterior y demorar, si fuera posible, su disolución como grupo.

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