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Si aplaudir una gestión desde esa libre empresa, dado lo que obtuvo, lo compromete a este gobierno y al Presidente que lo encabeza, es una obligación suprimirlo, porque realmente lo que interesa es el mejor bienestar del país.
Es fácil comparar el resultado final de la gestión con el Fondo con el período previo de amenazas, denuestos, discursos oficiales durante meses y hasta propuestas absurdas finalmente descartadas, como sería el caso del «Registro internacional obligatorio de tenedores de títulos argentinos», defaulteados desde ya. Dentro de este contexto no se puede decir tampoco que No debe decirse en función de un mejor país, de no irritar cuando un gobierno ejecuta algo racional, que casi seguro no siente. «Racional» -en el nuevo esquema para opinar que existe en el país- se pudo usar este domingo en boca de un vocero oficial, pero no como exigencia previa aunque sea más útil. Además no es probado lo de «aprendiz». Exactamente no hay todavía coincidencia mayoritaria entre analistas (los serios y neutrales, desde ya) sobre el real modo de gobernar del santacruceño hoy presidente de la Nación.
Sería importante dilucidar, más no fuera en parte esto, porque vendrá desde junio una discusión mucho más importante para la tercera aprobación del Fondo a las metas impuestas en el acuerdo de 3 años que la concluida en estos días. Si se va a un análisis profundo, lo primero es descartar una tesis que dio el mismo columnista dominical -oficialista hoy hasta sorprender- del diario «Clarín». Nadie creía esa tesis expuesta como una
Hay -sin ser obsecuentes al extremo como es hoy lo más notorio en el país- quienes desde la neutralidad pueden suponer una genialidad suprema en el santacruceño que lo llevaría a posturas de máxima para obtener resultados de mínima superiores a los de una negociación común. Esto se mide por los resultados. En la primera discusión con el Fondo y con privatizadas -cuando se acordó el plan para 3 años con revisiones periódicas y un superávit, nacional más provincias de 3%- fue evidente que Néstor Kirchner ganó. Obtuvo metas suaves, fáciles de cumplir. Se creó una imagen de «negociador duro» que le vino muy bien a la Argentina que venía (es casi la única crítica válida sobre la década del '90) de despachos presidenciales demasiado propicios a que los extranjeros se llevaran hasta los ceniceros. Tan bien estuvo el santacruceño entonces que hasta tuvo una picardía estupenda teniendo enfrente a un organismo tan experimentado como el Fondo Monetario: acordó el superávit de 3% sin referencia al gasto público, como probablemente no suceda en la discusión desde junio próximo. Acordar así es tan tonto como, según el dicho, timbre en bóveda. Claro, además de la picardía argentina estuvo ahí que el Fondo ni imaginó cómo se recuperaría el país y se pensó que el control del gasto público se daría de hecho con lo difícil de cumplir ese 3%. Ser sólo estricto en exigir la meta se pensó bastaría y exactamente, se calculó y fijó en 12.480 millones de pesos (10.000 millones el gobierno nacional y 2.480 millones las provincias) un total de más de 4.000 millones de dólares. Lo cierto es que así se aseguró el kirchnerismo un sobrante que le permitió aumentar el gasto público, con el beneficio de crearse el Presidente un «poder» que no emanaba de las urnas y que por esa vía de disponer de fondos libres hizo mucho más por su consolidación que decapitar cúpulas militares casi sin sentido o abrirse a Fidel Castro, o Chávez, por ejemplo. Los comentarios del domingo en prensa volvieron a coincidir, esta vez en que se dio y sigue dando marcha atrás en cuanto al castrismo preocupándose de los derechos humanos en la isla, sobre Chávez en cuanto a reunirse Kirchner con la oposición e, inclusive, variar posición sobre el ultraizquierda boliviano Evo Morales. No se sabe por qué desde el gobierno se usa prensa adicta para destacar todo eso que mortifica a la izquierda local cuando ya lo sabe EE.UU.
A decir verdad, en esta renovación de la segunda meta del plan acordado con el Fondo, a diferencia de lo que ocurrió con la primera, el gobierno no ganó nada. Al contrario, perdió aunque, desde ya, que no haya llevado al país al default total es reconfortante, tanto como insistir en el suicidio y luego no concretarlo. Pero ¿qué se gana si uno se desgasta, pierde imagen, le toman el tiempo los de afuera y nadie tiende a invertir con alguien con manías suicidas? La impresión que más se sostiene entre opinantes serios sobre lo sucedido con el Fondo es que efectivamente a Néstor Kirchner le hubiera gustado no pagar y que hizo bastante por imponerlo. No un «no pagar» definitivo sino postergable y probar los riesgos del default total. Por algo una persona tan cercana como la esposa del Presidente dijo a su regreso de EE.UU.: «No es tan grave quedar fuera del mundo».
El martes 9, cuando se pagaron los u$s 3.100 millones al Fondo, se puso fin desde aquí -o le pusieron fin desde allá- a la
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