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22 de julio 2002 - 00:00

Sólo una reforma puede caducar mandatos

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En efecto, provincias con menor población como Catamarca, Chubut o La Rioja, entre otras, mal podrían intentar «esconder» nombres de candidatos en sus boletas electorales, cuando en el mejor de los casos renuevan en cada elección un promedio de tres diputados.

Es obvio que tanto en las elecciones internas como en las generales, cada uno de los nombres que proponen los distintos partidos políticos está lejos de ser una figura desconocida para los votantes en las denominadas provincias chicas.



La aclaración viene a cuento para contrastar una peligrosa tendencia a la generalización, donde todos los elegidos en octubre pasado, cualquiera sea la provincia que representan, quedaron involucrados en la estadística del denominado «voto bronca».

También generalizar la condena a quienes acertaron y a quienes se equivocaron en la conducción del Estado suena a una tendencia maniquea donde campea un cierto latiguillo muy escuchado en estos días, que traza una línea de separación entre una supuesta «clase política» y el resto de la sociedad.

Debemos convenir que la categoría «clase política», aunque suene bien para cierto lenguaje mediático, parece haber surgido de un diccionario de malas intenciones donde se trata de igualar con la sospecha la inclinación a ejercer la conducción del Estado en democracia, mediante el voto popular.

Coincidentemente, no pocas veces encontramos que las voces condenatorias, hacia «todos los políticos», surgen de aquellos quienes a la hora de contar los votos exhiben cifras escasas de adhesión, aunque inducen a confusión por su reiterada presencia en los medios, sobre todo televisivos que, entre elección y elección, parecen convertirlos en los próximos líderes casi providenciales que salvarán a la Argentina por los siglos de los siglos.

Debemos aceptar que gobernantes y gobernados integramos una única sociedad y que somos artífices de un mismo destino: no hay ni puede haber una clase que se eleve por sobre las otras, en un país que se halla al borde del abismo.

En ese marco, la tan publicitada y difundida iniciativa de renovar la totalidad de los cargos políticos electivos en las próximas elecciones aparece como un gesto demagógico y oportunista porque los que la promueven creen que quedarán bien con la gente, o por lo menos con los que propician el «que se vayan todos».

Sostengo lo antes dicho no obstante que mi mandato culmina en el año 2003, por lo que no existe ninguna especulación de tipo personal.





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