Funcionarios de gobierno procuraron minimizar esas acusaciones en las últimas horas. Cuando se conocieron los graves hechos de Santiago del Estero todas estas expresiones oficiales se volvieron papel mojado. La violencia política hasta ayer parecía un fenómeno limitado a la agresión piquetera o, cuanto más, circunscripta al escenario nacional de Capital Federal y el Gran Buenos Aires.
La violencia parece un signo de los procesos preelectorales en las últimas décadas y lo sufren ya los ciudadanos como una fatalidad que intimida, así como agreden los pasacalles o la contaminación de la publicidad ca llejera. Los protagonistas de la pelea electoral, a su vez, intentan siempre algún medro en los efectos de la violencia política sobre el público. Los oficialismos creen que ese estado de inseguridad aglutina adhesiones en torno a los gobiernos. Las oposiciones creen que la protesta es un vehículo eficaz de sus consignas. Por eso faltan los que intenten frenar esa violencia que se padece, casi como una maldición, cada dos años, cuando se vota:
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