Sería ingenuo y poco respetuoso sugerir que las esposas hablan por sus maridos. Pero en política hay declaraciones que tal vez indiquen lo contrario. Tal el caso de Hilda Chiche Duhalde, quien en las últimas 48 horas prodigó un impetuoso raid oral que sacudió a más de un oído en la Casa Rosada. A menos que allí no quieran oír, lo que suele ser una costumbre en ese lugar como lo ha demostrado la historia. Y ella habló en territorio propio, en el conurbano bonaerense, y en campos ajenos como el sur rionegrino. En ambas tribunas repitió -dentro del caldeado lenguaje que hoy se observa en el país- que son «traidores», «desleales» y «travestis» todos aquellos peronistas que incentiven o vayan a las elecciones por afuera del partido. Más: prometió la excomunión, luego de los comicios, para todos los que han emprendido esa aventura. Tiro al blanco para tres distritos (La Pampa, Capital y Misiones) y para aquellos dirigentes que ensayan un poder propio con parte del capital hurtado al justicialismo. En rigor, un cañonazo a la Presidencia que auspicia justamente esas experiencias disidentes, utopías de un movimiento propio y oficialista.
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Lo que se preveía empieza a pasar: el duhaldismo -en comunicación con otros caudillos justicialistas- parece dispuesto a marcarle límites al gobierno (ayer mismo, Carlos Reutemann le pidió a la Casa Rosada que «no juegue a dos puntas» en Santa Fe). Como una breve brisa entonces ha pasado el respaldo poético de Eduardo Duhalde a Néstor Kirchner («hay que acompañar el viento patagónico») y también la aparente sumisión del mandatario al aparato bonaerense («sí, estoy atado a la suerte de Buenos Aires»). Ahora, sin que nadie advirtiera nubarrones, otros ciclones empiezan a soplar en sentido opuesto. Y femeninos, como todos los que azotan el Caribe.
Quizá la respuesta irritada de la señora Chiche sea consecuencia de una reciente confesión presidencial, que admitió en Misiones -al atacar, furibundo, a un amigo de Duhalde como Ramón Puerta- que «estamos a un pasito de instalar nuestro proyecto político». ¿Ese proyecto incluye a los bonaerenses? Parece que ellos comienzan a entender que no están incluidos en el menú. Y nada produce más desencanto que a uno no lo inviten a la cena, sobre todo cuando uno pagó esa comida. Pero nadie debe equivocarse: la crisis ya desatada no se produce por declaraciones más o menos felices; el trasfondo es una pugna por el poder. El peronismo, como ya lo estableció la carta orgánica de Duhalde, se juramentó expulsar a quienes vayan por afuera («desleales», «travestis» y «traidores»). Y esa medida, según anunció también Chiche, se cumplirá luego de las elecciones. Kirchner, mientras, espera los resultados.
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