Mauricio Macri
echó mano de
un viejo
recurso de los
gobernantes.
Por encima, o
por debajo de
los funcionarios
y técnicos
del gabinete,
lanzó una
brigada secreta
de punteros e
informantes
que intentan
detectar
conflictos en la
Capital Federal
antes de que
estallen.
Desconfiado, o precavido quizá, Mauricio Macri ha generado dentro de su propio gobierno un grupo de monitoreo no sólo de cada área del gabinete, sino también de la temperatura de los vecinos. No se trata de técnicos ni especialistas, y mucho menos de contadores que se entregan a visar la economía de los ministros. Es en cambio un núcleo de vigiladores, al estilo del que supo tener Fernando de la Rúa de modo más doméstico. Punteros, como se dice.
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El ex jefe porteño tenía para múltiples funciones a su secretario Leonardo Aiello, el mismo que, cuando fue presidente, lo condujo hasta el helicóptero en su última retirada como funcionario público. Pero en la Ciudad, Aiello lo acompañaba adonde fuera y, especialmente, a alguna caminata callejera donde no faltaba vecino que le propinara una queja.
«Ocúpese», le decía De la Rúa, y el secretario anotaba teléfonos y buscaba aplacar la demanda como le fuera posible, y para eso también el secretario tenía ayudantes.
Lo de Macri es más estudiado, tiene propósitos bien definidos y una consigna básica y clave: detectar y detener los conflictos antes de que lleguen a los medios.
El equipo -por ahora reducido, pero con planes de expandirse- lo comanda el joven secretario general del Gobierno porteño, Marco Peña. Lo bautizó «radares urbanos» y su base es «la comunicación». De ese modo, Macri tiene un abultado equipo en la materia que complementa Peña, con la vocería de Iván Pavlosky y la secretaría del área que conduce Gregorio Centurión.
Los «radares» -especializados en comunicación social- en una primera actividad deben tratar de profundizar en los ministerios todo lo relacionado con lo que dicen y hacen los funcionarios y lo que llega a los vecinos. Pero además bucean en publicaciones para detectar pequeñas notas periodísticas que puedan desencadenar grandes problemas. La idea es que interactúen con los Centros de Gestión y Participación para aplacar cualquier situación que pudiera depararle un dolor de cabeza a Macri tras un conflicto escandaloso o presa de la TV.
Peña cuenta para esa tarea adicional a la propia -también le ayudan a redactar los discursos de Macri- con la Dirección de Cultos, que conduce Federico Suárez, quien como plus a su cargo se acopla a los radares y también con el área de Relaciones Institucionales, además de un presupuesto de $ 700 mil, sin contar los sueldos de los empleados.
Esa suma, por cierto, se destinará en el año a casi una adicción que viene teniendo, no sólo Macri, sino todos los gobiernos: encuestas. Sondeos de todo tipo para conocer cómo monitorea la vecindad los dichos y hechos del gobierno.
Pero no es solamente con las encuestas que encarga Peña que se conduce la administración macrista.
Lo está haciendo, por caso, el ministro de Espacio Público, Pablo Piccardo. Su administración llamó, el viernes pasado, a una licitación pública que convoca a una consultora para que realice una encuesta en función de que parte de los objetivos de su área es «la comunicación con los vecinos».
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