Ni aun con interna cerrada -es decir, nadie sabe cuántos votan ni si se cuentan los votos- los radicales se ponen de acuerdo. Por más retraso tecnológico que hoy soporte el país, no hay explicación para demorar los resultados electorales del domingo, salvo, claro, que entre los dirigentes se amañe un entendimiento. No sería nuevo, lo que sorprende es insistir en la tardanza que ha caracterizado al partido, su lentitud. Nadie habla ya de transparencia en la UCR, donde en una provincia (Chaco) todos votan por un candidato y, en otra (Capital) todos votan por otro. Nunca se imaginó tan masiva esta migración de voluntades, propia quizá de los viejos conservadores que pagaban el voto con alpargatas. La decadencia de este partido parece no encontrar límites: hasta pierde la razón de ser. No sólo le faltan candidatos, ya se traiciona la causa democrática que lo vio nacer. Si, para colmo, hasta ellos mismos hablan de que el proyecto Moreau (Leopoldo) era funcional a Eduardo Duhalde y ocultaba como meta -alguna vez lo sugirió Raúl Alfonsín- un nuevo pacto negro con la burocracia bonaerense que hoy gobierna. No faltan antecedentes sobre estos contubernios, pero ahora cuesta aceptar aun en la imaginación que Alfonsín y Duhalde piensen reeditar una alianza que para muchos sirvió para voltear a Fernando de la Rúa, luego a Adolfo Rodríguez Saá y, por último, impuso al esposo de Chiche en la presidencia. Los dirigentes han participado en la interna -más que el resto de los afiliados, obvio- para respaldar o no la asociación con Duhalde. Casi sería un detalle menor este bochorno político si no fuera porque los radicales han demostrado ineptitud para contar o dibujar sufragios. Resulta impensable que no sean medianamente rápidos en lo único que saben hacer. O que sabían hacer hasta el domingo.
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