21 de agosto 2003 - 00:00

Un conflicto con alarmante exceso de irracionalidad

Un conflicto con alarmante exceso de irracionalidad
Partamos de la base de que ya se acepta que el presidente Néstor Kirchner tiene arrebatos emocionales que alarman. No sólo ante cualquier sospecha de que alguien quiera perjudicarlo o desplazarlo. También si se lo critica o si se le oponen ideas que no son concordantes con las suyas, así sea en el juego correcto de cualquier democracia.

No se lo justifica ya en la necesidad de crearse un poder que le llegó menguado por las circunstancias políticas. Se empieza a creer que habría actuado con la misma iracundia ganando una elección normal.

«Rebelde sano», como lo definiera Eduardo Duhalde, va dando paso a la idea de hombre violento, irascible, frenado sólo por los instrumentos institucionales en la medida en que no pueda eludirlos. El resultado es que el país se enfrenta a la perspectiva de más de cuatro años de tensión política permanente desde el gobierno, donde cada funcionario, político o figura pública va a estar pensando cuándo le sobrevendrá un encontronazo de tono violento con el primer magistrado. Si esto sucede en un país donde cada ciudadano, además, vive en libertad condicional, pensando cuándo lo secuestrarán o lo asaltarán -a él o a algún familiar- o lo matarán al entrar en su casa por sacarle el auto, convengamos que el clima nacional se está tornando irrespirable. Porque también vivimos en crisis económica y estancamiento. Demasiado para un país. Como si lo hubiera orinado un elefante.

En un gobierno normal, el enfrentamiento Kirchner-Scioli se habría resuelto en una comida. La carga de odio que hoy se extiende por la Avenida de Mayo desde la Casa Rosada hasta el Congreso, con ramificaciones al edificio del Ejército y al de Tribunales, hace que toda contradicción se agrave institucionalmente. ¿Cómo se pondrá este presidente si de las nueve elecciones provinciales próximas no surgen los candidatos a los que él apuesta su apoyo? ¿Cómo se vivirá en el país si, en el caso contrario, le salen electos los que él sostiene, dada su forma de ser?

Es probable que si a Daniel Scioli le ofrecieran rebobinar la última semana para volverla a vivir, en la nueva edición no aparecerían sus declaraciones sobre el inevitable aumento de tarifas de servicios públicos, ni sobre la seriedad o frivolidad de los países que anulan leyes (hay pocos: la Argentina también es fundadora de este club de un solo socio, ya que en el resto del planeta las leyes las «anulan» los jueces; ni siquiera eso: las declaran «inconstitucionales», es decir, contradictorias con una norma superior, pero no «nulas» en sí mismas). Es casi seguro que Scioli no está conforme con el papel que esas declaraciones le hacen jugar en la pieza. Por varias razones. La primera de ellas, que cuando habló no midió las consecuencias. Es cierto, no es fácil medir las reacciones de un presidente que es capaz de sacrificar el equilibrio general de su gestión por prestar demasiada atención a los detalles. El vicepresidente no estaba en condiciones de prever una reacción desaforada como la de Kirchner. Si porque alguien habló de más decide exonerarle a todos sus funcionarios en la administración, ¿qué hubiera hecho este presidente si hubiese tenido para sí todo el poder del Estado y del otro lado lo amenazara la insurgencia armada?

Scioli advirtió que «le sacaron hasta el banquito», como decía el memorable «Ringo» Bonavena para describir la soledad del boxeador en el comienzo de la pelea. Ni los empresarios que le llenaron la cabeza con el retraso de las tarifas y con la agresividad del gobierno hacia sus compañías, ni los dirigentes y especialistas sensatos que le hicieron ver el disparate (y, sobre todo, el peligro) que anida en un país que decide «anular» leyes, hicieron sonar ahora su voz. ¿Lo harán en los días que siguen? Scioli fue solista de un coro mudo y se vio ayer en la votación en el Senado. Duhalde y Chiche se resisten a subir al mismo ring. Buena parte de la clase dirigente argentina prefiere hoy silenciar sus objeciones ante un gobierno que se recuesta en un número que se invoca pero en el que ya nadie cree: 80% de popularidad, que parece relevar de la obligación de justificar racionalmente sus decisiones al presidente Kirchner. Ya conoció la Argentina fenómenos de este tipo: con la misma lógica plebiscitaria de presuntas mayorías no constatables. Se hizo desaparecer a personas, se amplió la Corte Suprema, se abrió y extranjerizó la economía de manera desenfrenada, se desplazó a Isabel Perón y se estableció la reelección presidencial, corriendo con la vaina de un plebiscito. Kirchner no se parece en nada a los enemigos a los que quiere combatir, salvo en el método. Hay una tercera razón que hace sentir incómodo a Scioli que, en la dimensión de su biografía individual, debe ser la más gravitante: el entredicho en el que se ha involucrado lo convierte decididamente en un político. Hasta ahora era bastante difícil determinar a qué se contraponía la figura de Scioli: su rol no pasó el de ser una figura de atractivo electoral pero de poca densidad política. Sus eslóganes, «Trabajo, trabajo, trabajo», «Hay que poner el hombro para sacar el país adelante» y frases por el estilo; o su especialización, el turismo y el deporte, no lo corrieron demasiado de su imagen originaria de campeón deportivo. La sociedad política lo está examinando por primera vez como el protagonista de un conflicto y, como se sabe, no hay política si no hay conflicto. Scioli está en medio de un examen al cabo del cual la opinión pública determinará si lo quiere o no como parte del elenco de los que pueden llegar a gobernarla. Cada uno de sus gestos (si ratifica lo que dijo, si se enardece más de lo debido, si se resigna o no a hacer amansadoras en la antesala presidencial como el martes) será observado desde este punto de vista y es posible que esto también lo haga estar inquieto con la dirección que tomó su relación con Kirchner.

Sin embargo, sería un error pensar que Scioli está solo en la escena. Los que le retiraron el banquito existen, están en un rincón deseando que gane. Es probable que el primero en advertirlo haya sido el Presidente y que la desproporción de su reacción se deba a eso. Kirchner distingue algunas sombras que se mueven detrás de Scioli tal vez más que el propio Scioli.

• Coincidencia

Entre esas figuras todavía imprecisas están los senadores del bloque peronista. Antes de expresar de lo que dijo sobre la anulación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, Scioli habló con la mayor parte de los senadores de su partido, sobre todo con los de la provincia de Buenos Aires, Antonio Cafiero y Mabel Müller (el «otro yo» de Chiche Duhalde). En todos los casos coincidieron con él. Fue a partir de esas conversaciones que, desde la presidencia del Senado, resolvió enviar el texto que llegó desde Diputados a la Comisión de Asuntos Constitucionales pero también a la de Justicia. Ayer, los senadores votaron todo, no objetaron nada. Es lógico: Duhalde no quiere nada detonante hasta que se vote en la provincia de Buenos Aires (14 de setiembre), aun cuando es cierto que esto lo preferían los militares porque así se caen las extradiciones del juez Garzón.

Asuntos Constitucionales está presidida hoy por Cristina Kirchner, con lo que la derivación a la otra comisión suponía quitarle a la esposa del Presidente el monopolio en el control del proceso legislativo de este caso. Justicia la encabeza el radical Jorge Agúndez, un penalista de prestigio y moderado.

Ayer caminó la «anulación» (en definitiva resolverá la Justicia). ¿También le darán la increíble designación de Eugenio Zaffaroni como ministro de la Corte y la condena de Eduardo Moliné O'Connor en el juicio político que se le sigue como integrante del mismo tribunal? Las objeciones que se interpusieron contra la figura de Zaffaroni son tantas que hay senadores que suponen que el gobierno no remitirá su pliego para que sea considerado en público. Respecto de Moliné, es posible que el tratamiento de su caso no sea para nada expeditivo y liviano como el que tuvo en Diputados: «No puede ser que se lo condene por las sentencias que firmó, considerando que, además, hay otros jueces que participaron de esos mismos fallos a los que ni se los acusa», le dijo a este cronista uno de los legisladores que intervendrá como árbitro. La diferencia entre la función de ambas cámaras es obvia: siempre es más fácil acusar que condenar. El comportamiento del Senado será el que asigne la verdadera dimensión al conflicto que se abrió con Scioli. No es que los legisladores quieran convertir al vicepresidente en un caudillo. Pero tratarán de preservarse ellos mismos. La Cámara alta, como el peronismo entero, sospecha que el Presidente trata de construir una base de poder capaz de hacerlo prescindir de quienes lo llevaron a la Casa Rosada. Con una Corte que no le ofrezca resistencia y con los recursos de los decretos de necesidad y urgencia siempre a mano, Kirchner podría pasar por el costado del PJ ante cada objetivo que se le muestre esquivo. Es curioso: la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia perdió estado parlamentario y Cristina Kirchner, de cuya comisión depende el tratamiento, no ha hecho ninguna señal para reactivarla, a pesar de que el uso de ese tipo de norma haya sido uno de los rasgos más criticados de la gestión de Carlos Menem. Este detalle, igual que el afán puesto por Kirchner en modificar la composición de la Corte, es mirado por los senadores y la dirigencia del PJ con evidente preocupación.

Que la medianera de fricción entre el PJ y Kirchner haya sido la Cámara alta no es una casualidad. Desde que se consagró la existencia, en 1994, de un régimen de dos senadores por la mayoría y uno por la minoría, el peronismo consolidó allí un bloque de poder que convirtió a las decisiones del Senado (y, por ende, de los gobernadores de provincias) en la última frontera de cualquier reforma de las que los gobiernos negocian con el Fondo Monetario Internacional. Aquí radica el extraordinario poder de ese cuerpo que hoy tiene al frente a Scioli. Por eso Scioli puede vivir con poder al margen de Kirchner. Pero no se reconocerá lo que diga como «voz» del gobierno.

Por otra parte, Kirchner se ha cuidado poco de agredir a los integrantes del Senado. Apoya a Carlos Rovira en contra de Ramón Puerta (Misiones); a Néstor Aguad en contra de Carlos Verna (La Pampa); a Eduardo Rosso en contra de Miguel Pichetto (Río Negro) (a propósito: no le gustaron a Sergio Acevedo las expresiones de Pichetto respecto del Presidente en la última conversación telefónica que tuvieron, el jueves pasado); a los Castillo contra Luis Barrionuevo (figura central del «eje del mal» en Catamarca, adonde Alicia Kirchner se dirigió esta semana a entregar subsidios); a Hermes Binner contra Carlos Reutemann en Santa Fe; además de los conflictos abiertos con el menemismo de La Rioja, con los Rodríguez Saá de San Luis y con Juan Carlos Romero en Salta. ¿Habrán pensado en todo esto los Duhalde cuando invitaron a Scioli, el sábado pasado, a sumarse a sus presentaciones bonaerenses desde ahora hasta el cierre de la campaña electoral? Es probable, ya que la polémica entre Kirchner y su vice puede ser solamente el primer acto de un drama institucional más complejo e inquietante.

En este episodio se podría estar insinuando la primera limitación al impulso más vigoroso que se despliega hoy en la política argentina: la voluntad de Néstor Kirchner de no quedar reducido, como lo soñaron los Duhalde cuando lo llevaron al poder, a ser un jefe administrativo de la Nación. Felipe Solá también querrá independencia pero con más inteligencia y menos complejos personales que el Presidente.

• Pretensión

Kirchner quiere transformarse, sobre la base de la agitación mediática de una opinión pública ajena al peronismo, en el titular de un nuevo ciclo político argentino que lo tenga como líder por años. Pero líder de un nuevo movimiento de izquierda dura. No es producto del azar que este conflicto se haya manifestado ahora, a través de las más o menos premeditadas declaraciones de Scioli. El peronismo sabe que llegó la hora en que Kirchner más depende de su colaboración: es el momento de acordar con el Fondo sobre la base de una agenda parlamentaria (coparticipación, compensación a los bancos, ajuste de tarifas, reforma tributaria, ley de emergencia económica y presupuesto nacional con superávit primario de 3,3%) sin la cual no habrá ningún compromiso de largo plazo, como explicó Roger Noriega a todos sus interlocutores. Frente a esta encrucijada, acaso Kirchner esté más solo que Scioli y el conflicto con el vice haya sido el llamado de atención previo a una negociación crucial con el poder institucional del peronismo. Salvo que estemos en las vísperas de un hecho todavía más trascendente aunque mucho menos probable: la decisión del Presidente de soltar amarras respecto de cualquier poder establecido, externo e interno, para lanzarse a una navegación sin destino conocido. Pasadas nueve elecciones provinciales, el 1 de octubre se tendrán mayores certezas. Se sabrá el verdadero consenso que hoy se invoca y todos dudan.

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