8 de noviembre 2000 - 00:00

Clinton busca ahora su lugar en la historia

Nashville - Está convencido de que es el mejor, de que no haynadie como él. La semana pasada, durante un mitin en California, cuando lagente empezó a aplaudirlo y corear «cuatro años más», Bill Clinton, que nopuede presentarse a la reelección, agradeció el cariño del público diciendo que«la segunda mejor opción que tienen es votar por Al Gore».

Clinton, el hombre quetransformó el Partido Demócrata y la administración, que reformó el estado debienestar, equilibró el presupuesto y presidió ocho años de prosperidad sinprecedentes, caminaba hacia un pedestal en la historia, hasta que convirtió elDespacho Oval en un referente íntimo y sucumbió a su desenfrenadaautoindulgencia. El «impeachment», por obstrucción a la Justicia y perjurio enel caso Lewinsky, dejó «una mancha indeleble en la presidencia», como opina elhistoriador Arthur Schlesinger Jr. Clinton ya no podrá evitar queaquella mancha en el vestido azul de la becaria-amante Monica Lewinsky secompare con las borracheras de Grant, las siestas de Coolidge yla aviesa paranoia de Nixon.

Aun así, todavía puedepasar a la historia como un buen presidente, no de los más grandes, pero sí delos más listos, hábiles y efectivos. A Reagan, por ejemplo, no leperjudicó nada ver películas de vaqueros en pijama y hoy es una figurareverenciada por todos.

A William Jefferson Clinton,el 42º presidente de Estados Unidos, le quedan diez semanas de mandato y muchosaños de reflexión histórica para encontrar su lugar en el Olimpo de los expresidentes.

Todo el mundo está deacuerdo en que su principal aporte a la prosperidad fue dejar a losprofesionales de la economía hacer lo que quisieran.

Clinton estuvo al frentede un país que se consolidó como la única superpotencia, con una economía quees 40% más potente que la segunda del mundo, la japonesa; con un ejército quegasta más que los otros seis más poderosos y que, como dice el profesor deHarvard Stephen M. Walt, lidera el mundo en educación superior,investigación científica y tecnología de la información.

Pero éste no es el legadode Clinton. Esta es la evolución de un imperio que se quedó sin enemigos. Elverdadero legado de Clinton está en su forma de hacer política, sacrificandolas ideologías y convirtiendo la presidencia en una gobernaduría.

Es la «políticaterapéutica», como explica Jedeiah Purdey en su libro «Las cosas corrientes».Consiste en grandes gestos y pequeños remedios.

Clinton, por ejemplo,pidió perdón a los negros por la esclavitud, pero no hizo nada importante paraacabar con la segregación racial.

Clinton llegó a la CasaBlanca con ganas de transformarlo todo. Encargó a la primera dama que prepararauna reforma radical de la sanidad y fue un fracaso. Se dio cuenta de que enWashington todo va despacio, de que para aumentar un dólar el salario mínimohay que batallar a fondo con el Congreso.

Pero aprendió rápido. Hoyentiende y domina el juego político mejor que ninguno de los últimospresidentes. Gobierna como si estuviera en permanente campaña electoral. No daun paso sin consultar las encuestas.

 

Tercera vía

 

Esta ambivalencia lo pusoen la senda de la tercera vía que lleva al «centro vital», una estrategiapolítico-electoral que quiere contentar a todo el mundo. «Siempre he creído-dijo en la campaña de 1996- que no tendríamos futuro si no podíamosconvertirnos en un partido que estuviera a favor del crecimiento económico perorespetando el medio ambiente, duro con los criminales pero respetando losderechos civiles, y a favor de los empresarios y de los sindicatos.» De estaforma consiguió ser el primer demócrata en 60 años en ganar dos mandatos presidenciales.Así y con sus habilidades telegénicas. Utiliza el poder de la televisión con lamaestría de una estrella de Hollywood y conecta con la gente como muy pocospresidentes lo han conseguido.

Antes de Lewinsky, losamericanos le creían cuando les decía que sentía su dolor. Si prescindimos delClinton-hombre, sin autodisciplina, y miramos sólo al Clinton-presidente,encontramos un legado muy claro. Clinton dice adiós dejando una presidencia de«living room», familiar, que no molesta porque el mundo está en paz, la vacassiguen gordas y los estadounidenses viven muy bien sin saber qué pasa enWashington.

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