26 de septiembre 2001 - 00:00

Cómo fue la cruenta guerra que encumbró a talibanes

Cuando en setiembre de 1996 el ejército talibán tomó Kabul, gran parte de los oriundos del valle del Panshir huyó de la ciudad. El Panshir era la patria chica de Ajmad Shaj Masud, el principal adversario de los talibanes, asesinado el pasado 9 de setiembre.

El doctor Abdurrahim no sólo era del Panshir, sino que su hermano Abdulah era el portavoz de Masud. Abdurrahim tenía doble razón para temer a los talibanes; sin embargo, se quedó en Kabul. Traumatólogo de profesión, formado en Francia, Abdurrahim superaba los 50, no se metía en política y continuó trabajando en el hospital Central de Kabul.

De vez en cuando, patrullas de talibanes visitaban su casa. Un día, después de un revés militar ante las tropas de Masud, la patrulla detuvo a su hijo de 17 años, Ajmad Massi. Tras dos días arrestado en una comisaría de Kabul, Ajmad se fugó saltando un muro y dos días después atravesó la frontera hacia Pakistán. Allí fue donde se enteró de que, tras su huida, los talibanes habían vuelto a su casa, esta vez para llevarse a su padre, el doctor.

Abdurrahim fue trasladado a una cárcel de Kandajar, la ciudad bastión del régimen, donde vive su líder, el mullah ciego Omar, casado con una hija de Osama bin Laden. Durante los 15 meses que duró su cautiverio, una experiencia que él describe como «esclavitud», Abdurrahim vio morir a 160 presos de hambre, enfermedades y privaciones.

• Exilio

Al final, Abdurrahim regresó muy envejecido de Kandajar. Había sido canjeado por un prisionero talibán. En 1998 partió en exilio a Tadjikistán.

En otras circunstancias y lugares, como el fatídico 8 de agosto de 1998 en Mazarí

Sharif, la capital del norte de Afganistán, las cosas fueron mucho peor. Testigos presenciales me hicieron el siguiente relato: los talibanes entraron en la ciudad por sorpresa disparando contra todo lo que se movía. Entraban en las casas buscando jóvenes varones de etnia hazarita y los ejecutaban in situ. Un año antes, en mayo de 1997, las milicias hazaritas de la minoría chiíta habían frustrado el primer intento talibán de tomar la ciudad.

En 1998, los talibanes, la mayoría de ellos de etnia pushtún, se vengaron. Quienes intentaban huir de la ciudad a las montañas eran cazados por las calles. Los cadáveres quedaban en la vía pública.

Los detenidos debían demostrar que no eran chiítas recitando plegarias suníes, mientras en un sermón que se leyó en todas las mezquitas de la ciudad, el nuevo gobernador, el mullah
Manon Niazi, instó a los hazaritas a la conversión.

En Kabul, lo primero que hicieron los talibanes al entrar fue asaltar la sede de la ONU y asesinar al ex jefe de Estado comunista,
Najibullah, un político notable al que Occidente siempre presentó como una marioneta de los soviéticos. Su cadáver fue colgado de una farola.

• Horror

A partir de entonces, los viernes se celebraron ejecuciones públicas en el estadio, empeoró la situación de la mujer, el velo se hizo obligatorio, y la educación así como la actividad laboral pública se prohibió para ellas. De esa forma, 40.000 viudas de guerra con hijos a su cargo se vieron privadas en todo medio de subsistencia. La barba se hizo obligatoria, el fútbol y los deportes sólo se consintieron si los jugadores iban con pantalón largo, la música y la alegría fueron prohibidas.

Ante todo esto, la pregunta que asalta a cualquiera es sencilla: ¿de dónde ha salido tanto horror? «Es la consecuencia, sumada, de 20 años de desastre», decía el doctor Abdurrahim.

Los demonios de Afganistán no se entienden sin atender a la historia de los últimos 20 años, cuando el país tuvo la mala fortuna de caer atrapado en el conflicto Este-Oeste.

En 1979, la revolución iraní y la invasión soviética de Afganistán sacudieron, con once meses de diferencia, el orden americano en la región del Golfo Pérsico, zona vital para la hegemonía mundial de Washington.

El islam revolucionario de Irán, con su enorme fuerza social, y la intervención de la URSS, dirigida a consolidar el tambaleante régimen comunistoide local, privaron a los Estados Unidos de sus aliados en la región. La respuesta fue inmediata. Militarmente, se creó la Rapid Deployment Force (RDF), se destinaron 45.000 millones de dólares anuales durante la década de los ochenta para la gran armada para el Golfo.

Siguieron sanciones contra Irán y la URSS y el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú para hacer pagar muy cara la torpe entrada soviética en el avispero afgano. Era la primera y única intervención militar soviética fuera de las fronteras de Yalta. Moscú recelaba del dirigente afgano
Jafizullah Amin. Según el general Valentín Varennikov, ex jefe del ejército de Tierra de la URSS, «en 1979 el Politburo temía que Amin ofreciera a los americanos la instalación, en la frontera afganosoviética, de las bases y radares que Washington había perdido en Irán».

El entonces consejero de seguridad nacional estadounidense,
Zbigniew Brzezinsky, reconoce: «Tratamos de meter a los rusos en la trampa afgana».

• Ayuda

Dos meses después de la invasión soviética, en febrero de 1980, más de 2.000 insurgentes afganos ya eran entrenados en bases paquistaníes como fruto de la cooperación entre la CIA y el ISI, el servicio secreto paquistaní.

La ayuda económica americana fue escalando hasta los u$s 2.800 millones en 1991, cuando los soviéticos ya se habían ido. Junto al dinero y las armas se fomentó la creación de un nuevo radicalismo islámico suní, ferozmente antiiraní, sin consignas sociales.

En esa época, Ossama bin Laden coordinaba el reclutamiento de voluntarios islámicos de todo el mundo para luchar en Afganistán desde una oficina de Peshawar.

Una vez puesta en marcha, la máquina adquirió vida propia, y cuando, en 1992, los soviéticos llevaban tres años fuera de Afganistán, la URSS ya no existía y en el Golfo, Estados Unidos había lanzado su guerra contra Saddam. Bin Laden tenía otros objetivos. Y el primero era ya Estados Unidos, el «gran satán». Desde entonces, hay todo un rastro de atentados antiamericanos que llevan hasta la catástrofe del 11 de setiembre.

La guerra de Afganistán no habría sido tan larga ni sus consecuencias tan catastróficas si el conflicto civil no hubiera sido multiplicado por mil por las potencias. La actitud de Washington y Moscú continuó durante la década del '90. La guerra dejó al país con más de un millón de muertos, cinco millones de refugiados, entre los que se encuentra la inmensa mayoría de la gente con estudios que vivía en las ciudades. Es el caso del doctor Abdurrahim, que no ha regresado a Afganistán desde entonces.

También dejó centenares de miles de armas ligeras y decenas de miles de armas pesadas, diez millones de minas antipersonal. Una herencia que equivalía a una condena a proseguir por muchos años la guerra civil. Washington estaba convencido de que la retirada soviética significaría la inmediata caída del régimen de Kabul. Pero en realidad Najibullah aguantó cuatro años más, hasta 1992. En ese espacio de tiempo, el dirigente afgano promovió una política de reconciliación nacional muy seria, pero los Estados Unidos y Pakistán rechazaron todas las ofertas de gobierno de coalición y elecciones.

• Aparición

Al final el asunto se resolvió mediante la violencia. Primero, en 1992 se compró al general Abdul Rashid Dustum, un primitivo ex sargento de policía uzbeco, para que traicionara con su ejército del norte a Najibullah, y luego los señores de la guerra mujaidines hicieron su gobierno. Un Ejecutivo dominado por Rabbani y Masud, enemigos de Pakistán, que lanzó contra ellos al pushtún Gubuldin Heikmatyar, un fanático que había sido el protegido de la CIA durante la guerra.

Entre 1992 y 1996, los señores de la guerra afganos lucharon, literalmente, todos contra todos. Las principales ciudades del país, Kabul, Jalalabad, Herat, Kandajar, que conocí intactas en 1988, en vísperas de la retirada soviética, fueron destruidas, algunas de ellas arrasadas en esa guerra civil entre aquellos que el presidente Reagan calificaba de «luchadores por la libertad». Los talibanes sólo son la última modalidad de esa serie.

Aparecieron a partir de 1994 en ese caótico contexto, como fuerza militar y factor de orden, en parte vinculados a los intereses políticos y comerciales de Pakistán y a proyectos petroleros americanos que fracasaron.

El Departamento de Estado de Estados Unidos saludó en 1996 la «oportunidad para el proceso de reconciliación» que el nuevo régimen suponía.

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