4 de julio 2003 - 00:00

Con la ferocidad de Pinter

Juega Harold Pinter en esta obra, como en la mayoría de sus piezas, con la ambigüedad de los caracteres y lo impreciso de las situaciones para crear el suspenso. Dos personajes llegan en medio de la noche a la habitación de una casa deshabitada, llena de goteras, que sirve de depósito para trastos viejos. El morador, un hermético personaje llamado Aston (Mauricio Minetti), trae como invitado a un astroso individuo que evidentemente vive en la calle y se hace llamar Jenkins (Antonio Ugo).

Con la ferocidad de Pinter
«El cuidador», de H. Pinter. Dir.: L. Quinteros. Esc. y vest.: G. Fernández y A. Vaccaro. Mús.: R. Ana. (Teatro El Doble.)

Como en la mayoría de sus piezas, Harold Pinter juga en «El cuidador» con la ambigüedad de los caracteres y lo impreciso de las situaciones para crear el suspenso.

Dos personajes llegan en medio de la noche a la habitación de una casa deshabitada, llena de goteras, que sirve de depósito para trastos viejos. Hay cierto humor terrible en la pieza y eso es lo que resalta la puesta de Lorenzo Quinteros.


El carácter del despreciable individuo poco a poco se va manifestando, se vuelve pedigüeño e impertinente y su veta autoritaria se revela sin ambages cuando pelea por la cama o cuando reclama al otro un par de zapatos. Hasta posee su pieza de soberbia que le permite referirse con desdén a «los negros» que comparten el baño de la ruinosa casa.

Sus aprestos son frenados por Mick, el dueño de casa que protege a su hermano (Pablo de Nito) y los intentos de Jenkins de crear con éste una complicidad que relegue a su protector a un segundo plano, fracasan.

•Rebelión

Finalmente y a pesar de que Jenkins vuelve a su actitud lastimera del comienzo, después de haber aspirado al cargo de «cuidador», Aston se rebela y le ordena dejar la casa. La suciedad, las quejas y la ingratitud del protegido son insufribles. Con su valija en la mano, se detiene ante la escalera que lo llevará de vuelta a la calle e intenta ganarse nuevamente la compasión de su protector. Pero ya es tarde. «¿Qué voy a hacer? ¿Adónde voy a ir?» se pregunta, pero la oportunidad de ganarse la solidaridad de alguien está perdida. Y esto explica en parte el porqué de la misérrima condición a la que ha llegado.

Aunque los hermanos no se comprenden tampoco entre si, parece existir entre ellos un vínculo afectivo.
Mick protege a su hermano que ha pasado por la experiencia de un shock eléctrico y ambos tienen sueños que resultan patéticos.

Hay cierto humor terrible en la pieza y eso es lo que resalta la puesta de
Lorenzo Quinteros, efectiva a pesar de no profundizar en los personales. La pieza está movida a buen ritmo y los cortes revelan con claridad el paso del tiempo. Antonio Ugo pone su temperamiento y su oficio al servicio de Jenkins y su labor es convincente, aunque su físico diste de dar con el aspecto esmirriado del personaje (lo que le permite ocultar su malicia).

Mesurado y más interior,
Mauricio Minetti encarna con precisión al indefenso Aston y Pablo de Nito compone exteriormente al hermano fuerte, apoyándose en una permanente violencia que no logra ocultar la debilidad de su físico que lo pone en inferioridad de condiciones frente al intruso. Son apropiados el vestuario y la escenografía de Ariel Vaccaro y Gabriela Fernández y sugerente la música de Rick Ana.