En medio de un caos, apoco más de dos décadas de su construcción, el complejo habitacional FuerteApache comenzó a andar ayer el camino de la desaparición.
Tildado como cuna depeligrosos delincuentes, aunque a más de 90% de su población le tocó estar dellado de las víctimas, esa barriada entró en el último tramo de su existencia.
En apenas 65 minutos,la acción de los 175 kilos de explosivos que distribuyeron ingenieros delEjército convirtió en escombros las estructuras.
Por una orden judicialse implosionaron cuatro torres donde vivían 351 familias que paramudarse recibieron un subsidio estatal de 22 mil pesos.
El clima dedesconcierto derivó en incidentes. Vecinos, en su mayoría jóvenes menores deedad, apedrearon a los funcionarios y curiosos que registraron la implosión.
El segundo estallidodesató la bronca que enfocó a Hugo Curto, el intendente de 3 de Febrero,municipio donde se levanta el complejo (ver nota aparte).
Cerrado el ciclo deimplosiones, la Policía disparó balas de goma para evacuar la zona. Seisheridos, ninguno de gravedad, fue el saldo que arrojó la actuación policial.
Según el comisario acargo, Oscar Troncoso, la operación buscaba evitar una «batalla campal»pero fue eso justamente lo que ocurrió durante unos minutos.
Un nutrido grupo devecinos se agolpó en la zona para seguir los detalles de la demolición. Pero eltecho de fibrocemento de una escuela cercana no soportó el peso de algunosvecinos que se subieron al mismo para tener una visión privilegiada y terminóderrumbándose, con el saldo de dos heridos leves
La orden dedemolición, dictada por el juez Augusto Sirven ante los «riesgos» a queestaban sometidos quienes vivían en los edificios, implicó una decisiónpolítica.
La provincia, luego deinnumerables vaivenes, acordó «premiar» a las familias propietarias con$ 22 mil. Ayer, desde La Plata, Carlos Ruckauf defendió la decisión oficial. «Yano hay santuario del delito» en la provincia, dijo el gobernador.
Y aseguró que la zonatendrá como destino la construcción de espacios verdes. Eso, sin embargo, noconvenció a los vecinos del lugar, que respondieron con pedradas y abucheos. Unreportero gráfico congeló el malestar como en una postal: una pareja de jóvenesabrazados y llorando sobre los escombros de las que habían sido sus casas.
Bautizado primero comoEjército de los Andes y luego como Padre Mujica, en honor al cura montoneroasesinado en los '70, el barrio es popularmente conocido como Fuerte Apache.Diseñado, por orden del ex intendente de Capital Federal Osvaldo Cacciatore,para alojar a 20 mil personas, terminó concentrando casi a 50 mil.
Según indicaronvoceros del municipio de 3 de Febrero, en las viviendas llegaron a alojarsehasta 10 personas cuando estaban pensadas para no más de cinco.
Desde el principio,marcado por el estigma de recibir a los expulsados de las villas capitalinas,Fuerte Apache fue tierra de nadie.
De hecho, sus 28,5hectáreas fueron siempre tierra vedada para la Policía, lo que loconvirtió en un reducto perfecto para proteger a delincuentes. Un puñado deefectivos policiales perdió la vida en ese laberinto donde los ajustes decuentas y los enfrentamientos entre pandillas eran moneda corriente.
La historia remontacasos paradigmáticos: allí se «formaron» los pibes que asesinaron a seispersonas en un raid delictivo y terminaron, condenados como mayores, a prisiónperpetua. Hasta tuvo su propio Bairoletto: José Sotela, apodado «el LocoJerry», un delincuente con ínfulas de Robin Hood que distribuía parte del botínentre los más carenciados y prohibía a sus secuaces robar en el barrio.
El mismo destino quelas torres A, B, C y C1 del nudo ocho del complejo le tocará en suerte endiciembre al nudo nueve.

