4 de abril 2001 - 00:00

El país debe ir al ALCA y dolarizar

La designación de Domingo Cavallo como ministro de Economía, públicamente avalada por las dos fuerzas políticas que integran la Alianza, representa un acto inequívoco de reconocimiento del carácter irreversible de las transformaciones estructurales realizadas por el peronismo en la década del '90, que son el punto de partida históricamente inexcusable para las múltiples transformaciones que aún resta hacer en la Argentina.

Pero no se trata de dormirse sobre los laureles de la «herencia recibida». Porque la cuestión no es sólo conservar lo que hicimos en esos diez años. Así como no nos quedamos en el '45, tampoco podemos quedarnos en el '89. Hay que ir mucho más allá. Tenemos que construir un nuevo consenso estratégico que nos permita encarar otra década de reformas estructurales, para poder enfrentar y resolver los grandes desafíos pendientes, en particular el más importante de todos: el desafío social.

En la década del '90, esa transformación económica, que rescató al país del colapso hiperinflacionario, estuvo íntimamente vinculada a la reinserción internacional de la Argentina, que tuvo dos ejes estratégicos fundamentales: la articulación de una relación especial con los Estados Unidos y la alianza con Brasil, que permitió la puesta en marcha del Mercosur, unida a una estrecha asociación con Chile.

Hoy, como entonces, no puede existir ninguna respuesta de fondo a la crisis argentina que no esté fundada en la afirmación de una visión estratégica vinculada con la inserción del país en un escenario mundial permanentemente cambiante.

De allí que, en las actuales circunstancias, el enorme esfuerzo colectivo que será necesario realizar para salir de la actual emergencia económica corre el riesgo de resultar estéril si no está asociado de entrada a un replanteo profundo de la inserción internacional de la Argentina, acorde con los nuevos cambios generados en el panorama mundial.

Inflexión

En ese sentido, la asunción del nuevo gobierno en los Estados Unidos significa un nuevo punto de inflexión, que sería suicida subestimar. Estamos en vísperas de una drástica aceleración del proceso de integración económica del continente americano, que culmina con la configuración de una amplia zona de libre comercio que abarca desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

En este nuevo contexto, la Argentina tiene ahora por delante una oportunidad excepcional. Está en condiciones de formar parte de lo que está llamado a ser el mayor bloque económico mundial. Baste señalar que la capacidad de importación de los tres países signatarios del NAFTA (Estados Unidos, Canadá y México) es diecisiete veces mayor que la del conjunto de los países del Mercosur.

Para comprender lo que esto potencialmente significa para la Argentina vale la pena recordar que, a partir de 1995, sólo en los primeros años de funcionamiento pleno del Mercosur, con una capacidad total de importación equivalente a 6% de la que tiene el NAFTA, el país logró rápidamente duplicar su nivel de exportaciones.

Un segundo ejemplo altamente revelador: en los primeros siete años de vigencia del NAFTA, México experimentó un crecimiento económico acelerado, que se caracterizó también por un formidable incremento de sus exportaciones a los Estados Unidos. La experiencia mexicana constituye un caso extraordinariamente exitoso y paradigmático de integración entre un país emergente con la máxima potencia económica y tecnológica de nuestra época.

Locomotora

La inserción en el ALCA constituye entonces la única posibilidad real de crecimiento económico acelerado que está hoy al alcance de la Argentina. Abre la posibilidad de acceso al mercado más importante del mundo. Permite generar una nueva gran oleada de inversiones extranjeras directas, que actúen como locomotora de la dinamización de la economía argentina.

El ALCA no es una simple alternativa entre otras. Mucho menos una opción de carácter ideológico. Es, nada más y nada menos, la historia que nos toca vivir.

Como sucedió con la Unión Europea y el surgimiento del euro como moneda común, la integración económica del continente americano refuerza también la perspectiva de la convergencia monetaria del hemisferio. En el caso europeo, la moneda común se edificó sobre la base de su moneda más fuerte, que era el marco alemán. En el continente americano, esa convergencia no puede tener otro sustento que el dólar estadounidense, la moneda más fuerte del mundo.

Es evidente que la aceleración del ritmo de la globalización de la economía mundial nos lleva ya a una fase de globalización monetaria, caracterizada por el surgimiento de verdaderas monedas mundiales. Como nos enseñara el general Perón, «la única verdad es la realidad». Y la realidad indica que, en un futuro más próximo que lo que muchos sospechan, el dólar será la moneda común del continente americano.

La Argentina tiene hoy la oportunidad de avanzar rápidamente hacia la dolarización a través de la negociación de un tratado de unión monetaria con el nuevo gobierno de los Estados Unidos. Hacerlo ahora significa volver a acreditar lucidez estratégica y capacidad política para adelantarse a los acontecimientos, en vez de dejarse sorprender por ellos.

En términos inmediatos, la dolarización implica descartar para siempre la alternativa de una devaluación monetaria abierta o encubierta, como el pretendido reemplazo de la actual paridad cambiaria por una supuesta «canasta de monedas». Y esa eliminación definitiva del riesgo cambiario lleva a una inmediata y drástica reducción de la tasa de riesgo-país.

Esta alternativa supone una importante reducción del monto de los intereses que el país tiene que pagar por su deuda externa. Constituye por ello una formidable herramienta para disminuir el gasto público y enfrentar el actualmente agobiante déficit fiscal, cuyo agravamiento nos puso al borde de la cesación de pagos, que en el mundo de hoy es sinónimo de colapso productivo y de caos social.

Pero hay algo todavía más importante. Una estrategia acertada sólo puede surgir de un diagnóstico correcto. Y, sin negar la existencia de otras causas concurrentes, el principal factor que afecta la competitividad de la economía argentina, y en primer lugar de las economías regionales, es la existencia de un costo financiero que es absolutamente incompatible con cualquier posibilidad de reactivación inmediata y, menos aún, de crecimiento sostenido.

En ese sentido, una brutal reducción de la tasa de riesgo-país, que sólo puede alcanzarse de inmediato a través de la dolarización, es la condición indispensable para lograr una disminución igualmente drástica de los costos financieros que actualmente ahogan la competitividad de todas las empresas argentinas, especialmente de las medianas y pequeñas, que a diferencia de las grandes compañías transnacionales tienen vedado el acceso al mercado financiero internacional.

La conclusión salta a la vista. Es una ecuación que puede sintetizarse en la fórmula de ALCA más dolarización.

Dejá tu comentario