29 de agosto 2001 - 00:00

La Argentina gastó $ 1.250 millones en formar científicos que emigraron

La Argentina gastó $ 1.250 millones en formar científicos que emigraron
La globalización del mercado laboral para profesionales altamente cualificados ha convertido a la Argentina en uno de los principales exportadores de «cerebros» a países desarrollados a costo cero.

La migración de los «talentos» argentinos está generando pérdidas significativas, no sólo para el conocimiento, sino también para el desarrollo nacional. En las últimas tres décadas -se asegura-, se marcharon del país cerca de 50 mil científicos e investigadores.

La gravedad del fenómeno adquiere dimensiones extraordinarias cuantificadas desde el aspecto económico. Se estima que el costo mínimo de una formación universitaria es de 25 mil dólares. Un cálculo tomado sobre esta base y la cantidad de profesionales calificados que se fueron revelan una cifra del costo económico perdido que es, sinceramente, escalofriante. Nada menos que 1.250 millones de dólares invertidos en capacitación y en formación fugados del país. Es decir, la Argentina produce «talentos» para que otros países los capten a costo cero. Un absurdo.

La situación es más complicada aún, porque fuera de estos profesionales, también se van del país jóvenes de 20 años instruidos y listos para ingresar en el mercado laboral, que tienen 40 años de vida productiva.

Estados Unidos, Europa, Canadá, Alemania y Francia, y ahora con mayor asiduidad Brasil, aparecen como los destinos elegidos por cientos de científicos e ingenieros que buscan horizontes para el desarrollo de sus conocimientos, ante la falta de una infraestructura y oportunidades económicas que los contengan.

Más de 40% de los investigadores argentinos están radicados en América del Norte; de ese número, más de 80% vive en Estados Unidos, 11% en Canadá y 8% en México.
El otro continente que disputa la preferencia argentina es Europa, donde se ha asentado más de 27% de los técnicos altamente capacitados.

Costos

Un informe elaborado el año pasado por Fernando Lema, un experto en el tema que reside en París, señala que las migraciones profesionales de los últimos 38 años costaron a países de América latina y del Caribe más de 30 mil millones de dólares. «Considerando que la región invierte un monto anual de 300 millones de dólares en actividades científico-tecnológicas, la pérdida producida por la expatriación de profesionales representa 10 años de inversión regional y 9 veces más que el monto total de la ayuda directa aportado por el Banco Interamericano de Desarrollo a la ciencia y tecnología desde su fundación, en 1961», apunta.

Rafael Gagliano
, jefe de Gabinete de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Nación, es claro cuando manifiesta que «la globalización empuja a las poblaciones no sólo a los diferentes mercados financieros, sino también a los mercados del conocimiento y de la inteligencia».

Bienes invisibles

«Se va un activo intangible de la Nación, porque el conocimiento y la inteligencia son bienes invisibles», destaca.

Estados Unidos es uno de los países que con mayor claridad ha desplegado una estrategia para reclutar extranjeros de máxima calidad, con políticas que incentivan la inmigración.

Para los próximos tres años,
el país del Norte emitirá 200 mil visas del tipo H-1B, cuyo propósito es importar materia gris especializada, principalmente la vinculada a la industria electrónica.

Un reciente informe de OCDE señala que
de los 150 millones de personas que desarrollan en el mundo actividades científicas y tecnológicas, 90% se concentra en las siete naciones más industrializadas, y un poco más de cuatro millones, 3% del total, están directamente implicadas en actividades de investigación y desarrollo.

Estados Unidos dispone de 3.700 investigadores de tiempo completo por millón de habitantes, mientras que Uruguay apenas si alcanza los 320 investigadores por millón y sólo es sobrepasado por la Argentina, Cuba, Costa Rica y Brasil. La diferencia se amplía si se tiene en cuenta que
mientras los estados de Latinoamérica llegan a totalizar unos 150 mil investigadores, Estados Unidos se aproxima al millón, lo que pone en evidencia la enorme distancia entre un Estado que tiene políticas de ciencia y tecnología y aquellos que aún ignoran que el crecimiento está relacionado con la capacidad del conocimiento.

Europa sabe de los efectos de la «fuga de cerebros» (con mayor fuerza, Alemania), razón por la cual ha diseñado una estrategia para contener sus científicos o bien hacer circular sus «cerebros» por el mundo.

«No se trata de impedir que los profesionales e investigadores se vayan del país. Se trata de transformar lo espontáneo en planificado y de saber el valor de la gente»
, dice Gagliano.

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