17 de mayo 2001 - 00:00

La criatura, con mejor prestigio que el padre

Según una reciente encuesta de Gallup, 64% de la población argentina quiere que la convertibilidad del peso se mantenga en sus actuales términos. Para el grueso de la opinión econó-mica del país, el proyecto de cesta de monedas es, por lo menos, inoportuno; en tanto que los inversores no terminan de entender sus ventajas

Sin embargo, el ministro Cavallo, que sabe mejor que el pueblo lo que el pueblo quiere, como Trotsky en su momento, se empeña en impulsarlo, y la Cámara de Diputados de la Nación acaba de aprobarlo sin más trámite, en un acto que delata una supina ignorancia sobre los fundamentos institucionales del progreso material y social de un país con nuestra historia.

La base de lanzamiento del milagro económico argentino de hace un siglo tuvo tres patas: la estabilidad política de la República posible de Alberdi, la estabilidad monetaria del patrón oro y la estabilidad comercial y de política exterior que suministró una gran alianza con el Commonwealth británico.

A partir de 1915, en la cabeza confusa de su dirigencia de toda clase y color, y a partir de 1930, en los hechos, la Argentina repudió en bloque aquel trípode institucional e inició su larga y penosa declinación. Pero sobre los escombros de la derrota en las islas Malvinas y de la hiperinflación, la Argentina comenzó laboriosamente a reconstruir aquel trípode.

En 1983, volvió la República, esta vez la verdadera en lugar de la posible; en 1991, volvió la convertibilidad monetaria, de la mano de un patrón dólar, y en 2001, ha cobrado visos de realidad lo que hasta el año pasado era territorio de lunáticos: la posibilidad cierta de una gran alianza comercial con los EE.UU., el nuevo líder económico, tecnológico y cultural del mundo.

Todo parece indicar que corre un nuevo tiempo histó-rico para la Argentina, un tiempo de creciente institucionalización en el más amplio sentido del término. A contramano de este tiempo, el ministro Cavallo se ha empeñado en demoler la segunda pata del trípode de instituciones básicas, en vez de concentrarse, y adelantarse, en la construcción de la tercera: el ingreso al NAFTA.

Dos son los grandes argumentos que avalan, en opinión del ministro, la introducción del euro en la nueva convertibilidad. 1°) Que la cesta euro-dólar estabilizaría los ingresos de los exportadores a Europa, en vista de las fluctuaciones del tipo de cambio entre el euro y el dólar, y 2°) que la cesta acabaría con las especulaciones sobre la devaluación del peso.

Tales argumentos no resisten el menor análisis económico; mejor dicho, constituyen un ejemplo de mal análisis económico, pues olvidan que así como a un árbol no se le puede pedir más que un fruto, a un régimen monetario y cambiario no se le puede pedir más que un objetivo. En el cumplimiento de tal objetivo, que es la estabilidad del nivel de precios, la convertibilidad ha tenido un éxito fulminante. Y, por si esto fuera poco, la convertibilidad, asistida por un banco central independiente y por una exigente política prudencial, también ha asegurado la estabilidad del sistema bancario.

En los últimos diez años, la reputación de la criatura ha superado la de su padre creador. Cavallo debiera tomar cuidadosa nota de este hecho.

 Interrogante

No entiendo el primer argumento del ministro. ¿Cuál es el beneficio de estabilizar los ingresos de los exportadores a Europa, que representan a lo sumo 3% del PBI, generando inestabilidad en los ingresos de 97% restante del PBI? La inestabilidad que afectará a 97% restante reconoce su origen en el estado de hiperinflación latente del que la Argentina no ha salido todavía. Los síntomas del estado de hiperinflación latente son cambios violentos de porta-folio en contra de la moneda local, como experimentamos en marzo y abril pasados, y una simultaneidad de los movimientos del tipo de cambio y el nivel de precios. Por caso, una depreciación del euro con respecto al dólar de 20% determinará una depreciación del peso con relación al dólar de 10%, y un consecuente golpe inflacionario interno de 10% Y una apreciación del euro de 20% determinará una apreciación del peso de 10%, y un consecuente golpe deflacionario interno de 10%.

Así, la volatilidad de la cotización del peso con respecto al dólar, nuestra verdadera moneda y punto de referencia, creará gran inestabilidad monetaria. Tampoco entiendo el segundo argumento. ¿Qué lógica tiene responder a las presiones devaluacionistas abriendo la posibilidad de una devaluación?

Sí entiendo, en cambio, la respuesta que dieron el presidente Menem, el ministro Fernández y Pedro Pou en enero de 1999, cuando a raíz de la devaluación del real brasileño prevalecía la expectativa de una pronta devaluación del peso. Se propuso entonces una auténtica profundización del régimen de convertibilidad por medio de la dolarización, que es su etapa superior.

El acierto de esta propuesta se hizo rápidamente evidente. En pocas semanas desaparecían las expectativas de devaluación del peso y el riesgo argentino caía marcadamente. Advierta el contraste con la propuesta de la cesta de monedas. Desde su anuncio, se agudizaron las expectativas de devaluación y el riesgo argentino tocó alturas impensables para una gestión de Cavallo. La criatura goza de mayor prestigio que el padre. La cesta de monedas es un proyecto hipócrita y funesto. Es hipócrita porque rompe lo que en rigor el público entiende por convertibilidad: que un dólar costará un peso en el futuro indefinido. Es funesto, porque a) en el mejor de los casos, si el público lo aceptara en forma pasiva y sin suspicacias, traerá aparejado un fuerte aumento del riesgo cambiario y de la tasa de interés, ya que el tipo de cambio fluctuaría, por ejemplo, entre $ 0,90 y $ 1,10 por dólar. Recuerde que en enero de 1993, el BCRA redujo la microbanda de flotación del tipo de cambio, con el fin de reducir la volatilidad y el nivel de la tasa de interés en pesos, y que consiguió eso exactamente.

Con la banda de la cesta, el riesgo cambiario y la tasa de interés serán necesariamente mayores. Y es funesto porque b) en el peor de los casos, si el público tomara el cambio de la actual convertibilidad con desconfianza, pondría en marcha una corrida de consecuencias imprevisibles.

En uno y otro caso, lo único que la cesta lograría es acelerar la llegada de la dolarización; justo lo opuesto a lo que pretenden el ministro Cavallo y los diputados que acaban de aprobar el proyecto. En síntesis, el proyecto de ley que próximamente debatirá el Senado de la Nación importa una gravísima regresión institucional. Junto al avasallamiento de la independencia del BCRA y al progresivo deterioro del respaldo en dólares de la oferta de pesos, la cesta es un ataque criminal a las posibilidades de crecimiento del país. Está en juego la segunda pata de aquel trípode de instituciones básicas y la posibilidad de un segundo milagro económico. Que salgamos antes o después de esta recesión es ya una cuestión de tercero o cuarto orden de importancia.

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