14 de febrero 2002 - 00:00

Libertad vs. totalitarismo

La historia mundial del siglo XX es la historia del triunfo de la libertad sobre el totalitarismo. Constituyó el capítulo decisivo de una larga lucha contra la opresión política y económica del Estado. Reveló el fracaso final de las ideologías, los regímenes y los gobiernos que intentaban cortar la autodeterminación política y económica de los pueblos.

La caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética fueron los dos hitos fundamentales que señalaron ese punto de inflexión en la historia universal. Desde entonces, quedó demostrado que la democracia y la economía de mercado son los dos pi-lares básicos de los países exitosos. Las restricciones estatales a las libertades políticas y económicas son el común denominador de los países que permanecen en el atraso.

En la Argentina de la década del '80, el gobierno peronista definió un rumbo acorde con esa nueva tendencia mundial hacia el imperio de la libertad política y económica. La privatización de las empresas del Estado y la eliminación de los múltiples controles burocráticos que paralizaban la iniciativa creadora de los argentinos fueron las bases estructurales para generar el clima de confianza nacional e internacional que posibilitó la inversión y el crecimiento económico de aquellos años.

Regresión

Por eso, todas las decisiones políticas orientadas a lesionar el derecho de propiedad, a modificar arbitrariamente los contratos entre particulares, a suspender por decreto el ejercicio de derechos y garantías constitucionales, a reglamentar la actividad económica y avasallar la independencia del Poder Judicial constituyen una gravísima regresión histó-rica, atentan contra el Estado de Derecho, lesionan la seguridad jurídica (imprescindible para la inversión productiva), generan mayor incertidumbre y, por sobre todas las cosas, afectan gravemente la vigencia de esas libertades fundamentales sobre las que se asienta la prosperidad de las naciones.

El pueblo argentino se moviliza ruidosa y cotidianamente en las calles para manifestar su firme voluntad de vivir en una sociedad abierta y libre, como todas las naciones avanzadas de la Tierra. Rechaza vegetar en un país acorralado por reglamentaciones, controles absurdos, enderezados a sustituir la libertad de las personas por la discrecionalidad del Estado. Sabe perfectamente que el intervencionismo estatal constituye la principal fuente estructural de la corrupción política repudiada por la sociedad.

Frente a estas circunstancias, es necesario impulsar ya mismo un drástico cambio de rumbo para terminar con la arbitrariedad política del Estado y encarar la recreación institucional del país, para avanzar en la construcción de una comunidad verdaderamente libre y demo-crática.

Contramano

En lo inmediato, resulta imprescindible escuchar el justo y generalizado reclamo social sobre la necesidad de terminar con el «corralito financiero» y de garantizar la devolución de los depósitos bancarios en su moneda de origen.

La llamada «pesificación» de la economía es la consecuencia inevitable de una devaluación monetaria rechazada por la opinión pública. Va en un sentido adverso a la voluntad de los argentinos, que, desde hace muchos años, antes incluso de la implantación de la convertibilidad, piensan y actúan económicamente en términos de dólares.

No se trata, entonces, de impulsar más controles burocráticos, quitas compulsivas sobre los ahorros, ni menos aún de suspender por decreto la vigencia de derechos constitucionales inalienables, como el de defensa en juicio. El único camino viable es impulsar ya mismo una reestructuración integral del sistema financiero argentino, privado y público, para devolverle solvencia y credibilidad.

Es imposible reconstruir la confianza interna y externa en el presente y el futuro de la Argentina, y la legitimidad del poder político a través de un camino opuesto a las tendencias estructurales de la época y a la voluntad colectiva de los argentinos. Hay que apostar a la libertad.

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