14 de mayo 2001 - 00:00

Promesas en inicio de una era de crecimiento

Hace cinco años, el profesor Romano Prodi plantó un joven olivo en un pequeño pueblo de la periferia de Bolonia, como señal de buen augurio para la nueva coalición de centroizquierda que acababa de nacer con ánimo de frenar al millonario Silvio Berlusconi.

Un lustro después, aquel joven arbusto es una planta marchita. No es una metáfora fácil. El pequeño olivo que plantó Prodi ha salido retratado en los diarios y ofrece un aspecto casi tan lamentable como El Olivo en mayúsculas, la exhausta y deshilachada coalición que anoche parecía perder las elecciones después de haber llevado a Italia al euro.

«El Olivo -resume Luigi La Spina, editorialista y corresponsal político del diario 'La Stampa'- ha acertado en lo más complicado y ha fracasado en lo más fácil. Con muchos sacrificios, la centroizquierda consiguió que Italia no perdiese el tren del euro, pero no ha sabido qué decir el día después. Ha gestionado muy bien la austeridad, pero no ha sabido ilusionar a la sociedad ante el nuevo ciclo expansivo de la economía. Conseguido el gran objetivo, se ha visto desbordado por un Berlusconi que cabalga la nueva fase al grito de '¡menos impuestos!'.»

Conviene recordar, sin embargo, que El Olivo ganó las legislativas de 1996 con menos votos, pero con más escaños. La de Romano Prodi era una mayoría muy endeble, que el voluntarioso profesor boloñés no supo gestionar con la astucia que exige el endiablado tablero italiano. «Soy una persona seria en un país de saltimbanquis», dijo, con un dejo de amargura, el día que perdió la confianza del Parlamento por un solo voto (9 de octubre de 1998). Lo sucedió el ex comunista Massimo D'Alema, hombre mejor dotado para la esgrima, pero el carro ya había tomado el camino del pedregal. El Olivo se había convertido en una jaula de grillos, fiel a la vieja tradición italiana de los indomables personalismos. Como si este país, una vez derrotado el fascismo, estuviese regido por una fuerza invisible que impide que los equilibrios cristalicen, que el poder, siempre difuso y policéntrico, coagule en un solo grupo hegemónico.

«Ha habido personalismos, pero también una lucha entre dos concepciones de la política italiana», nos corrige en el salón de su casa el ex presidente de la República Francesco Cossiga. «Se han enfrentado dos líneas muy distintas. La de Prodi, que también es la de Francesco Rutelli y Walter Veltroni (dirigente ex comunista y actual candidato a la alcaldía de Roma), que querían convertir a El Olivo en un partido demócrata a la americana, fusionando tradiciones tan diversas como la comunista y la católica, y la de D'Alema y Giuliano Amato (actual primer ministro, de tradición socialista), que abogan por la construcción de un gran partido socialista de corte europeo.»

«El Olivo tiene mejor personal político que la derecha -observa desde Milán Enrico Deaglio, director de la revista 'Diario'-, pero ha mezclado mal las cartas: Prodi tenía que haber forzado elecciones anticipadas, Amato quizá sería un buen presidente de la Comisión Europea y D'Alema ya estaba bien al frente de los suyos.»

Y de entre la baraja desordenada, emergió el ambicioso alcalde de Roma. «Francesco Rutelli -observa Deaglio-siempre ha sabido moverse bien, apuntando alto. Una de las primeras cosas que hizo al llegar a la alcaldía fue encargar una encuesta semanal sobre su popularidad en Italia.»

«Pero el gran error de la centroizquierda -matiza Massimo Gramellini, comentarista de 'La Stampa'- es haber querido disputar el partido en campo contrario. En el terreno de la telegenia Berlusconi es imbatible.»

Rutelli ha hecho una campaña floja y desdibujada por el protagonismo político que conserva D'Alema. Los verdaderos adversarios de Berlusconi han sido el periodista Indro Montanelli, la intelectualidad italiana y la prensa liberal europea.

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