24 de abril 2002 - 00:00

Putin y Duhalde: visiones diferentes

El gobierno de Eduardo Duhalde persiste en considerar que la única forma de manejar el gasto público agregado (que en nuestro país ha aumentado a un ritmo del orden de 10% anual a lo largo de toda la última década, agobiando al resto de la economía) pasa por aumentar impuestos. Constantemente. Sin límites. Con un número creciente de diferentes e imaginativas gabelas y una presión tributaria que ha resultado incontenible.

Bajar el gasto con transparencia pareciera ser políticamente imposible. Como secuela de lo cual la economía nacional ha estado anémica, desde hace años. Y lo seguirá estando.

En el gobierno pareciera que nadie cree que puede existir un camino diferente, capaz de devolver dinamismo a una sociedad desalentada. Dejemos de lado, por un momento, el accionar insólito de algunos jueces argentinos incapaces de detenerse a medir las verdaderas consecuencias de sus actos pensando que no generan reacciones, más allá del «Guinness Book of Records».

La historia ya ha empezado a juzgarlos. Desde todos los colores del espectro político. Y será implacable. Porque el elevadísimo costo de las aventuras iniciales recaerá, inevitablemente, sobre nuestros hijos y nietos.

• Lección desde Rusia

Desde una Rusia que, de la mano de Vladimir Putin, trata de dejar atrás males conocidos por nosotros, como las mafias, corrupción, «evaporación» planificada de los pasivos de algunos empresarios, a costa de todos, llega una lección de audacia en materia de política tributaria. Veamos.

La visión de la administración de Putin es que se deben liberar las fuerzas de la iniciativa privada, estimular al empresario, no sofocarlo.

Los mismos rusos ex marxistas y por eso en el furgón de cola del desarrollo mundial saben que allí están el dinamismo y la posibilidad de crecer.

La estrategia rusa supone simplificar el esquema impositivo al máximo posible. Particularmente para las pequeñas y medianas empresas. Pero no sólo respecto de ellas.

En esa dirección, el Impuesto a las Ganancias tendrá una tasa «horizontal» (esto es, igual para todos) de 24% para las empresas y de 13% para los individuos. Las más bajas de toda Europa. A la manera de Hong Kong, digamos.

Según Vladimir Putin, ésa es una «decisión revolucionaria» de su gobierno para el desarrollo de la «nueva Rusia posmarxismo». Y lo es. En rigor, es justamente lo contrario de nuestra conocida «progresividad» fiscal. Aquella que hace arder de satisfacción mentes en línea con la del ex presidente Raúl Alfonsín. En la Argentina hay quienes -diría todavía mayoría- que, a diferencia de Rusia, hoy se regocijan frente al aumento incesante de la carga fiscal que pesa sobre aquellos que -según este enfoque- son «los que más tienen». Hasta que llega -inevitablemente- el momento en que, naturalmente, ninguno «tiene», como consecuencia de la impericia y desconocimiento de qué pasa hoy en el mundo.

Cabe destacar que la consecuencia inmediata de la decisión del presidente Putin ha sido el aumento del monto de la recaudación fiscal.

Las pequeñas y medianas empresas rusas (definidas como aquellas que emplean a no más de 20 personas y generan ingresos anuales que no superen el equivalente a unos 325.000 dólares) tendrán, en más, una opción. También bastante revolucionaria. Ellas (que dan empleo a unos 19 millones de rusos) podrán elegir pagar 20% de sus ganancias u 8% de sus ingresos. Pero no pagarán ni impuestos al Valor Agregado (IVA) ni a las ventas, ni al capital o la propiedad. Sólo el impuesto sobre los ingresos o las ganancias que, en esa opción, elijan pagar. Podrán, además, amortizar 100% de sus inversiones en bienes de capital, algo muy atractivo.

Putin espera que, con este esquema fiscal, muchas pequeñas y medianas empresas se animen, además, a abandonar la «clandestinidad» fiscal. Y es muy probable que así sea.

Cuando nuestro Presidente se decida a contestar cuál es la personalidad predominante en su interior (nada menos que: «¿Quo Vadis, Duhalde?») ojalá tenga en cuenta la visión de Vladimir Putin que acabamos de describir. Porque, de lo contrario, además de las «colas» frente a los consulados de España e Italia, veremos de pronto una multitud en la calle Rodríguez Peña, frente al Consulado de la Federación Rusa. Y sería de no creer. Hasta para nuestros selectos «progresistas».

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