Eduardo Duhalde va por varias guerras. Y no todas en el justicialismo. Sólo él, hombre de mínima versación militar, puede discernir si le conviene abrir tantos frentes. Pero hoy insiste y su estrategia de expansión lo obliga a avanzar en ofensivas diversas. Por un lado, se ha propuesto y lo manifiesta, destronar a Carlos Menem del PJ (tarea que intentará resolver en el congreso partidario del próximo sábado). Por el otro, tiene en claro, pero no lo confiesa, que su batalla con Carlos Ruckauf por la aspiración presidencial ya se ha desatado. Y, por último, nadie ignora que el gobierno De la Rúa lo sospecha como el ariete de una conspiración que pretende voltear al Presidente vía Parlamento. No en vano, para evitar más suspicacias, Duhalde salió a respaldar el último plan económico como si hubiera sido gestado en su oficina.
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El nuevo guerrero bonaerense confía en los números para derribar a Menem, el que siempre fue un peligro para él y mucho más ahora cuando se habla de la inminencia de su libertad. Se le achica con esta liberación su capacidad de movimientos. Aunque tiene número, igual necesita Duhalde grandes adhesiones provinciales, algo que siempre le ha costado a lo largo de toda su historia partidaria. Aun así, igual requerirá de ciertos avales si no desea fracturar al justicialismo, riesgo presunto el próximo fin de semana. Con los congresales propios de su distrito, Buenos Aires, Duhalde casi reúne las voluntades necesarias para su objetivo; se acerca al tercio de la totalidad imprescindible, debido a la importancia bonaerense, demandada luego del primer llamado al congreso. O sea que, tal vez, el sábado pueda resolver la cuestión formal.
Tropiezo
Tropieza, eso sí, con una fuerte contingencia: el frente de gobernadores del interior no comparte su criterio de dirimir odios o intereses personales en un congreso. Se diría que se oponen a cierta prepotencia bonaerense más que apoyar a Menem. De todos modos, si salvara esta dificultad por razones numéricas, una decisión que no signifique una ruptura partidaria debería incluir a congresales de un distrito como Santa Fe o Córdoba. Nadie predice sobre las intenciones de Carlos Reutemann o José Manuel de la Sota. Ese interrogante persiste con tal intensidad que Menem piensa en lo que uno le expresó a favor, mientras Duhalde estima en lo que esa misma persona le expresó pero en sentido opuesto. Típico de peronistas. Hoy Duhalde está seguro de su operación y, en Don Torcuato, están convencidos de que no habrá modificaciones en la cúpula. Habrá que esperar al sábado y a las conversaciones que a lo largo de esta jornada habrá entre gobernadores y Duhalde. Parece ridículo que los grandes ejecutivos provinciales disputen estas rencillas mientras arbitran una nueva coparticipación para sus estados. Pero eso también explica el nivel del riesgo-país de la Argentina.
Con Ruckauf el conflicto es más sordo: ambos se juran amor eterno, se mantiene una suerte de convenio por el cual en el año 2003 Ruckauf va por la Presidencia y Duhalde por la gobernación, pero bajo el agua esos entendimientos no existen. Es público que ambos fingen. Ya está definido que el caudillo bonaerense se perfila a la candidatura presidencial y Ruckauf constituye un obstáculo. Y viceversa. Esto se advierte en la forma en cómo se pertrechan los propios ejércitos y las amenazas que ya se han cruzado los protagonistas. La pregunta: ¿cuándo y de qué modo se producirá el inevitable choque? Por el momento, Ruckauf reorganizó su gabinete para hacerlo más personal y auspicia acuerdos con dirigentes del interior -una de las grandes carencias de su rival-para indicar en la balanza más peso del que en realidad tiene. Duhalde no se apresura: confía en la influencia final de su aparato, al que domina casi obsesivamente. Nadie sabe, ni ellos, quién se beneficia con la demora de este estallido.
Algo gracioso: Duhalde exige que Ruckauf ajuste por el tremendo déficit de 1.500 millones de dólares. Ruckauf no quiere, claro, y arguye que ese déficit es responsabildiad heredada de Duhalde. Más riesgo-país.
Por si estos dos frentes no fueran suficientes, Duhalde se ha convertido en el justicialista que menos soportan los radicales (a pesar de su buena relación con Chrystian Colombo, quien lo visitó el último sábado en Lomas de Zamora. Pero ¿quien se lleva mal con Colombo?). Lo imaginan al resucitado candidato en oscuros rincones diseñando asonadas y golpes, como el máximo desestabilizador del Presidente. Un cargo gratuito, sin duda, aunque la excesiva preocupación de Duhalde por el deterioro de la situación política y social lo ha puesto, en más de una ocasión, como uno de los impacientes menos contemplativos con De la Rúa. Por más que apoye o suscriba respaldos, en el gobierno no le creen.
Curiosa actitud frente a Duhalde: no le cree el gobierno, no lo quieren los gobernadores de su partido, está enfrentado a más de una sangre con Menem y Ruckauf, tampoco del exterior le llegan vientos favorables y, sin embargo, él como general emprende varias guerras. ¿No será demasiado para un solo hombre?