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Hay un juego perverso en marcha: las dos amenazas para cualquier economía que quiera atraer inversiones como la inflación o un dólar alto son hoy bendiciones para el gobierno. Se hace de caja, recauda, gasta, reparte, negocia con sindicatos, pero esto no sólo con las retenciones a las exportaciones sino también con el IVA cuando suben los precios. Con ello festejó aumento de 11% de la recaudación en 2002. Consigue el objetivo de seguir flotando, sin amenazas en lo financiero rumbo al 25 de mayo, fecha de entrega de poder, y hasta sin importarle al gobierno lo que sucede con la industria por ejemplo.
Acá hay un dato clave surgido recientemente: por primera vez desde los últimos días de la gestión Alfonsín, la Argentina está devorándose el capital. Esto quiere decir que la inversión bruta que realizan las empresas es menor en el total, a lo que se amortiza por obsolescencia. Más grave: nunca en la década perdida de los '80, el país se consumió tanto el capital instalado como en los últimos doce meses. Claro que las consecuencias de esto impactarán después de que Eduardo Duhalde entregue el poder, aunque en sectores como el eléctrico la situación ya es de por sí delicada (no hay repuestos por ejemplo para eventuales fallas en El Chocón y su solución demoraría 24 horas).
Otra paradoja: para mantener el «dólar recontraalto» el gobierno adoptó una medida de libre mercado como es la eliminación de algunas restricciones a las operaciones de compra. Pero el mercado no creyó, sabe que es coyuntural, una simple medida cambiaria, y no por amor a encaminar al país hacia las reformas necesarias para sanear la economía. De hecho, si la situación se revierte, no dudaría en pasar del libre mercado a reponer estas restricciones con una plaza cambiaria hoy casi tan regulada como en la época de Gelbard.
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