18 de diciembre 2001 - 00:00

Un país hostil al capitalismo

Hace poco más de una década se discutía en el mundo sobre los procesos que llevaban desde economías reprimidas (en lo financiero y comercial esencialmente) hacia economías de mercado. La caída de los regímenes autoritarios en la Unión Soviética y en Europa del Este llevaría al desarme de los controles en los movimientos de capitales, controles de precios y salarios, restricciones al comercio, etcétera. El proceso se presumía complejo, y no era claro el sendero óptimo para reconstruir desde la nada una economía de propiedad privada. Se discutía qué mercado debía liberalizarse en primer término, y aparte de la secuencia estaba la cuestión del tiempo que debían insumir las reformas. En la Argentina teníamos la misma preocupación, y diversos estudios contribuyeron a perfilar el sendero de cambios.

Los países que intentaron reformas profundas fueron exitosos, como lo prueba la experiencia de Europa del Este y de la Argentina misma en la década de 1990. Rusia se incorporó al lote de países con reformas institucionales más tardíamente, y su performance fue consiguientemente más débil. La década de 1990 se caracterizó también por un gran crecimiento en los flujos de capitales a países emergentes, en buena medida porque la experiencia previa de los países del este de Asia hacía presumir que los países que ahora se integraban a la economía de mercado seguirían sus mismos pasos. La oferta de fondos prestables encontraba un camino en los nuevos países en desarrollo.

• Países exitosos

La presente década, desde 2000 en adelante, marca un importante descenso en los flujos de capitales, pero mantiene todo un conjunto de países que pueden caracterizarse como relativamente exitosos. Eso incluye a la mayoría de los del este europeo, Rusia, Nueva Zelanda, Irlanda, Chile, México y quizá Brasil. Algunos, sin embargo, no calificarán durante algún tiempo como países receptores de capitales. Este el caso de la Argentina.

El país, en efecto, está deshaciendo desde hace unos dos años las reformas de los '90. La ruptura del modelo se hizo más clara en los últimos 8 meses. Las medidas recientes consolidan un tratamiento hostil al capital, que probablemente tenderá a acentuarse en los próximos meses. Así como la Argentina ya dejó de tener peso en el mercado de deuda voluntaria (el EMBI pasó de representar 22% del mercado mundial emergente a menos de 4%), perderá capitales a manos de otros emergentes y desarrollados. ¿Cuáles son los elementos que definen esta creciente hostilidad al capital?

• Las limitaciones al derecho de propiedad. El Estado argentino está desarrollando un concepto vago de la propiedad. Tanto los flujos de ingresos como los activos existentes han sido gravados en diversas ocasiones con criterio retroactivo. Cuando ello sucede, con frecuencia es indicio de que el sistema jurídico convalida conductas oportunistas de expropiación. Del mismo modo, los contratos entre particulares, o entre particulares y el Estado, se han visto afectados en forma retroactiva. Ello es particularmente grave porque limita la posibilidad del cálculo económico (todo flujo debe ser descontado con una prima de riesgo correspondiente al eventual «cambio de régimen»). Más recientemente se ha desarrollado la idea de que la disposición de la propiedad de un activo está limitada por razones «de interés general», aun cuando se viole el derecho individual. El congelamiento de depósitos, la afectación de los fondos del sistema previsional y bancario para ser entregados a un deudor insolvente como el Estado (con lo que se viola el compromiso fiduciario con los individuos), la determinación arbitraria por el deudor de la tasa de interés bajo la amenaza de default, son todos indicios de que en nombre del «interés general», es decir del derecho que da el monopolio de la fuerza del Estado, puede justificarse hasta la confiscación de la propiedad. No es que no existan en la experiencia comparada límites al derecho de propiedad: el problema se presenta cuando el concepto es tan vago que genera la sensación de que la propiedad depende de la voluntad del príncipe. En ese escenario, la propiedad individual desaparece y se torna comunal.

• Regulaciones, controles y economía oculta. Este proceso es opuesto al que se siguió entre 1989 y 1992, cuando fueron progresiva y sucesivamente aboliéndose los controles de cambios, de tasas de interés, precios, salarios, regulaciones a las actividades económicas, al comercio de exportación e importación, etcétera. En el año 2001 los llamados planes de competitividad restablecieron innumerables agujeros en la tributación, y las moratorias y «perdones» a deudores destruyeron el esfuerzo de los productores más eficientes. La inspección de cambios desde diciembre sólo se puede mantener a través de feroces controles en el comercio exterior, en el movimiento de capitales y personas, y de restricciones aun mayores en el sistema financiero. La economía se plaga de costos de transacción, pierde competitividad, y aumentan los beneficios de operar en negro.

• Destrucción de la tasa de ahorro. La Argentina tiene una baja tasa de ahorro doméstico, en razón del déficit (ahorro negativo) del sector público y un desarrollo tardío del mercado de capitales en el sector privado. El ahorro externo compensó en parte estas debilidades en la década del '90 y permitió financiar muy altas tasas de inversión y de crecimiento. Desde 2001, sin embargo, y por varios años más, con ahorro externo nulo o negativo y el sector público en desequilibrio, todo dependerá del ahorro privado. Sin embargo, sólo pueden esperarse caídas adicionales de ese ahorro, al desarmar el régimen de pensiones y destruir la confianza en el sistema financiero.

• Vivir con lo nuestro. La economía apunta por lo tanto a cerrarse en lo comercial, limitar la entrada de capitales y debilitar su moneda. Se trata del escenario preferido por los ex empresarios que abandonaron el barco durante el período de apertura y que procurarán hacerse de las rentas de monopolio en una economía más cerrada.

En una economía así, sólo valdrá la pena invertir (y traer capitales) si lo que se consigue es un monopolio con altas tasas de retorno. No es muy diferente al panorama que puede ofrecer un país petrolero de Medio Oriente, donde la falta de competitividad y las escasas garantías sobre la propiedad exigen muy altas tasas de retorno. Quizá todavía la Argentina pueda competir con alguna ventaja con países menores (en términos de su importancia económica) de América latina. Pero expulsar capitales, penalizar el ahorro doméstico y desconocer el derecho de propiedad tienen sus costos. En el futuro habrá que rehacer las cuentas del crecimiento potencial argentino. Ya no habrá el mismo impulso a la inversión y al crecimiento de la productividad factorial (TFP). La represión económica de hoy será responsable de un prolongado estancamiento. El Banco Mundial analizó a fines de los '80 diversas experiencias de reforma, y FIEL publicó en 1989 «Argentina: hacia una economía de mercado», que precisamente ilustraba sobre la secuencia y tiempos que se asociaban a la reforma y complementaba estudios previos como «El fracaso del estatismo» (1987).

Dejá tu comentario