13 de abril 2003 - 00:00

DE LA INDOLENCIA A LA ACCION

DE LA INDOLENCIAA LA ACCION
Escribe Eva Grinstein
Desde hace tiempo, en forma aislada y subterránea, en el campo del arte se desarrollan mecanismos de resistencia similares a los que sorprendieron en esta coyuntura argentina. Es cierto que en el contexto del arte argentino, los años noventa fueron en exceso identificados con una cierta ligereza apática -por cierto muy publicitada dentro y fuera del país- pero hacia el final de la década se multiplicó de un modo revelador una serie de experiencias que no sólo no encajan en ese concepto de supuesta liviandad sino que más bien se ubican en su opuesto.
Comenzaron a gestarse emprendimientos autónomos, independientes, grupales, activos y densos, dispuestos a regenerar los tejidos rotos durante años de dispersión social sistemáticamente estimulada desde los poderes de turno. Los casos más interesantes de asociación entre artistas, en un amplio radio que va del lirismo a la combatividad, nacieron en una primera instancia como alternativas a un modelo insatisfactorio de producción, circulación y reconocimiento. En este contexto, la aparición a fines de los noventa de varias experiencias atípicas de trabajo cooperativo, negoció y de a poco instauró una legitimidad incipiente para otras formas de ver, hacer y sentir el arte. Organizándose, estos artistas no sólo han logrado llenar los huecos de un sistema alicaído sino que han empezado a repensar y reformular la manera en que se venía gestionando la cultura en el país.
La más reciente oleada de grupos -considerando que existen numerosos antecedentes en el arte argentino del siglo XX- comienza a manifestarse a mediados de los ochenta, con la restauración democrática. Pero será más tarde, hacia el final de la década, cuando surjan varios grupos nuevos que ya no se constituyen con el fin de hacer obra sino que asumen el trabajo cooperativo superando objetivos meramente estéticos, y convirtiéndose en auténticas plataformas de política cultural. Son tres las más notables iniciativas que en Buenos Aires, casi coincidiendo con el cambio de siglo, sentaron las bases de esta tendencia de organización, colaboración y autogestión liderada por artistas.

PLURALISMO

En primer lugar, Belleza y Felicidad, fundada como galería, editorial y tienda de venta de baratijas kitsch, en funcionamiento desde 1999. Fue creada por las artistas Fernanda Laguna y Cecilia Pavón y quedó luego en manos de Laguna, y se ha convertido en un referente del arte no institucional, no comercial y, por qué no, muchas veces sucio y roto (es decir, a contramano del “rte”inmaculado que se produce para vender y decorar hogares). El espacio ha albergado recitales de música y lecturas de poesía, performances, subastas, muestras, ferias de ropa y otros eventos diversos, constituyéndose en paradigma de la bendita multidisciplinariedad que los grandes centros culturales tratan siempre de conseguir a fuerza de programaciones por lo menos dudosas.
En segundo lugar, «Ramona», una revista de arte contemporáneo y foro libre de opinión, aparecida a principios del 2000. Fue creada a partir de la colaboración entre Roberto Jacoby -uno de los principales promotores del “rte de los medios”en los años sesenta, autodefinido como “anager conceptual” y Gustavo Bruzzone, fiscal de la Nación y coleccionista que durante los últimos quince años ha apoyado sistemáticamente la labor de los artistas jóvenes y emergentes, sin ir más lejos comprándoles una obrita a tiempo y salvándolos de la inanición. «Ramona» es un fenómeno bastante peculiar en el universo de las publicaciones sobre arte porque se edita en blanco y negro y absolutamente sin imágenes, y porque siendo una revista no profesional, pero plural logró atraer la atención de críticos y escritores, que colaboran desinteresadamente o, mejor dicho, interesados en algo que no es la retribución monetaria. En tercer lugar, Trama, un programa de cooperación y confrontación de ideas, iniciado también en el 2000 a partir de la asociación de los artistas Claudia Fontes, Leonel Luna y Pablo Ziccarello. Concebido como un ciclo de seminarios de análisis de obra -con invitados internacionales que dedican extensas jornadas al diálogo con artistas argentinos, emergentes y no tanto- Trama se constituyó en un valiente ejemplo de gestión personal por parte de los propios artistas, que se ocuparon de la búsqueda de fondos de financiación (sobre todo en Holanda), golpeando puertas para conseguir espacios para sus seminarios y luego pidiendo salas para exhibir los resultados de las sesiones de trabajo.

AUTOGESTION

Si hoy la escena argentina de arte contemporáneo es claramente más amplia, rica y vigorosa que hace diez años, despertando a nivel internacional la incredulidad de quienes sólo escuchan noticias sobre la crisis, es sin dudas debido al aporte de estos grupos renovadores. La supuesta polémica «arte político vs. arte banal» pierde su (sospechable) validez frente a la acción de estos artistas: más allá de estilos y modas, hoy es posible hablar de incipientes grados de madurez cívica y cohesión social que hubieran sido impensables luego de la feroz dictadura que silenció (entre muchísimas otras cosas) la creatividad del país entre 1976 y 1983. A fines de los ochenta, la modernización estimulada por la democracia se había producido en torno a espacios de poder como el Centro Cultural Rojas, el ICI, la galería Ruth Benzacar, Fundación Antorchas y el Fondo Nacional de las Artes. Ahora, con el cambio de milenio, buena parte de la responsabilidad del crecimiento está en manos de los propios artistas, capaces de asociarse para diseñar espacios acordes con sus necesidades de expresión. Como en todas las épocas y como en todo el mundo, algunos artistas se politizan de manera muy directa y otros eligen ser más sutiles o incluso intentan mantener sus creaciones “l margen”del contexto, pero lo realmente estimulante en esta coyuntura argentina es la actitud más audaz y emprendedora por parte de muchos artistas. ¿Por qué, aquí y ahora, ha explotado esta tendencia del trabajo colaborativo, grupal y autogestivo entre artistas? Sin dudas esta orientación hacia el funcionamiento en equipo es acorde con un fenómeno global, pero se torna especialmente fructífera en los países donde el sistema oficial, público y privado del arte no ofrece perspectivas demasiado alentadoras para el desarrollo del artista como trabajador profesional, autónomo, inscripto en un juego de ofertas y demandas de capital simbólico. En una socio-economía colapsada como la Argentina, la elección del trabajo colectivo se convierte en una apuesta política, una auténtica acción de política cultural que encuentra en los huecos y fisuras del entramado institucional un espacio natural donde insertarse y operar, mientras que en sistemas menos sufrientes la tendencia asociativa es por así decirlo contracultural, es una manera de oponerse al establishment que pugna por reproducir la figura del artista individualizable y comercializable. En el marco de esta Argentina en crisis, los colectivos y asociaciones no necesitan oponerse a lo que por sí mismo se ha debilitado, y prefieren invertir sus energías en intentar soluciones conjuntas, por lo general bajo la forma del “arásito amable”

COLECTIVOS GRUPALES

La lista de las iniciativas grupales que se han multiplicado durante los últimos cinco años es extensa y en la mayoría de los casos abarca cruces y fusiones entre áreas. Entre muchas otras se puede mencionar a Duplus (galería sin fines de lucro creada por diseñadores gráficos y artistas, que se convirtió en el ámbito ideal para obras poco rentables, y que en este momento está mutando de sala expositiva a centro de pensamiento); Cielo Teórico (propuesta nacida hace tiempo en Córdoba, y que funciona como archivo, biblioteca y espacio para seminarios); Sonoridad Amarilla (restorán de comida étnica, tienda de objetos y galería recientemente ampliada, proyecto regenteado por una pareja de fotógrafos que funcionan también como comisarios); Fin del Mundo (proyecto de net.art que comprende obra sonora, visual, literaria y audiovisual de sus cuatro fundadores y de otros artistas); Casa XIII (en Córdoba, joven sala de exposiciones con sede en un espacio oficial, pero con una programación formulada por los propios artistas) y Fundación Nautilius (también radicada en Córdoba, y que propone formación artística e inserción laboral dirigida a jóvenes marginales). A todas estas experiencias y proyectos se debe sumar una larga lista de grupos que funcionan de manera autónoma o interactuando con estos espacios, y que incluye entre otros a Ar Detroy, Fosa, Suscripción, m777, GAC: Grupo de Arte Callejero, El Ingenio (Tucumán), grup00 (Córdoba); Colectivo de Acción Directa, Colectivo situaciones y Costuras urbanas (Córdoba).

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