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DE LA INDOLENCIA A LA ACCION

Desde hace tiempo, en forma aislada y subterránea, en el campo del arte se desarrollan mecanismos de resistencia similares a los que sorprendieron en esta coyuntura argentina. Es cierto que en el contexto del arte argentino, los años noventa fueron en exceso identificados con una cierta ligereza apática -por cierto muy publicitada dentro y fuera del país- pero hacia el final de la década se multiplicó de un modo revelador una serie de experiencias que no sólo no encajan en ese concepto de supuesta liviandad sino que más bien se ubican en su opuesto.
Comenzaron a gestarse emprendimientos autónomos, independientes, grupales, activos y densos, dispuestos a regenerar los tejidos rotos durante años de dispersión social sistemáticamente estimulada desde los poderes de turno. Los casos más interesantes de asociación entre artistas, en un amplio radio que va del lirismo a la combatividad, nacieron en una primera instancia como alternativas a un modelo insatisfactorio de producción, circulación y reconocimiento. En este contexto, la aparición a fines de los noventa de varias experiencias atípicas de trabajo cooperativo, negoció y de a poco instauró una legitimidad incipiente para otras formas de ver, hacer y sentir el arte. Organizándose, estos artistas no sólo han logrado llenar los huecos de un sistema alicaído sino que han empezado a repensar y reformular la manera en que se venía gestionando la cultura en el país.
La más reciente oleada de grupos -considerando que existen numerosos antecedentes en el arte argentino del siglo XX- comienza a manifestarse a mediados de los ochenta, con la restauración democrática. Pero será más tarde, hacia el final de la década, cuando surjan varios grupos nuevos que ya no se constituyen con el fin de hacer obra sino que asumen el trabajo cooperativo superando objetivos meramente estéticos, y convirtiéndose en auténticas plataformas de política cultural. Son tres las más notables iniciativas que en Buenos Aires, casi coincidiendo con el cambio de siglo, sentaron las bases de esta tendencia de organización, colaboración y autogestión liderada por artistas.
En segundo lugar, «Ramona», una revista de arte contemporáneo y foro libre de opinión, aparecida a principios del 2000. Fue creada a partir de la colaboración entre Roberto Jacoby -uno de los principales promotores del “rte de los medios”en los años sesenta, autodefinido como “anager conceptual” y Gustavo Bruzzone, fiscal de la Nación y coleccionista que durante los últimos quince años ha apoyado sistemáticamente la labor de los artistas jóvenes y emergentes, sin ir más lejos comprándoles una obrita a tiempo y salvándolos de la inanición. «Ramona» es un fenómeno bastante peculiar en el universo de las publicaciones sobre arte porque se edita en blanco y negro y absolutamente sin imágenes, y porque siendo una revista no profesional, pero plural logró atraer la atención de críticos y escritores, que colaboran desinteresadamente o, mejor dicho, interesados en algo que no es la retribución monetaria. En tercer lugar, Trama, un programa de cooperación y confrontación de ideas, iniciado también en el 2000 a partir de la asociación de los artistas Claudia Fontes, Leonel Luna y Pablo Ziccarello. Concebido como un ciclo de seminarios de análisis de obra -con invitados internacionales que dedican extensas jornadas al diálogo con artistas argentinos, emergentes y no tanto- Trama se constituyó en un valiente ejemplo de gestión personal por parte de los propios artistas, que se ocuparon de la búsqueda de fondos de financiación (sobre todo en Holanda), golpeando puertas para conseguir espacios para sus seminarios y luego pidiendo salas para exhibir los resultados de las sesiones de trabajo.
La lista de las iniciativas grupales que se han multiplicado durante los últimos cinco años es extensa y en la mayoría de los casos abarca cruces y fusiones entre áreas. Entre muchas otras se puede mencionar a Duplus (galería sin fines de lucro creada por diseñadores gráficos y artistas, que se convirtió en el ámbito ideal para obras poco rentables, y que en este momento está mutando de sala expositiva a centro de pensamiento); Cielo Teórico (propuesta nacida hace tiempo en Córdoba, y que funciona como archivo, biblioteca y espacio para seminarios); Sonoridad Amarilla (restorán de comida étnica, tienda de objetos y galería recientemente ampliada, proyecto regenteado por una pareja de fotógrafos que funcionan también como comisarios); Fin del Mundo (proyecto de net.art que comprende obra sonora, visual, literaria y audiovisual de sus cuatro fundadores y de otros artistas); Casa XIII (en Córdoba, joven sala de exposiciones con sede en un espacio oficial, pero con una programación formulada por los propios artistas) y Fundación Nautilius (también radicada en Córdoba, y que propone formación artística e inserción laboral dirigida a jóvenes marginales). A todas estas experiencias y proyectos se debe sumar una larga lista de grupos que funcionan de manera autónoma o interactuando con estos espacios, y que incluye entre otros a Ar Detroy, Fosa, Suscripción, m777, GAC: Grupo de Arte Callejero, El Ingenio (Tucumán), grup00 (Córdoba); Colectivo de Acción Directa, Colectivo situaciones y Costuras urbanas (Córdoba).


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