El show que dio impacto internacional al tango

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¿Por qué no celebrar en la avenida 9 de Julio, junto al Obelisco, los 25 años del estreno de «Tango Argentino»? Sería el escenario ideal para una masiva concurrencia gratuita. Como lo fue para 300 mil personas con Luciano Pavarotti en 1991, Daniel Barenboim a fines de 2006 o Julio Bocca para despedirse del baile el año pasado. Es cierto que no estarían varios de los protagonistas de ese milagro que le dio una nueva vida internacional al tango, que se había opacado con la tragedia de Carlos Gardel. Murieron Roberto Goyeneche, Elba Berón, Jovita Luna, Jorge Orcaizaguirre (Virulazo), José «Pepe» Libertella, Héctor Orezolli, entre otros, pero muchos están vivitos y tangueando, como Horacio Salgán, Raúl Lavié, Osvaldo Berlingeri, Juan Carlos Copes, Miguel Angel Zotto, Milena Plebs o María Graña, haciendo unos pocos nombres de una lista muy amplia.
Y sobre todo están los jóvenes continuadores que se pueden mirar en ese universo imaginado por Claudio Segovia que lo ideó mucho antes del estreno en el Chatelet de París el 13 de noviembre de 1983.

EL TANGO ES PARA BAILAR

Música popular que no se baila se convierte en clásica. Para oír sin moverse, sin que pase por el cuerpo. Por eso don Osvaldo Pugliese cuando componía un tema lo ponía a prueba observando si lo bailaban o no. La famosa goma de borrar de Aníbal Troilo, que pasaba en limpio las proposiciones de sus arregladores, apuntaba a lo mismo.
Y lo primero que recordamos de «Tango Argentino» es el tema instrumental de «Quejas de bandoneón» (Juan de Dios Filiberto) en la apertura y luego en el cierre de la noche con el vértigo de todas las parejas en escena.
Paradójicamente nuestro espectáculo más aplaudido, visto y copiado en el mundo sólo pudo disfrutarlo una minoría de argentinos frente a una mayoría de extranjeros. Es hora de que nuestros compatriotas no queden al margen, porque ni siquiera lo vieron por TV. Las referencias las tienen por los que pudieron conseguir entradas en otras capitales. Se merecen verlo y con entrada libre, como en el reciente Festival Mundial de Tango.

UN MAPAMUNDI PORTEÑO

Segovia vivió de niño en Colegiales y se crió en Núñez. Su familia, al uso porteño, es un mapamundi de sangres con músicas españolas, portuguesas, italianas, cubanas o del jazz universal.
Es su cable a tierra para descubrir lo auténtico por debajo de las modas pasajeras. Con esa base en sus entretelas emocionales, desde 1972 comenzó a pensar en ese proyecto mientras estudiaba Bellas Artes (una doble carrera de once años que hizo en siete) y desarrollaba sus trabajos como escenógrafo y figurinista en Europa y la Argentina. Sin olvidar una intensa experiencia en revistas
en el Maipo con figuras del nivel de Alfredo Allaria, Nélida Lobato, Carlos Castro, Dringue Farías, etcétera.
Tenía esas ideas y otras similares, porque con el mismo espíritu de rescatar las raíces y los intérpretes más genuinos del arte popular, armó primero «Flamenco puro» antes de seguir con «Tango Argentino», «Black and Blue», «Noche tropical» y la última por ahora, «Brasil, brasileiro». Dicho sea de paso, todos éxitos a sala llena con públicos que aplaudían de pie, aunque no pudieran comprender las letras del cante jondo ni del lunfardo, slang, bolero o samba. A quienes tampoco les importaba si los artistas tenían cartel o no. Porque les transmitían su autenticidad. ¿O acaso Jacqueline Kennedy, Shirley McLaine, Liza Minelli o Kirk Douglas conocían a Virulazo y su estilo de Villa Urquiza?
Lo mismo ocurrió con públicos en medio mundo que aplaudieron de pie a intérpretes que eran desconocidos para ellos, como la genial Elsa Soares (esposa del futbolista Garrincha) en «Brasil, brasileiro», la renacida y entonces olvidada Ruth Brown «Reina Madre del Blues» en «Black and Blue» o los gitanos Manuela Carrasco Salazar, «la diosa del baile flamenco» con Fernanda de Utrera, Farruco, El Chocolate o Juan Habichuela, entre otros, en «Flamenco puro», como si el flamenco pudiera ser otra cosa que puro.

OCTUBRE DE 1983 EN BUENOS AIRES

Precisamente fue la repercusión del estreno gitano en la Semana Santa de Sevilla una de las mejores tarjetas de presentación para Michel Guy (ex secretario de Estado de Cultura de Francia y entonces director del Festival de Otoño).
La otra fue la de Jorge Lavelli, gran director argentino de teatro a quien Guy le preguntó por un proyecto que pudiera sorprender musicalmente para presentarlo en el Teatro Chatelet de París.
En ese momento nuestro país estaba en plena efervescencia política porque asumía el presidente Raúl Alfonsín. En ese clima, y con el apoyo de sus padres que pusieron todos sus ahorros en el proyecto, Segovia puso en marcha lo que parecía una operación imposible. Algunos amigos le dijeron que eso «no iba a andar» con un elenco donde había mucha gente grande, algunos pasados de peso que en nada se parecían a la imagen que se tenía del tango de salón, más gimnástico que caminado. Hubo varios grandes nombres en danza: Aníbal Troilo o Astor Piazzolla, que no podían viajar.
Sólo hubo un ensayo general sin luces, decorados ni vestuario en el Teatro Presidente Alvear y al día siguiente volaron para presentarse ante la prensa francesa. Segovia no quería hacerlo sin más, pero Michel Guy descorrió el telón para mostrar que la sala estaba llena de periodistas y fotógrafos. Decidió entonces, como efecto demostración, un cuadro cantado y otro bailado. Jovita Luna fue elegida para cantar «Moriré en Buenos Aires», de Horacio Ferrer, y fue cubierta de aplausos que se reiteraron con «Danzarín», de Julián Plaza. Fue tal la apoteosis que explicó que al día siguiente fuera nota de tapa en los diarios «Liberation», «Le Matin» y «Le Monde». 

NOVIEMBRE DE 1983 EN PARIS

El Teátre du Châtelet no sólo es el más grande de París, sino que merece una visita por sí mismo. No importa cuál sea la obra, en general son musicales, porque es una fiesta conocer por dentro esta construcción de 1862 con un escenario que tiene 24 metros por 35. Enorme. Entre otros grandes artistas, allí dirigieron sus propias obras Tchaikovski, Richard Strauss, Claude Debussy o Gustav Mahler. Tiene 2.500 localidades (igual a nuestro Colón) con similares butacas de terciopelo y palcos dorados que son una fiesta de la Belle Epoque.
En el debut de «Tango Argentino» no sólo se agotaron las entradas para el estreno sino para toda la temporada. Incluso se demoró el comienzo porque el público desbordaba la capacidad.
Lo demás es historia reciente, aunque no muchos argentinos la conocen en detalle por el bajo perfil de Segovia y de su compañero Héctor Orezolli, que trabajó con él hasta su muerte en 1989.

LA MILONGA SE ABRE CANCHA

Luego vinieron las giras por Europa y Estados Unidos con el suceso formidable en 1985 con una semana en el City Center de Nueva York para luego saltar al Mark Hellinger Theater, uno de los mayores de Broadway, para quedarse toda la temporada, con otro «Sold Out».
El director Zubin Mehta declaró a la revista «Time» que era el mejor espectáculo del año. Los críticos lo nominaron a los premios Tony (equivalentes al Oscar en teatro). Lo elogiaron coreógrafos del nivel de Martha Graham, Mikhail Baryshnikov, Jerome Robbins y Rudolf Nureyev.
Después se sucedieron las giras por el resto de Estados Unidos, Canadá y Japón durante tres años. En 1989 vuelven a Europa para actuar en Londres y doce ciudades de Alemania, Italia, Suiza, Holanda. Visitan ocho veces Japón.
Hubo renovaciones en el elenco y otras figuras igualmente importantes se fueron sumando a los protagonistas iniciales de aquella aventura con quince bailarines, cuatro cantantes en español y una orquesta en la que predominaban los bandoneones en escena para contar en 30 cuadros la historia del tango.

CADICAMO Y DESPUES

Fue un milagro que se produjo en pleno eclipse tanguero. Nadie más autorizado para el diagnóstico que Enrique Cadícamo: «El tango en el año 1983 era un recuerdo y fue ponerlo en el mundo para que empezara una verdadera ola de pasión por él. Pienso que desde la muerte de Gardel había un gran vacío. En el mundo se conocían la música y el canto, pero no la forma argentina de bailarlo, habían visto un baile de tango europeo, español o norteamericano».
Lo singular, aunque sea habitual en nuestro país porque nadie es profeta en su tierra: el show, aplaudido en los teatros más importantes del mundo, tardó nueve años en llegar a Buenos Aires. En 1992, y por muy poco tiempo, apenas once noches en el Gran Rex y pocas más en el Lola Membrives.
Ahora, en pleno boom turístico, extranjeros y con el propio apoyo de los argentinos, como lo demostró el Décimo Festival Internacional de Tango, todavía nos queda como asignatura pendiente ver en vivo y en directo «Tango Argentino» en nuestro emblema, el Obelisco.

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