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¿El turista sale de Buenos Aires para ver folclore?
Algunos afirman que las grandes peñas, aquellas que apuntaban tanto al público local como a los extranjeros, se extinguieron hace muchos años. Otros confían en el resurgimiento del género en la ciudad de Buenos Aires. Pero todos coinciden en que al folclore le hace falta promocionarse en el exterior.
La inquietud de Marisú, acostumbrada a cruzarse en cualquier barrio salteño con alguno de los integrantes de Los Nocheros, con el Chaqueño Palavecino o con Jorge Rojas, entre tantos otros folcloristas oriundos de esa provincia, resulta entendible y, a la vez, muy atendible. El interrogante nos llevó a intentar una respuesta, a través de la palabra de especialistas en el tema.
Por ende, ¿por qué innovar con el folclore si se sabe que el tango es un producto vendible y que ya está instalado en el mercado turístico argentino?
Palabras más, palabras menos, eso es lo que indicó una buena mayoría de los consultados por Ambito del Placer.
«Pero nosotros, sí innovamos», continuó Arriete. «Es más, somos los únicos que nos animamos a instalar un producto distinto en Buenos Aires ('Opera Pampa') donde están representados todos los ritmos folclóricos del país, desde el extremo sur como el loncomeo hasta el huayno de nuestra frontera norte (Jujuy), incluyendo zambas, chacareras, chamamé y chaya riojana.» Más allá de este show, que es sin dudas el que más se acerca a una propuesta de folclore, aunque sin llegar a serlo en plenitud, el turista no tiene otra cosa para ver aunque recorra de punta a punta la Ciudad de Buenos Aires.
En uno de los pasillo de La Rural, charlando con el presidente de la FIT y de la AAAVYT, Ricardo Roza, supimos que para él «hay, sin duda, una falta de promoción de nuestro folclore en el exterior, sobre todo de nuestras danzas folclóricas. la criolla en todo su esplendor: la zamba, la chacarera, el malambo, el pericón. Todavía no aparecieron coreógrafos ni empresarios que se animen a adaptar el género a lo que el público internacional demanda y consume. El día que alguien se decida, no tengo dudas de que va a ser un suceso», resume Roza.
Algo similar opina el escritor Pacho O'Donnell, ex secretario de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires y de la Nación: «Hay peñas, pero no están promocionadas para turistas. Y si hablamos de promoción, el folclore tampoco ha tenido la difusión que se merece en el plano internacional. Mientras no exista una acción promocional seria en el exterior el folclore seguirá pasando inadvertido. Lo que hay actualmente son hechos aislados, algunos cantantes que viajan, como Mercedes Sosa, pero se necesita continuidad, como sucede con el tango. Puedo augurarle al chamamé una buena carrera en el exterior, lo mismo que a la cumbia, que tiene magníficas expresiones autóctonas», sintetiza el dramaturgo. que el próximo lunes estrenará «Pasiones» (Teatro Broadway), un espectáculo musical con autoría suya y de Antonio Tarragó Ros.
Corría el año 1995 cuando Esteban López, alias «El Colo», transformó su PH de Salguero y Figueroa Alcorta en la primera peña para guitarrear, inspirada en la mítica Casona del Molino de Salta.
«Me decían que no era una buena idea, que me iba a fundir, pero desde que abrimos se generó un fenómeno increíble. Todas las noches se llenaba de gente que terminaba cantando hasta la madrugada», cuenta el fundador de La Peña del Colorado.
«Cuando abrimos sólo existían Sonckoy Carabajal y Trocha An- gosta, pero nosotros logramos convocar a una gran cantidad de jóvenes que no eran del palo y se entusiasmaron con una propuesta distinta.»
Una raigal experiencia
Asistir a una peña es hacer un programa diferente, por la gente, por el entorno, por el color. Se respira folclore y se vivencian sensaciones similares a las de cualquier bar o pub del interior del país. En las peñas se sirven los verdaderos manjares de la cocina criolla: empanadas salteñas, ñoquis de mandioca, guiso de lentejas, puchero, locro, carbonada, humita, tamales, asado, cordero patagónico en «cazuelas» de pan casero. A decir verdad, las propuestas en gastronomía y shows son tantas como cantidad de locales hay en cualquier barrio porteño.
Por los escenarios desfilan desde figuras consagradas de la música nacional hasta aquellos jóvenes que van camino de serlo y los «improvisados», que llevan su guitarra o toman una prestada de la peña de turno. Después del espectáculo, las noches se prolongan en rondas de guitarras, juegos y en algunas también se baila. La peña es una permanente invitación al encuentro, es un lugar que fusiona lo más representativo de nuestras provincias con el espíritu porteño. Todas ofrecen folclore, e incluso algunas innovan con tango, jazz o canción ciudadana, pero sin perder las raíces.
«El grueso de la gente que asiste a estos lugares son jóvenes del interior y estudiantes universitarios, pero es común ver a personas que nada tienen que ver con el ambiente y a extranjeros que se sorprenden con la movida», sentencia Esteban López, en La Peña del Colorado.
Liliana Ramírez es dueña de Punta Tacuara, una de las peñas más reconocidas de la Ciudad de Buenos Aires (La Paila y Los Cardones son otras alternativas), pero además es una referente en el ambiente.
«Recuerdo las noches en Sonckoy Carabajal, cuna de Los Nocheros cuando recién se integraba Jorge Rojas. Era habitual ver a grandes artistas como Los Alonsitos, Los Tekis, los Tucu Tucu, los Cuatro de Córdoba o Los Fronterizos.» El local era de Cuti y Roberto Carabajal. «Roberto en muchas ocasiones la prestó la guitarra a Mario Teruel, de Los Nocheros, para que pudieran tocar.» Ramírez dice que «hoy no existe la movida de aquellos tiempos, los cantantes son de absoluta menor calidad, y ofrecen un repertorio mediocre, porque nunca han escuchado a los maestros. Hoy todo el mundo escribe y compone. Un tipo cualquiera paga 20 mil pesos en Cadena 3 (emisora radial cordobesa), el tema se escucha un mes y muere ahí. Pero todo esto va a seguir sucediendo mientras haya gente como Mario Pereyra (director artístico de Cadena 3) que como ha perdido a los grandes sellos discográficos multinacionales como EMI, SONY o Universal, (Soledad, Los Nocheros, el Chaqueño Palavecino o Jorge Rojas) se queda con cualquiera que ponga unos pesos, sin tener en cuenta la calidad de los artistas y priorizando siempre lo económico».
Tango vs. folclore
«Pero volviendo al tema que nos convoca», acota Ramírez. «El tango es un boom porque tiene mil veces más difusión en el mundo que una zamba, un chamamé o una chacarera. Y las casas de tango que tienen un número de folclore lo hacen al estilo for export. Así no sirve, no es el auténtico folclore. Sólo La Estancia tiene un show acorde con las tradiciones folklóricas, con el Ballet Salta y un chico que toca el acordeón muy bien. El resto no tiene nada», acota Liliana, que cobra una entrada de 20 pesos los días viernes para ingresar a Punta Tacuara. «Los sábados sale 25 pesos, porque siempre hay una figura», acota.
«Los extranjeros no se quedan atrás, cada vez vienen más. Es cómico ver a los brasileños bailar a su estilo, como si fuera su música, pero al ritmo de una chacarera», cuenta Ramírez. Punta Tacuara tiene tres números estables: Jorge Gordillo, Espíritu Folklore y Patricio Casas. A diferencia de otras peñas, Ramírez confiesa que la suya «convoca a personas mayores de 30 años, en su gran mayoría».
Las agujas del reloj marcan las 23.30 en la Peña del Colorado. Pedro Mora está tocando la guitarra en una mesa junto a sus amigos. Es uruguayo, vive en Buenos Aires desde hace dos años pero frecuenta cada quince días la ciudad de Santiago del Estero («por ley», acota), para visitar a la familia de su novia. «Para escuchar folclore en Buenos Aires se tienen opciones, sólo que a pocos les interesa difundirlas. Prefieren un público cautivo, reducido, y aparte no es fácil captar nuevo adeptos al género, como sí sucede por ejemplo con el pop o con el rock», opina, y continúa: «Para estar cerca del verdadero folclore hay que ir al interior, donde se respira folclore, donde las radios le dan espacio, donde los medios se suman a la movida. Por eso, el extranjero que pasa por Buenos Aires, pero viaja al interior, tiene la posibilidad de ver todo ese movimiento desde sus raíces».
Pedro es -de alguna manera- la palabra oficial de la mayoría de los jóvenes que asisten a las tantas peñas que conforman el circuito folclórico porteño. «Al tango para mi gusto lo han desvirtuado, de tal manera que los entendidos ya no asisten a las grandes casas que ofrecen dinner shows. Prefieren las milongas o las viejas tanguerías», sintetiza Mora. Casi sin respirar prueba un tamal que parece frío, toma un trago de vino tinto «de la casa», y se pierde entre zambas y chacareras. Pero de pronto interrumpe y pregunta: «¿Usted imagina a un turista desorientado porque no sabe dónde escuchar folclore en Jujuy, Salta, Mendoza, Córdoba o Santiago del Estero?, imposible, porque tendría la oportunidad de ver a los cantantes más reconocidos y a los que no lo son. Incluso hay miles de espectáculos callejeros, de artistas que no tienen CDS ni difusión en ningún medio de comunicación».
Con un toque de sarcasmo, de ironía prospectiva, algunos de los presentes de aquella primera reunión impulsora, dijo.


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