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''Eterna, silenciosa, hermosa y solitaria''

Ha pasado el tiempo y ahora Petra es uno de los lugares más visitados de todo Medio Oriente, pero sigue despertando casi la misma emoción que cuando Burgon escribió su poema. En poco más de 20 años ha sido declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO, ha servido de escenario de películas de éxito -la última, por el momento, aventura de «Indiana Jones» fue la mejor promoción posible- y sobre ella se han escrito decenas de guías turísticas. Poco antes del
espaldarazo de la UNESCO y de Hollywood, Petra era un lugar relativamente poco conocido, en el que los beduinos de la zona seguían viviendo como en tiempo inmemorial, y por donde se podía vagar durante días sin apenas cruzarse con otros visitantes. Los beduinos invitaban a los viajeros a comer en sus tiendas, a compartir su vida. Pocas emociones había comparables a la de amanecer allí mismo.
Los inmensos beneficios obtenidos por el control de semejante tráfico llevó a la construcción de una gran ciudad en medio de las montañas del desierto. Construir es una palabra que define a medias a Petra, ya que, además de una serie de edificios más o menos convencionales y las viviendas de sus habitantes, que han desaparecido, los nabateos tallaron en la roca viva, en los precipicios de las montañas, grandes templos y los sepulcros de sus élites. Son esos monumentos los que han llegado hasta nosotros y hacen que esa ciudad transmita esa inmensa sensación de irrealidad.
Ese fue el camino que siguió el explorador suizo Johann Burckhardt en 1982, primer europeo que pudo entrar en Petra. Durante años Burckhardt se preparó a conciencia para el viaje, aprendió las lenguas locales y las costumbres de sus habitantes y se vistió como ellos. Así, poniendo en riesgo su vida, disfrazado de peregrino, accedió a la zona con la excusa de elevar un sacrificio en el templo de Aaron en la cima de Yebel Harun.
Aunque el recorrido por Petra empieza con uno de sus platos fuertes, el resto de la visita consigue mantenerse a la altura de las expectativas. La garganta transversal en la que se encuentra el Tesoro se ensancha progresivamente y se abre hacia el valle central. Allí se hallan los restos de la época romana: calzadas, mansiones con mosaicos y un teatro de acústica perfecta. Sin embargo, esto último casi pasa inadvertido ante la visión de las tumbas y los palacios esculpidos en las montañas del desierto. En la barrera montañosa oriental, al norte del Siq, se excavaron los monumentos clásicos más grandes, como el Palacio, la Tumba Corinta y la Urna. Hacia el Oeste se eleva Yebel ed Deir, la montaña del Monasterio, y cerca de su cumbre se encuentra el monumento que le da nombre.
A unos 13 kilómetros de distancia se encuentra Al-Beidha. Es una antigua ciudad conocida como la Pequeña Petra. No se la puede comparar en valor, pero la soledad de este enclave, cerrado por dos desfiladeros estrechísimos, proporciona todavía una incomparable sensación de descubrimiento. Casi la de ser el primer explorador que encuentra una ciudad perdida.

