31 de octubre 2005 - 00:00

García Sáenz: el pincel de la vigilia

En la intimidad de la pequeña sala, las pinturas ostentan un color preponderante: el ocre. En ese murmullo de ocres la irrupción de los tonos intensos se convierte en un acontecimiento especial.
En la intimidad de la pequeña sala, las pinturas ostentan un color preponderante: el ocre. En ese murmullo de ocres la irrupción de los tonos intensos se convierte en un acontecimiento especial.
Escribe Gabriela Zampini
No puedo hablar de esta exposición de otro modo que no sea en la primera persona del singular. Algo me dice que traicionaría la solicitud genuina de esta propuesta, si generalizo o me detengo en otra cosa que no sea mi encuentro personal con la obra de García Sáenz que, justamente, nos pide que sepamos sostener, en todos los órdenes de nuestra vida, la responsabilidad intransferible ante el otro.
Antes de salir a ver la muestra llamé a García Sáenz, para preguntarle a qué hora se podía ir a la Papelera. No conocía entonces el espesor de la propuesta, que reúne un libro poblado de imágenes y salmos, pinturas y una instalación. Santiago me dijo que podía visitar la muestra esa tarde, pero inmediatamente deslizó: «Está lloviendo». Sentí que pensaba en mí. Luego agregó: «Vas a ver qué lindo es el lugar», intentando compensar de algún modo la inclemencia del tiempo. Me preguntó si necesitaba información y coronó el diálogo desbaratando cualquier dificultad para mi tarea: «En la muestra está todo muy claro, ya vas a ver».
Frente a sus obras se entiende el mensaje. El artista nos recuerda que estamos vinculados a otros, que ese vínculo es sagrado y que no podemos desoírlo, olvidar o «matar» a nuestro prójimo sin «matarnos» a nosotros mismos. Con su «No matarás», García Sáenz vela para que no olvidemos la desgracia ajena, o sea: nuestra propia desgracia. Pero ¿cómo vela? Pintando con amor y compartiendo su fe que, como la luz y el color de sus cuadros, no tiene necesidad de ser demostrada y aspira, nada más ni nada menos, que a ser vivencia espontánea y compartida.
La Papelera es «un lindo lugar», tal como me confió el entrañable pintor, y resulta inmejorable marco de la muestra. La transparencia de sus muchas ventanas invita a mirar «más allá», igual que los cuadros. La galería tienta a salir para apreciar las también transparentes telas que cuelgan en el patio. El artista pintó reiteradamente la imagen de Jesús sentado, con el gesto de quien piensa o, mejor aún, de quien nos piensa. La visión es muy sugerente, la superposición traslúcida deja imaginar una lección de trascendencia: época tras época, siglo tras siglo, esa misma amorosa presencia.
Adentro, en la intimidad de la pequeña sala, las pinturas ostentan un color preponderante: el ocre. En ese murmullo de ocres la irrupción de los tonos intensos se convierte en un acontecimiento especial. Y las figuras son blandas, expresan la extraña inocencia del pintor «de pampas, selvas, apariciones y milagros». Y si las figuras son blandas, es porque hablan de un Cristo tantas veces martirizado. García Sáenz se vuelve así responsable de un escándalo para el entendimiento: la muerte parece irreal en sus lienzos.
El padre Hugo Mujica dijo alguna vez que «no hay un dios, tampoco dioses (sino) vidas en las que Dios se abre espacio, se muestra». Tal vez por esta razón no quería irme de la Papelera, quería quedarme cerca de algo subyugante que quiero compartir.

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