Este debate se plantea en términos globales y particulares, en tendencias generales y estudios de caso. Estudiar el turismo cultural en términos de consumo es insuficiente. Produce, además, cierto desasosiego porque, en realidad, la experiencia turística individual es riquísima y excede por completo los planteamientos tradicionales. La incorporación de antropólogos, historiadores del arte, sociólogos y directores de agencias de viajes especializadas servirá para sacar a la luz cuestiones fundamentales.
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Hay en la experiencia turística una epifanía que es sagrada, como en el enamoramiento. Y a menudo, ni los políticos ni los gestores la perciben. El viaje es, en sí mismo, conocimiento, estímulo y articulación de felicidad. El turista cultural es un ser construido, un artífice generoso. A menudo pienso que valdría la pena que alguien escribiera un libro que se llamara «De lo espiritual en el turismo». Quizás aprenderíamos a partir de las ideas allí expuestas algo esencial de lo que se escapa en los análisis en curso.
Las experiencias de ciudades como Florencia o Venecia nos sirven para estudiar algunos de los problemas. Pero no todos. Veamos: las ciudades turísticas europeas basan su capacidad de atractivo en la posesión del patrimonio arquitectónico y artístico que consideran imperecedero. La jerarquización, la importancia relativa de estos recursos, está ampliamente compartida entre los ciudadanos, los políticos, los gestores y los turistas.
Necesitamos poner orden y comunicar tanto en el interior como en el exterior nuestros objetivos: los identificativos, los relativos a innovación o a desarrollo y, también, rescatar del olvido las aportaciones interesantes del pasado inmediato. Un país turístico necesita una sección especializada en los medios de comunicación.
Escribe Dolors Vidal Especialista en turismo cultural y profesora de la Universitat de Girona. Nota aparecida en «La Vanguardia» de España.
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