11 de enero 2007 - 00:00

La historia completa de la Triple A

Si hubo historias sórdidas, siniestras, en la Argentina de los últimos 40 años, la de la Triple A o las Tres A encabeza la lista con holgura. O, en todo caso, participa de otras con la misma fiebre demencial: todas signadas por la matriz de la violencia, con la santidad del ser superior que a sus integrantes les permitía matar sin culpa y, en ocasiones, sin discriminar. Fue, además, esa estructura criminal -amparada en la lucha contra el «comunismo apátrida» (encarnado en las también violentas organizaciones de izquierda)-, un desprendimiento del propio Estado, el que alimentó y utilizó a esos grupos como atajo para enfrentar a la subversión ante la incapacidad (o falta de celeridad de sus medios regulares). Insólito recurso, aunque común a otros procesos en el mundo, que todavía debate si su estado de vida es la guerra o la paz.

Hoy, desde la Justicia argentina y con alguna falta de información desde ciertos medios periodísticos, se trata de explicar el origen y desarrollo de la Triple A, su acción y sus consecuencias. También su condena y su castigo. Para los argentinos no hay misterios: las Tres A eran los «Ford Falcon verdes» y respondían, guste o no, a la instrucción original de Juan Perón, ese hombre «descarnado» que volvió al país desde una violencia (los Montoneros) y que imaginaba instalarse en el poder combatiendo con otra violencia. Para un militar, cuestiones de poder, comprensibles; para un ciudadano común, democrático, un proceso inexplicable. Les costaba entender antes, les cuesta entender ahora. Parece curioso que sea ahora una administración peronista la que hoy revuelva esa etapa, aunque ciertamente a través de los trámites judiciales parece observarse aún la confrontación entre una y otra violencia, sobre las que penduló Perón.

Lo que sigue ahora -exhaustivo trabajo del periodista Juan Bautista Yofre-, en rigor ofrece un pantallazo sobre ese ciclo, guardando para el futuro quizá precisiones que las limitaciones de un diario no pueden brindar. Está claro que, además de las directivas de Juan Perón, a través de su preferido instrumento -José López Rega, quien también fue ministro de Héctor Cámpora (en un mismo lodo todos revolcados)-, la organización Triple A cometió una lista interminable de asesinatos, algunos de dudosa explicación, si es que los otros la tienen, salvo por la exposición mediática de sus víctimas (o lo que se decía en la calle de ellas, como el caso de Silvio Frondizi o el cura Carlos Mujica). Bajo la protección del Estado, entonces, operaron militares, policías, sindicalistas, periodistas, militantes, gente común inflamada de odio y temerosa de que se le alteraran ciertos valores, confrontando con otros descabellados que también se habían dejado subvertir por la rabia y el espíritu soreliano de que la felicidad se alcanzaba suprimiendo a otro ser humano, en ocasiones también en forma indiscriminada. La singularidad es que muchos de ellos, en cierto lugar, habían sido amigos, compañeros.

Las Tres A no fueron la única estructura de la derecha, por utilizar una definición de la época, que operó desde la violencia. Hubo otras, también para o filomilitares. En estas dos entregas, a completarse mañana, se repasa ese oprobio. Como siempre, no alcanzan las palabras.

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