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La reparación de instrumentos de música exige una sólida formación

Los trabajos que realiza un luthier especializado en la familia de instrumentos de viento se reparten entre la reparación de saxofones y clarinetes modernos o accidentados y la restauración de los antiguos. Estos últimos demandan «mucho tiempo porque hay que reconstruir partes faltantes», asegura Alejandro González, músico profesional desde hace treinta años que integra la banda sinfónica del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y uno de los pocos argentinos que reparan instrumentos de viento. En su momento, debido a que en el país esta actividad tenía un escaso desarrollo, González se tuvo que ir a estudiar al exterior con un maestro norteamericano y otro francés. «En 1989, cuando empecé a trabajar para el público, había círculos herméticamente cerrados; nadie contaba nada a nadie y por eso yo salí a buscar conocimientos afuera» dice el músico.
Para restaurar y afinar instrumentos de viento, además de «ser músico, con lo cual el individuo ya tiene ganada la mitad del terreno», hace falta manejar nociones elementales de disciplinas tan heterogéneas como la relojería, la tornería o la soldadura que, según González, sirven para resolver con profesionalismo los principales problemas que sufren los saxos o clarinetes: el desgaste natural de las piezas; los problemas de fábrica, la afinación y los accidentes. «Si bien en las plantas industriales de producción masiva hay mucho trabajo artesanal, es sorprendente la cantidad de operaciones manuales que se realizan en cada instrumento. Y como los defectos son proporcionales a la cantidad de manos que intervienen, con los instrumentos ocurren las mismas cosas que pasan en cualquier fábrica donde hay seres humanos. Por ejemplo: en las fábricas de Francia, los viernes después de las 14 comienza el período de franco, y como los operarios se apuran por salir en horario, los instrumentos no se terminan con la calidad ideal. Entonces ellos en la fábrica le venden el instrumento al músico y cuentan con que el luthier le va a dar los toques finales», explica González.
Puntualmente, el luthier de instrumentos de viento se ocupa tanto de realizar un service completo a fin de eliminar ruidos anormales, deformaciones, retardos, resortes viejos o rotos, y corregir la mala nivelación de zapatillas, como de efectuarle una rectificación de ejes o de aplicarle un tratamiento especial de limpieza e impermeabilización de zapatillas para prolongar su vida y optimizar la ejecución del instrumento. Y también de adosarle aditamentos o modificaciones especiales para mejorar la comodidad de la posición de la mano y por consiguiente la digitación veloz; o de modificar la regulación mecánica en las barras de combinación de la mano derecha y la mano izquierda.
La afinación de un instrumento de viento también es una tarea bastante delicada porque se efectúa en función de los agujeros que posea el saxo o el clarinete y de los factores físicos y acústicos. Otro problema bastante frecuente que se presenta son los accidentes, y en este sentido González asegura que «si fuera por los clientes uno no podría dormir nunca, porque te llaman a cualquier hora. Es un tema que hay que aprender a manejar porque el músico cuando tiene algún inconveniente con su instrumento se pone muy ansioso. Quizá no sean conscientes de la cantidad de instrumentos accidentados que hay y casi siempre por descuidos. Por eso cuando no se usan es recomendable secarlos y guardarlos en un estuche para que no se llenen de tierra o no se caigan en los escenarios, un incidente que ocurre con mucha asiduidad».
De las herramientas que se utilizan para afinar y restaurar instrumentos de viento, hay muchas que se crean específicamente para cada trabajo. Así como el tipo de agujero que tiene el instrumento determina la clase de fresa que se va a utilizar, los destornilladores se adaptan para cada aplicación, se recurre a soportes para trabajar con las manos libres, se suelda mucho con plata o con estaño y como también se tornea bastante, se suele recurrir a un torno grande de dos metros de largo y un torno chico de relojero.
Reparar un saxofón con un estado de desgaste normal se cobra entre $ 400 y $ 500. Esta operación supone el cambio de todas las partes blandas del instrumento y de la zapatilla, compuesta por válvulas, que sufre la erosión luego de cuatro o cinco años de uso intensivo. En cambio, la reparación de un clarinete se cobra entre $ 250 y $ 300, aunque piezas como el picollo o el bajo son muy complicadas para reparar y entonces la intervención puede llegar a costar hasta $ 700.
«Yo voy a armar una escuela de luthería cuando sea un poco más viejo. No me voy a morir y llevarme los conocimientos a la tumba. Pero si alguien se quisiera dedicar a esta actividad en serio, además de ser músico y de tener una vocación técnica, lo primero que tiene que hacer es aprender inglés», indica González. «Se trata de algo básico, porque de lo contrario estás desconectado del resto del mundo e imposibilitado para poder ir a las fuentes. Y ni que hablar de la importancia del francés si se va a estudiar a Francia.»
PIANOS
La gran mayoría de los pianos que hay en el país fue importada antes de la Segunda Guerra Mundial, en el período que transcurrió entre 1920 y 1940. Una época en la que «la mayoría de las familias que no tenía apuros económicos disponía de un piano porque podía comprarlo más fácilmente que ahora», dice Gustavo Barry, propietario de Breyer, la casa más antigua dedicada en el país a la venta de este instrumento, con más de cien años en el mercado.
Sin embargo, la necesidad de lustre, afinación o restauración en los pianos no ha mermado, y lo primero que hace un especialista cuando un piano entra al taller es quitar la «máquina», que es desarmada completamente para su revisación. Esta operación implica rectificar los fieltros, cambiar los cucinetes, los cinturines, las resorteras de martillos, los botones de escape, el grafitado, los paños de atrape, los ejes, el buñido y los apagadores.
De esta manera cada martillo es revisado tratando siempre de mantener las piezas del instrumento en su concepción original. En muchos casos, los pianos conservan su teclado de marfil, pero en aquellos en que no es posible mantenerlo se lo reemplaza por uno nuevo de acrílico importado. Cualquiera sea el caso, en los teclados se cambian las mortesas y se calibran o eliminan juegos. La reparación integral de un piano de cola se cotiza entre $ 7.000 y $ 8.000.
«Así como hay instrumentos de autor, también hay afinaciones de autor», es la convicción de Ariel Salvador Faraldo, uno de los luthiers más prestigiosos del país, con décadas construyendo, restaurando y afinando pianos y violines. «Para afinar un piano», tarea por la que se cobra entre $ 100 y $ 200, «se necesitan muchos años de práctica, porque el trabajo de brazo y antebrazo que es necesario para no barretear las clavijas y en cambio poder asentarlas y dejar la afinación fija requiere de mucho tiempo de entrenamiento, al igual que la repartición del sonido».
«En Estado Unidos si el luthier no tiene oscilógrafo -un aparato que da la nota donde el especialista en lugar de afinar, copia- no lo dejan hacer su tarea. Y yo puedo asegurar que un afinador que trabaja sin oscilógrafo, cuando hace un acorde y lo ejecuta a conciencia y con gusto, el fruto de su trabajo es equivalente a interpretar una obra, porque deja impresa en esta acción su propia personalidad», asegura Faraldo. Otra de las operaciones de puesta a punto que se realizan en los pianos es el lustre, instancia donde generalmente se hace necesaria la realización de algún trabajo de carpintería, como por ejemplo el enchapado de alguna parte deteriorada. Con tal objetivo en primer lugar se quita el lustre viejo. Se trata de una labor que se puede realizar de dos maneras diferentes: usando un elemento denominado rasqueta o lavando el piano con productos químicos especiales.
La elección entre uno u otro procedimiento está determinada por el color con que se haya decidido lustrar el piano. Para mantener el color original se apela a la rasqueta. En cambio, cuando se desea alterarlo se utiliza un removedor de pintura.
La madera de cada piano se la puede lustrar en forma natural o darle un color determinado a pedido del cliente y laquearla de blanco, rosa, negro o cualquier otro color. Una vez terminado el lustre, se pule la superficie total del piano buscando imprimirle un brillo inalterable.
CUERDAS
Dentro de la familia de los instrumentos de cuerda, quizás el más popular sea la guitarra. Según cuenta Santiago Ferreira, un luthier con 50 años en el oficio que atiende en Antigua Casa Núñez, fundada en 1870, «los trabajos más complicados son los de roturas, rajaduras o el cambio de la madera y su correspondiente lustrado. Mientras que los más sencillos son los de calibración, ajuste y afinación».
En la etapa de fabricación de una guitarra es muy importante la elección de la madera que se utilizará para construir el mástil. Para ello se evalúa el nivel de torsión y sus movimientos porque las condiciones climáticas lo afectan directamente. Pero como una madera rígida no ayuda en el sonido final, los fabricantes crearon el alma, que es una especie de guía que mantiene la estabilidad ejerciendo presión interna contraria a las fuerzas de torsión y movimientos naturales de la madera. El 90 por ciento de las guitarras fabricadas en serie está hecho en arce duro. Su color es claro, muy resistente a torceduras y con gran influencia en el tono final del instrumento. Es una madera ideal para músicos de blues, pop o estilos donde predomina el sonido limpio o poco saturado.
El palisandro es una madera muy estable, de un peso similar al arce, y se utiliza generalmente la que proviene de India. Es muy usada para los diapasones porque puede dejarse al aire libre sin ningún tratamiento y como ofrece un sonido compacto es más usada para el rock, heavy y trash.
La madera de caoba en cambio es de un color rojizo oscuro, su peso es considerablemente más liviano que el del arce y arroja un sonido más orientado a los graves. Se la utiliza para construir cuerpos y mástiles, aunque también se fabrican con ella diapasones de gran porosidad. Es una madera que se consigue generalmente en Africa aunque la de mejor calidad procede de América Central.
Otra de las especies de madera que se utilizan es el wenge, en este caso preferentemente para fabricar los bajos modernos, que no sólo son usados para ejecutar las clásicas bases sino que también se aplican en las técnicas más variadas. Esta especie de color oscuro y en algunos casos prácticamente negra procede de Africa Central.
Mientras que la bubinga es una madera muy resistente apta para los mástiles finos por su bajo nivel de torsión y movimiento; y el ébano, de altísima dureza y muy suave al tacto, se reserva casi con exclusividad para diapasones de guitarras onerosas ya que es una madera difícil de trabajar y de un valor muy elevado.
CUERPO
Para seleccionar la clase de madera adecuada para confeccionar el cuerpo de una guitarra, se analiza su dureza con el objeto de determinar si podrá resistir la tensión ejercida por las cuerdas en el puente y palanca; y también se considera el peso final del instrumento y el equilibrio logrado en relación con el mástil elegido.
A tal efecto, el aliso es una madera procedente de Europa muy usada por su bajo peso y buenas cualidades tímbricas, ya que brinda un tono muy equilibrado. Por el contrario, el fresno es una madera de gran peso que afecta el tono en las frecuencias medias altas, ofrece mucho brillo y es una de las más utilizadas para los enchapados estéticos y equilibradores de peso. Se la consigue en Estados Unidos y Japón, y fue muy usada para las Fender de los años ’0. Pero como su disponibilidad es muy escasa, su precio se ha elevado mucho.
La tercera especie de madera que se utiliza para confeccionar los cuerpos de las guitarras es el tilo americano, conocida por su excelente relación tonal y su bajísimo peso, que proviene de Estados Unidos.
«El oficio se aprende en la práctica. Incluso yo sigo aprendiendo», confiesa Ferreira. «Hay cositas que tiene la guitarra que uno ni se imagina. Pero es gratificante, porque esto hace que uno se interese y tenga ganas de buscar como un médico, que encuentra en cada paciente un síntoma distinto. Es más: muchas veces el problema se identifica por eliminación, porque de entrada no se lo ubica.»
VIOLINES
Uno de los instrumentos distinguidos que pertenecen a la familia de las cuerdas es el violín. Este es llevado al taller por un público que va desde estudiantes hasta músicos profesionales del Teatro Colón u orquestas que provienen del exterior, para lo cual se utilizan prensas de diverso tamaño para encolar, cuchillas, cepillos, patrón rectificado, barnices, almeros y medidores de alma que verifican su ubicación correcta.
«El tema de la restauración implica mucha inteligencia», advierte Faraldo. «La persona que se dedique a esta actividad tiene que tener mucha creatividad, porque cada rotura es un planteo totalmente distinto. Hay que buscar las analogías de los materiales, conocer la naturaleza de la madera, porque ésta tiene años primaverales y otoñales y también tiene fibras, que forman parte de la conducción sonora y que en definitiva son las que hilvanan todos esos años», dice poéticamente.
Por ejemplo, los puentes de un violín se pueden hacer con un charrió y una lija, o «asentando sus patas con cuchilla». Con el primer método el luthier «se aproxima mucho, pero el resultado nunca es óptimo y el efecto que se consigue es contradictorio, porque al pasarse la lija se despeluza toda la fibra. Y justamente, la presencia de pelos o el mal pulido en los instrumentos es catastrófico: todos los pelos que se dejan sin pulir actúan de apagador absorbiendo la sonoridad. Entonces el estímulo que el músico envía a la cuerda no se hace efectivo sobre la tapa y los conductores de sonido, que en rigor son el alma, el fondo y la faja, y que asumen un papel preponderante para producir la sonoridad», explica Faraldo desde el taller I Violini.
Según el experimentado luthier, en la disciplina hay dos grandes escuelas que al día de hoy continúan en tensión. Por un lado, están los luthiers «plantilleros, que son muy buenos ebanistas y capaces de hacer una buena obra porque son artesanos y trabajan muy bien la madera. Pero desconocen los cánones de la física del instrumento. Entonces construyen un instrumento bello pero incompleto, sencillamente porque no se puede desconocer que para fabricarlo toda longitud se compone de 9 nudos y de 8 vientres. El instrumento tiene que sonar como una cuerda, y por eso uno debe buscar todos los armónicos artificiales y los naturales. Y en base a ello se establece dónde se colocan los tacos, para no interceder. Porque cuando este procedimiento no se basa en la física, el sonido puede apagarse y las vibraciones hay que dejarlas libres. Y cuando se hace en forma caprichosa o porque se saca de un libro teórico, se puede desvirtuar la pureza de la forma», dice Faraldo apasionado.
Un violín nuevo de autor puede partir de un piso de $ 2.500 y trepar al millón de dólares que cuesta un Stradivarius. Este valor se determina en función de la calidad de la madera que se utilice y por la mano de obra del autor que lo hubo fabricado. El instrumento se confecciona en madera de abeto y arce, y a pedido de algunos músicos, es sometido a un proceso de antiquización: una técnica aplicada al violín para que adquiera un aspecto viejo y distinguido.
La restauración completa de este instrumento se puede cobrar $ 1.500. El proceso total del trabajo implica la retiración de la tapa, la reparación de todas sus rajaduras y la puesta a punto del puente, las cejillas y las clavijas. En trabajos más modestos como la confección de un puente la mano de obra se cotiza en $ 25 o $ 40 para la realización de una cejilla.
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