20 de marzo 2008 - 00:00

La resurrección de Von Karajan

Herbert von Karajan fue, además de un extraordinario director de orquesta, una figura del jet set a la que le gustaba conducir su Porsche a 280 y navegar en su barco de vela.
Herbert von Karajan fue, además de un extraordinario director de orquesta, una figura del jet set a la que le gustaba conducir su Porsche a 280 y navegar en su barco de vela.
Escribe Rubén Amón de «El Mundo Viajes» de España

La tumba de Karajan decepciona a quienes esperan encontrar un mausoleo de mármol o un monumento grandilocuente de bronce. Es una modesta fosa recubierta de tierra y de flores que apenas llama la atención entre los finados del cementerio misterioso de Anif (afueras de Salzburgo). Misterioso porque la oscuridad de la iglesia y el aspecto inquietante del campanario recuerdan la atmósfera nebulosa de un cuento de Henry James, aunque Herbert von Karajan (1908-1989) no le tenía miedo a la muerte ni creía particularmente en los fantasmas de ultratumba.
Le gustaba, al contrario, bromear con su propio entierro. Empezando por las negociaciones con los distintos propietarios de las funerarias austríacas. Uno le pedía cantidades exorbitantes para hacer el cenotafio. Otro era menos desmedido en la factura de la lápida, pero cobraba demasiado caro el ataúd. Karajan buscaba una solución espartana. No por tacañería ni por modestia. Sino por una convicción que él mismo deslizaba a sus amigos en los chistes de la intimidad: «Total, para tres días...». Era el plazo ortodoxo de la resurrección. ¿No era acaso el maestro una encarnación apolínea del foso y de la tarima? ¿Cómo iba a pudrirse Karajan entre los crisantemos, la tierra oscura y los gusanos voraces?
De hecho, el centenario de su nacimiento se ha convertido en una
razón y en una excusa para resucitarlo
. Quizá porque ningún colega de profesión -¿Riccardo Muti?- ha conseguido ocupar su puesto en estos casi 19 años de ausencia. O quizá porque la redondez del centenario es una manera recurrente de reactivar el negocio discográfico e industrial que Karajan había convertido en una marca de calidad y consumo. Aunque la celebración del siglo también permite rastrear su huella en Centroeuropa, reconocer su ejecutoria y visitar los lugares donde hizo historia. No sólo por razones de fetichismo ni de mitomanía. También porque Hebert von Karajan no hizo sino perseverar en la Salzburgo de Mozart, en la Berlín de las maravillas y en la Viena de la contradicción.

SALZBURGO

La casa natal del maestro no tiene pérdida. Se encuentra a la orilla del Salzach y enfrente del Hotel Sacher. Un monumento la identifica con modestia. Y una placa resume la noticia del natalicio. Hebert von Karajan vino al mundo el 5 de abril de 1908. Era el hijo de un reputado cirujano. Reputado y adinerado: la primera orquesta que tuvo a disposición la criatura la reunió y la pagó el progenitor.
¿Merece la pena detenerse en Salzburgo? La pregunta sólo admite una respuesta afirmativa. No sólo porque podemos contemplar la ciudad austríaca igual que si fuéramos los tatarabuelos de Karajan. También porque la personalidad de este enclave pintoresco se ha forjado en la contradicción.
Salzburgo es culta y es provinciana, hermosa y misteriosa, católica y esotérica, frívola y enigmática. Aquí nacieron los vástagos angelicales de la familia Trapp, pero también se encuentra, a efectos compensatorios, la tumba de Paracelso y el odio del escritor Thomas Bernhard, cuyos problemas pulmonares le impidieron ser cantante de ópera.

VIENA

La muerte de Karajan tuvo como inmediato remedio la dedicatoria de la plaza aledaña a la Opera de Viena. Era una manera de reconocer el vínculo con la capital austríaca y con el teatro mismo, puesto que el niño prodigio de Salzburgo compaginó su debut precoz en la Staats Oper (¡1937!) con el cargo de director musical plenipotenciario (1957-1965).
Sucedía en el puesto a Karl Böhm. También expiaba un breve período de castigo político. Y es que algunos documentos dados a conocer en la posguerra probaban la adhesión de Karajan al Partido Nacional Socialista. Las viejas simpatías lo alejaron de la Filarmónica de Viena, aunque Karajan tendría tiempo de reconciliarse y de volverse a enojar. Exigía unas condiciones de trabajo, de horarios y entrega que los maestros de la orquesta no estaban dispuestos a tolerar. Bien porque el divo exageraba en su idolatría o bien porque los filarmónicos se habían garantizado con los años un estatus principesco del que todavía hoy les cuesta renegar.

BERLIN

No es difícil encontrar biografías de emergencia que convierten a Karajan en berlinés, un error mayúsculo, pero puede juzgarse con indulgencia, porque el director austríaco permaneció 34 años al frente de la Filarmónica de Berlín e hizo de la orquesta el instrumento de perfección que siempre había soñado. Cuestión de trabajo, de disciplina, de autoridad. Karajan buscaba un sonido homogéneo, apolíneo, redondo. De hecho, su forma de concebir la experiencia musical llegó a conocerse como el sonido Karajan. Menos teatral que el de FurtwTMngler, su predecesor en la cátedra berlinesa, pero más versátil, pulido y elaborado para los oídos afinados.
La comunión con sus músicos, no exenta de algunas controversias históricas -el maestro trató de imponer a una clarinetista de su agrado... físico-, requería de un templo a la altura de la misión. Así que Karajan promovió la construcción de la Philarmonie, sobrenombre de un auditorio cálido y prodigioso que merece visitarse en 2008 para comprender la huella del karajanismo y reconocer los símbolos de su fértil herencia.

SUIZA

A Karajan le gustaba conducir su Porsche a 280 y navegar en su barco de vela. Estudiaba como un animal y comía frugalmente y no era alérgico a las tentaciones materialistas. Acostumbraba a reposar en la Saint-Tropez de la edad de oro y disfrutaba de una casa en Saint-Moritz, ya que de santos se trata. Fue un modo estratégico de acomodarse fiscalmente y de reforzar los vínculos que lo unían a Suiza.
Que fueron bastante prematuros, puesto que ya en 1950 lo nombraron director absoluto del Festival de Lucerna.
Llama la atención que Lucerna se haya convertido en el catalizador del Año Karajan. De hecho, la programación comprende un ciclo cinematográfico sobre los conciertos que grabó el maestro, un simposio sobre su propia trayectoria y un recital de los 12 violonchelistas de la Filarmónica de Berlín. Que eran los apóstoles del dios mismo. Una anécdota demuestra que Karajan creía en su divinidad. Puede reconstruirse con varios protagonistas, pero normalmente se relaciona con la tertulia que un día compartieron Giulini, Solti y Bernstein.
«Me ha dicho Dios que soy el mejor director del mundo», sentenció Carlo Maria Giulini sin inmutarse. «Qué raro -respondió Solti-; precisamente El se me ha aparecido y me ha asegurado que yo era el número uno porque, además de director, soy un excepcional pianista.» «No lo entiendo -intervino Bernstein-. Dios me comentó anoche que no había dudas sobre mi hegemonía: el mejor director, el mejor pianista, el mejor compositor...» Y, entonces, apareció Karajan: «Amigos míos, no recuerdo haberos dicho nada».