No alcanza una vida para conocer el mundo

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Comprar libros sobre lugares a los que nunca ha llegado, pero a los que algún día piensa ir, y llegar hasta a aprender algunas palabras del idioma del país al que viaja son sólo dos de las costumbres de un locutor y conductor que recupera su nombre de pila al presentar su pasaporte en uno de los tantos aeropuertos de los que tuvo la oportunidad de entrar y salir. Es que Pancho Ibáñez, marcado por la profesión de su padre -diplomático- que hizo que a los cuatro años abandonase Buenos Aires, la Ciudad donde había nacido, para ir a la localidad chubutense de Trevelin, y después seguir viaje hacia Barcelona, a Santiago de Compostela (en donde se recibió de abogado), es un viajero (y hace hincapié en distanciarse de los turistas) voraz, quien ha tenido la posibilidad de conocer diversos países (de los que no lleva la cuenta para evitar la «frustración» de sentir que todavía le falta mucho por recorrer).

«Si desde chiquito a uno lo sacan de su lugar, te resignás a estar haciendo siempre nuevos amigos, a conocer diferentes geografías, costumbres y eso me ayudó a lo largo de los años y me provocó esta especie de adicción a los viajes. Mi padre me lanzó en esto, pero si no en algún momento me hubiese lanzado solo porque está en mi forma de ser», asegura este profesional de los medios, quien siente «síndrome de abstinencia» cuando ya pasó demasiado tiempo desde que desarmó las últimas valijas. Es ahí donde comienza a planificar.

Curiosidad universal

«Yo siempre digo que 'todo tiene que ver con todo', porque así veo mi vida. Me paso asociando las cosas, no puedo separar la geografía de la historia, de las costumbres, necesito la variedad para satisfacer esa curiosidad universal que poseo. Sorprende que en un mundo que es tan pequeño haya tantas cosas fascinantes», sostiene Ibáñez, al tiempo que intenta explicar el porqué de no llevar la cuenta de sus viajes: «Conozco Hong Kong, pero no conozco China. ¿Y cómo hago para conocer China? ¿Tengo que ir un día a Pekín y a Shanghai? No. Por eso digo que viajar produce una frustración agradable, porque uno es consciente de que no le va a alcanzar la vida para conocer todo lo que quiere».

Para Pancho, los viajes tienen un placer que se prolonga en el tiempo. El viaje no es sólo la organización -«no sólo la valija, que la hago el día anterior y mal», comenta- sino la preparación cultural y geográfica del lugar al que va, entonces ya comienza a viajar con el mapa desplegado o los libros sobre la ciudad que va a «pretender» conocer. La travesía luego se prolonga con los recuerdos, porque se termina, pero sigue con todo lo que se vivenció, todo lo que se disfrutó. «Por eso los viajes son más que los días que uno se ha tomado», comenta, al tiempo que explica que «Praga es un buen ejemplo de mi obsesión por los viajes. Cuanto más se estudia, más se disfruta, más entendés el porqué de las cosas. Todos me preguntaban si iba a ir a Viena y a Budapest, y yo les decía que sólo iba a Praga, donde estuve diez días y no me alcanzaron. A mí me gusta quedarme, vivir la vida de ese lugar. Si puedo, tomar el transporte público. En Tokio, cómo no iba a andar en subte.»

Todo lugar tiene su encanto, su historia, su idiosincrasia. Es por esa razón que para Pancho Ibáñez, quien no trae recuerdos de sus viajes -sólo deja salir al fotógrafo que lleva adentro para captar sus «souvenirs» en colores o en blanco y negro y guardar las instantáneas en su memoria- el viajar también lo hace a uno más tolerante, demuestra que hay muchas formas de pensar y de vivir. «Cuando uno se acostumbra a no extrañar lo de uno en otro lugar, disfruta un poco más. No tiene sentido estar en una ciudad europea y decir que no hay pizzerías como en Buenos Aires», afirma, una idea que se puede relacionar con el pensamiento de que «no existe la ciudad más linda o el lugar ideal. Eso tiene que ver con lo que uno sintió, con los recuerdos que tiene. De hecho, si tuviera que elegir un lugar para el resto de mis días, me ponen en un aprieto, porque no me veo viviendo el resto de mis días en un solo lugar. Si no tengo ese poder de escaparme cada tanto, me sentiría una especie de prisionero en cualquier lado, en la ciudad más linda del mundo. No podría vivir en una ciudad que no tuviera varios climas, toda la vida igual.

A mí no me seduce, me gusta el cambio. Y los viajes tienen que ver con eso. Mi hermano, que es diplomático, siempre dice que no hay que volver a los lugares donde uno fue feliz. Algo de razón tiene, porque me pasó de ir a ciudades que uno idealizó y cuando volví no fue lo mismo. Pero siempre es bueno volver»
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