19 de agosto 2005 - 00:00

Tras los pasos de Agatha Christie

Si el primer matrimonio de Agatha Christie fue de engaños y peleas, el segundo, con el arqueólogo Max Mallowan, le ofreció viajes y una búsqueda en común de las civilizacio-nes pasadas.
Si el primer matrimonio de Agatha Christie fue de engaños y peleas, el segundo, con el arqueólogo Max Mallowan, le ofreció viajes y una búsqueda en común de las civilizacio- nes pasadas.
Escribe Cristina Morató (*) del diario "El Mundo" de España

Agatha Christie (Agatha Miller Borhner), la famosa escritora de policiales, llegó por primera vez a Siria en 1928 dispuesta a olvidar el divorcio de su primer marido, el coronel Archibald Christie (con quien tuvo su única hija, Rosalind), la repentina muerte de su madre y a tomarse merecidas vacaciones. Tenía 40 años y descubriría en ese país, cuna de grandes civilizaciones, su pasión por la arqueología y unos escenarios donde viviría «los años más felices e intensos de mi existencia».
Animada por unos amigos, el primer destino elegido fue
Bagdad y las excavaciones arqueológicas que se llevaban a cabo en Ur, la antigua ciudad sumeria de Irak.
Entusiasmada ante la idea de viajar sola, se subió al legendario
Simplon-Orient Express rumbo a Damasco, donde un autobús la llevaría a través del desierto hasta Bagdad. Nunca imaginó que aquel primer viaje turístico a Siria e Irak que le organizó la agencia Thomas Cook cambiaría para siempre su vida.
Eran otros tiempos, y el viaje a Oriente estaba cargado de misterio y aventura.
Agatha inició su travesía en la estación Victoria de Londres; tenía por delante un recorrido de 3.342 kilómetros en ese tren de la compañía Wagons-Lits, que tardaba tres días en llegar a Estambul.
En esa ciudad a orillas del Bósforo, la escritora continuó su viaje en el
Taurus Express rumbo a Alepo. Aunque confesaba que lo peor del viaje era la «incomible y grasienta comida del Taurus», pronto caería rendida ante la rica y variada gastronomía siria. Glotona por naturaleza, la novelista pronto se aficionó a los tradicionales humus (purés de garbanzos), las empanadillas rellenas de carne o espinacas y las brochettes de cordero.
Desde el primer instante en que pisó los elegantes vagones del
Orient Express, Agatha se sintió fascinada por el glamour, el romance y la aventura que destilaba ese legendario ferrocarril.
Le pareció un escenario perfecto para intrigas y para los crímenes más pasionales. Años más tarde, cuando regresaba a Inglaterra tras una larga estancia en Siria, el tren quedó detenido a causa de una gran nevada. Esa noche de 1931, en medio de una terrible tormenta,
la autora inglesa más leída de la historia ideó la trama de su novela «Asesinato en el Orient Express».

Templos y palacios
La escritora llegó a la estación de Alepo sin contratiempos, y desde allí el Taurus Express puso rumbo a Damasco, una ciudad que cautivó a la dama del crimen. En 1928, se alojó en el Hotel Orient Palace, considerado el establecimiento más lujoso y confortable durante el mandato francés. El hotel -que mantiene sus puertas abiertas aunque ha perdido el encanto y el glamour- estaba a un paso de la estación de Hiyaz, con su magnífico vestíbulo ricamente decorado, hoy en plena restauración. Antes de proseguir a Bagdad, la novelista quiso conocer todos los rincones de la vieja Damasco levantada sobre un oasis.
En compañía de un guía de la agencia Cook, la escritora realizó el mismo itinerario que los turistas que hoy llegan en avión a esta ciudad, considerada una de las más antiguas del mundo y de la que ya se habla en el Génesis. Con sus minaretes blancos, las cúpulas tapizadas de ricos mosaicos y los palacios dorados rodeados de exuberantes jardines,
Damasco había sido el centro del mundo en tiempos de los omeyas, que gobernaron entre 661 y 750. De sus monumentos, la escritora recordaba su visión de la imponente Mezquita de los Omeyas, mandada construir por el califa Abd al-Malik en el siglo VIII, con sus lujosos mármoles y mosaicos de motivos florales que aluden al paraíso islámico. También visitó el bello palacio al-Azzem, levantado en 1749 como residencia para el gobernador de la ciudad. El edificio (hoy, Museo Nacional de Artes y Tradiciones Populares de Siria) se conserva intacto y asombra por la magnífica decoración de sus salas interiores. La paz que se respira en sus patios revestidos de mármol, el rumor de sus estanques y el aroma de los jazmines trasladan a los relatos de «Las mil y una noches». Antes de abandonar Damasco, Agatha pasó muchas horas regateando con los vendedores en el zoco al-Hamidiyé, el más célebre de la ciudad. Amante de las antigüedades, los tapices y las buenas alfombras, recuerda en sus memorias que en aquel primer viaje compró un buen número de artesanías de cobre, kilims antiguos y una enorme cómoda de madera decorada con incrustaciones de nácar y plata. No es de extrañar que ante tantas tentaciones, la creadora de Hércules Poirot y Miss Marple retrasara su viaje a Bagdad, donde la esperaban ansiosos el arqueólogo Leonard Woolley y su esposa Katharine. Viajó de Damasco a Bagdad en un desvencijado autobús de la línea Nair, que cruzó el extenso desierto de piedras y maleza. Tras 48 horas, llegó exhausta y cubierta de polvo a Bagdad, donde se alojó en el Tigris Palace. Al día siguiente alcanzó las ruinas de Ur, al sur de Irak, donde los Woolley la recibieron con todos los honores. Agatha era una profana en el mundo de la arqueología, pero la visita a la antigua ciudad sumeria de Ur cambiaría el destino de su vida. Recorriendo los vestigios de sus palacios y templos sintió que el encanto del pasado se apoderaba de ella: «era romántico ver cómo aparecía, lentamente entre la arena, un puñal con reflejos dorados. El cuidado con que levantaban del suelo las vasijas me incitaba a ser arqueólogo. Qué pena que mi vida haya sido hasta ahora tan frívola, pensé entonces». En marzo de 1930 regresaría a Ur y en esta ocasión conocería al arqueólogo Max Mallowan. Seis meses después, Agatha Christie anunciaba que se casaba con Max, catorce años más joven que ella.

CrImenes y ruinas
De la mano de Max, Agatha se sumergiría en el mundo de la arqueología, y pasaría largas temporadas en Siria, cuna de las más grandes civilizaciones. Sus incontables vestigios y fabulosas ciudades enterradas en la arena cautivaron a la dama inglesa. De entre ellas, Palmira o Tadmor, una de las grandes metrópolis de la Antigüedad, la fascinó por la belleza de su emplazamiento junto a un oasis. Solía alojarse en el hotel Zenobia, y los encargados no dudan en mostrar la habitación 102, donde Agatha escribió algunas de sus novelas ambientadas en Siria.
Agatha Christie no se limitó a acompañar a su esposo en las excavaciones que realizó entre 1928 y 1959 en esta región, sino que se convirtió en su más eficaz ayudante de campo. La famosa novelista restauraba y limpiaba objetos de marfil, reconstruía piezas de cerámica, catalogaba el material encontrado, tomaba fotos... Cuando vivía en los yacimientos de Chagar Bazar y Tell Brak, al norte de Siria, se convertía en una sencilla ama de casa que se encargaba de la intendencia del campamento y enseñaba a sus cocineros nativos a preparar, en medio de la nada, exquisitos souflés de vainilla y pastelitos de chocolate.
En 1935, tras una temporada trabajando en Irak, la escritora y su esposo comenzaron sus excavaciones en Siria. Por entonces llegaba de Londres en barco a Beirut, y de allí en tren a Alepo, «el último vestigio de civilización antes del desierto». Alepo era una de las ciudades sirias preferidas por la pareja, aunque por motivos bien distintos. A Max le gustaba esta ciudad de glorioso pasado que rivalizaba con Damasco en ser «la ciudad poblada más antigua de la Tierra». Para Agatha, más pragmática, significaba poder darse un baño de agua caliente, visitar amigos y salir de compras por su famoso zoco.
Agatha y Max se alojaban siempre en el Hotel Baron, el único confortable y decente de su época, fundado en 1911 a un paso de la estación de tren a donde llegaba el Taurus Express. El mítico hotel, donde se alojaron Lawrence de Arabia y el rey Faisal, es hoy una reliquia del pasado. Su abandono y su ambiente decadente permiten imaginar a Agatha sentada en sus butacones de piel escribiendo su novela «Asesinato en Mesopotamia». Siria cambió su vida, y en su autobiografía, «Ven y dime cómo vives», recuerda sus viajes por el Cercano Oriente: «Amo a Siria, generoso y fértil país, y a su gente sencilla, que sabe reír y gozar de la vida. Inshallah, volveré y las cosas que amo no habrán perecido en esta tierra».

(*) Autora de "Las damas de Oriente. Grandes viajeras por los países árabes".

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