5 de enero 2001 - 00:00

Premios, opción obligada para estimular al arte

En estos últimos años, los cada vez más frecuentes premios a las artes que se otorgan en la Argentina cumplen funciones que superan las de vehículos con destino a la consagración. Sirven, sobre todo, de compensación económica que ayuda a moderar la difícil situación económica que atraviesan los artistas contemporáneos. Paliativos que enmascaran la adversidad, al menos para el ganador, y permiten seguir soñando con la gloria.

Pero la Argentina es tierra de paradojas. Mientras uno de los objetivos de los premios es, sin duda, contrarrestar las deficiencias de un mercado que excepcionalmente le permite a un artista vivir de su trabajo, en realidad, sólo se destina a ese fin un porcentaje que en ocasiones oscila entre 30 y 50% de esas inversiones. Es decir, que los gastos de montaje, honorarios del jurado, publicidad, seguros, catálogo, vernissages e invitaciones igualan o superan en general las sumas que reciben los artistas. El Premio Fortabat destina a los premiados 70.000 dólares, pero los gastos operativos ascienden a 200.000. Le sigue el de la Fundación Costantini, que entrega 50.000 dólares en premios y, sin embargo, ese monto es apenas 35% del costo total del premio.

La inversión del Premio Banco Nación supera los 100.000 dólares, pero al bolsillo de los galardonados sólo llegaron 35.000. El Premio Rosa Klemm a la Fotografía otorgado por la Fundación Klemm, donde se exhiben en estos días las obras seleccionadas, implicó una inversión de 4.000 dólares para el ganador, Marcos López, y 3.000 y 2.500 para las menciones. En suma, 9.500 dólares que se llevan los artistas, pero alrededor de otros 10.000 se destinaron a los gastos de montaje. «El Premio Prodaltec de Arte Digital es de 10.000 dólares, una cifra menor, pero para montarlo hay que sumar otros 45.000 dólares», explica Eduardo Miretti, presidente de la firma organizadora. «Para este año aspiro a suplantar el premio por una beca. Nunca se sabe si el artista gasta el dinero del premio en su capacitación, por eso voy a hacer un convenio para becar a un artista, que viaje, estudie y a su regreso exhiba su trabajo en una muestra, a modo de devolución. Demandará una mayor inversión, pero será más útil», agrega Miretti. Los Premios Nacionales, los que más dinero otorgan, son una excepción de la regla. Se dedicaron a los artistas más de 142.000 dólares -dado que el Gran Premio, ganado por Miguel Angel Vidal, incluye una pensión vitalicia-, y los gastos de montaje, correo y catálogo sólo llegan a 55.000. «Claro, se utilizaron los recursos de Palais de Glace, no hubo contrataciones extras, salvo los jurados», observa su director, Claudio Massetti.

El Fondo de las Artes es otra excepción: acaba de entregar un premio de 15.000 dólares a Marina de Caro, otro de 10.000 a María Causa y tres menciones de 2.000, o sea, un total de 31.000 dólares. Pero en el montaje de la exhibición, que ocupa tres salas del Centro Cultural Recoleta, y en el catálogo, sólo se invirtieron 22.000 dólares. «Somos ferozmente tacaños con los gastos superfluos», asegura Ramón Valiño, gerente de Finanzas del Fondo y añade que el Fondo destina 1,5 millón de dólares anuales a becas en el país y en el exterior. «Los gastos aleatorios que demandan las becas son muy inferiores», aclara.

Por otra parte, los premios, rubro que antes lideraba el Estado, tienen cada día más adeptos en el sector privado. Empresas, fundaciones y personas que ganan prestigio asociándose al arte aunque, a veces, no faltan los que pagan un amplio despliegue publicitario y reducen los premios a un simple diploma. Existen, sin duda, instituciones que demuestran genuino interés por apoyar a los artistas, pero tampoco se debe olvidar que para gozar de exenciones fiscales, las fundaciones deben brindar algún beneficio a la sociedad. Los premios ofrecen una salida más fácil que las becas u otro tipo de estímulos.

Estética


A mediados del siglo XIX, los salones de París fundados en el canon académico mantuvieron una estética uniforme calcada del estilo neoclásico de Jacques Louis David. Aunque estos salones acercaron el arte a la sociedad y fomentaron el nacimiento de una crítica especializada, Ingres, el más notable discípulo de David, llegó a decir: «El salón ahoga y corrompe el sentimiento, los artistas son llevados a exponer allí por el cebo de la ganancia, por el deseo de sobresalir a cualquier precio». Recién con el arribo de los Salones Independientes se abrirían las puertas a los marginados del sistema. Creados con un modelo decimonónico, los premios argentinos recién comienzan a renovar su estrategia. El caso es que la promoción de una de las nuevas vertientes del arte en nuestro medio, el neoconceptualismo, llega a través del Premio Banco Nación.

Además, este salón que hoy se exhibe en el Recoleta abandona el formato tradicional dedicado a la pintura y la escultura para adoptar de modo abrupto nuevos géneros como instalación, video, fotografía, y también nuevos materiales, incluso efímeros o desechables. Tan radical es la selección, que el jurado sólo aceptó dos pinturas.

Por otra parte, la estética del premio del Fondo de las Artes se aproxima a la del Banco Nación, dato explicable ya que coinciden varios nombres del jurado. Pese a que en el año 1863 el Salón de los Rechazados significó el fin de los criterios académicos y hoy cualquiera sabe que no existe un canon que regle el juicio estético y la evaluación es sólo subjetiva, como en su génesis, se percibe en algunos salones un renovado criterio hegemónico y en ocasiones, restrictivo. Como si fuera un vicio inherente al propio sistema.

El mejor ejemplo de las arbitrariedades que se cometen en los premios es la de
«Desocupados», hoy considerada la obra cumbre de Antonio Berni que fue rechazada en 1935 por el jurado del Premio Nacional y que al año siguiente le otorgó el Gran Premio por un retrato. Es obvio, el valor de una obra de arte no puede medirse con la misma certeza que un descubrimiento científico o los segundos que tarda un deportista para llegar a la meta.

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