23 de mayo 2013 - 08:36

La gran elección

Horacio González.
Horacio González.
Por Horacio González, especial para ámbito.com.-


Yo pienso que a diez años del inicio del ciclo que está caracterizado por las presidencias de Néstor y Cristina Kirchner, hay que hacer un sereno análisis de las nuevas condiciones en que se da el juego político, las decisiones económicas, la disputa por el poder o las realidades del terreno argumentativo. Todas ellas han cambiado abruptamente. Mientras el kirchnerismo tiene los contornos de una clase política clásica, proveniente de un movimiento popular complejo y de experiencias gubernativas en provincias periféricas, la disputa política nacional ya se había sofisticado lo suficiente como para haberse generado una justicia mediática, un sistema comunciacional que vive su revolución técnica fusionando televisión, telefonía e Internet, una industria cultural cada vez más mundializada y un cambio de largos alcances en la explotación minera e hidrocarburífera, que sorprende a las mayoría de las naciones envueltas en una mezcla de nuevas pobrezas o reprimarización de sus economías, y posibilidades de explotación de los recursos naturales que estrechan el horizonte de vida útil de los bienes naturales no renovables.

Como no es fácil el ejercicio de la política sin temas movilizantes, vinculados a la justicia, a la reparación moral y a la necesidad de subsistencia de las autonomías nacionales, ya sea por sí o en asociación con bloques regionales de afinidad, se produce una inesperada discordancia. Es la que se da entre la evolución de las neoeconomías inmateriales del planeta y las realidades políticas nacionales que deciden proponer un papel arbitral o intervencionista para el Estado, con medidas casi tradicionales aunque dificultosas, como el desendeudamiento o el pasaje al fisco del control de los fondos de pensión.

A un tiempo que el kirchnerismo debía vestirse con las indumentarias más abarcadoras de un gobierno de alcances nacionales, apelando a diversas tradiciones políticas -el peronismo tradicional, las renovaciones peronistas y diversos sectores de las izquierdas democráticas-, el impetuoso reordenamiento y crisis de lo que sigue llamándose capital financiero -como en la época de Hobson o Hilferding- rehace la geopolítica mundial, ampara guerras que muchas veces pretextan un resguardo de los derecho humanos, voltea secciones empresariales enteras dando razón al extremo de riesgo en que obligan a actuar las condiciones contemporáneas del capitalismo (riesgo que en la época de Max Weber era apenas un elemento de la vida empresarial considerada un signo de ascetismo y salvación) y que ahora es un acto contingencial absoluto, que está en los bordes de la ilegalidad o bien opera muy cómodamente en ilegalidades autoconsentidas. La ilegalidad es productiva en el plano financiero, mientras hay sectores arcaicos de la producción regidos por la antigua legalidad cuyo centro son los deteriorados estados-naciones. No obstante, son éstos los acusados de corrupción por los sectores más modernos del capitalismo tecnológico audiovisual, que no se caracteriza precisamente por no estar entrelazado por todas clase de urdimbres que visitan con frecuencia la gran ilegalidad de los tratos empresariales.

En estas condiciones imperfectas, desiguales y asimétricas debe actuar la vida democrática, expuesta a peligros muy variados, que provienen casi enteramente de la disparidad entre sus potencialidades de control del flujo económico y la realidad de las nuevas redes de tráfico de mercancías, signos y sujetos que se producen bajo lógicas enteramente diferentes a las del capitalismo tradicional. El modo en que muchas veces la política clásica responde, acosada por esas realidades, remite a las propuestas de elaborar formas de capitalismo nacional que son autodefensivas pero también sin evitar la reproducción de una nuevo estamento de negocios que puede no estar a la altura de las proposiciones válidas en cuanto a preservar el estado nación y sus procesos de democratización en la esfera económica, política, social y cultural.

Con audacia y vertiginosidad el kirchnerismo se empeñó en crear ese estamento nacional económico, omitiendo formalidades que de todas maneras estaba a la vista que, su omisión verdadera, era la que corresponde a la actuación de los grandes emporios y corporaciones internacionales multipolares y resguardadas por alianzas económicas cambiantes pero de larga data, y fundamento de lo que desde hace más de dos décadas se llama globalización. El kirchnerismo, tomando temas semiológicos ostensibles, en estos años postuló lo que se llamó un "relato" con ejes emanacipatorios. Una fortísima campaña desestabilizadora, no entendida como golpismo tradicional, sino como ramalazos dramáticos basados en hipótesis de corrupción que previamente han conseguido desprestigiar la persistente palabra relato -haciéndola sinónimo de impostura- obligarán a la población, en las elecciones próximas, a elegir entre esos dos énfasis poderosos: la tradición emancipatoria, aun con sus problemas señalables, y la hipótesis de corrupción, aun con sus excesos folletinescos.