Los ambientalistas de Gualeguaychú se convirtieron, de alguna manera, en rehenes de sus propias palabras. Exhortaron a que sea la propia Cristina de Kirchner y no sus ministros quien les pida levantar el bloqueo que mantienen desde hace dos años en el puente a Uruguay, en rechazo al funcionamiento de la pastera Botnia. Sin embargo, lejos de la lógica retórica, no garantizaron que un planteo explícito de la Presidente en ese sentido desemboque efectivamente en el fin de la protesta. «La Presidenta tranquilamente podría opinar y podría pedir si ella quisiera el levantamiento, pero pedirlo, no insinuarlo», argumentó el dirigente José Pouler. Y agregó: «¿Qué funcionario puede decir que el tema del corte como protesta puede servir?, ninguno, es la lógica». Reacción La reacción de los entrerrianos se produjo como consecuencia de las declaraciones del jefe de Gabinete, Sergio Massa, quien llamó a «reflexionar» a los asambleístas y consideró que este tipo de protestas sobre los pasos internacionales «es malo» y perjudican «solamente a los entrerrianos». «Nos llama la atención, que la estrategia del Gobierno pase por enviar a sus serviles a opinar lo que ellos no se animan a opinar directamente», respondió Pouler en declaraciones que publicó ayer El Diario. En medio de tantos cruces algo queda claro: ni los ambientalistas ni el Gobierno tienen una estrategia definida para poder encontrarle una solución a un conflicto desdibujado, que parece haberse estancado en un punto sin retorno, de uno y otro lado. La afrenta de los entrerrianos esconde, en cierto sentido, casi un ruego velado para que la Casa Rosada interceda activamente en sus reclamos, independientemente del proceso judicial que se sigue en La Haya, y vuelva a enarbolar el conflicto ambiental como una causa política como pregonó hace tres años el ex presidente Néstor Kirchner. Error: el Gobierno nunca dijo estar en contra del emprendimiento empresario; sí asumió en cambio la responsabilidad de reclamar que Botnia debía dar garantías de funcionamiento limpio; algo que hasta ahora -según los estudios ambientales- se estaría cumpliendo. En éste como en otros casos, el Gobierno ha apelado al desgaste natural de la protesta, dejando que en definitiva suceda lo que está sucediendo, aunque por ello el país pague un precio alto. Hacia adentro, la significancia política de aquella postal de Kirchner en el Corsódromo de Gualeguaychú, rodeado de todos los gobernadores embanderados en una causa tan sensible como el cuidado del medio ambiente, fue mucho más afectiva que cualquier otro planteo. En cambio, la perseverancia de la protesta vecinal desató un conflicto diplomático con el Uruguay que, hasta hoy, el Gobierno no ha podido remontar. Conformidad Sin embargo, algo parece estar cambiando. Ayer, al conocerse las declaraciones de Massa, el Gobierno de Tabaré Vázquez celebró la injerencia de las autoridades argentinas en contra de los bloqueos, los que ahora, como todos los veranos, amenazan incluso con extenderse a otras ciudades fronterizas. Un escenario complejo que suma, además, el rechazo social a una medida que ha impactado desacelerando la buena performance de la economía de una ciudad como Gualeguaychú, de alta dependencia turística. Todo en un momento en que las fuerzas individuales que sostienen la protesta enfrentan también un resquebrajamiento lógico que parecería anticipar el fin de un movimiento social al que nadie podrá negarle la capacidad para haber instalado a nivel mundial un reclamo, en principio, legítimo.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario