¿Qué nos pueden enseñar las ciudades intermedias?

Ambito Nacional

En 2013 nos encontramos en un momento bisagra: según el informe estadounidense Demographia World Urban Areas, por primera vez en la historia de la humanidad más del 50 por ciento de los hombres y las mujeres vivíamos en ciudades, superando a la población afincada en zonas rurales, que había sido mayoritaria hasta ese momento. Este fenómeno mundial de migraciones a grandes centros urbanos -producto de las nuevas formas de producción, la búsqueda de oportunidades y un desarrollo territorial de infraestructura y servicios inequitativo en muchos de los casos- durante la década los 80 y 90 siguió criterios de concentración y fragmentación. Las megalópolis fueron el barco insignia de una corriente que tendió a priorizar el uso del automóvil por sobre el transporte público, con los consiguientes tajos en la trama urbana generados por la construcción de autopistas. La zonificación de actividades concentró población en algunas áreas en detrimento de otras, colapsando vías de comunicación. El patrimonio histórico cayó bajo la picota de una supuesta modernidad de eterno presente, sin memoria histórica ni social.

A medida que las megalópolis crecían lo hacían también sus conurbanos: según un informe del CIPPEC de 2018, en los 24 partidos del conurbano bonaerense viven 10.894.664 personas, lo que representa el 25% de la población del país y el 64% de la población de la provincia. Este crecimiento exponencial no tuvo el acompañamiento requerido en cuanto a ampliación y desarrollo de infraestructura y servicios públicos, por lo que el acceso pleno a la salud, seguridad y vivienda se convirtieron en deuda.

Ahora bien, dado el diagnóstico, ¿qué hacer? En este contexto, los gobiernos locales tienen una relevancia estratégica: la cercanía con la población objetivo y la velocidad de respuesta son vitales para llevar adelante transformaciones necesarias y urgentes. Para quienes tenemos responsabilidades en la gestión, criterios como sostenibilidad, desarrollo sustentable y cuidado del ambiente se transformaron de objetivos a largo plazo a criterios de trabajo cotidianos, transversales a toda toma de decisiones.

En este sentido, al llegar al Municipio de Escobar decidimos proteger 12.000 hectáreas de humedales en la cuenca del Río Luján, asegurando que ese santuario de flora y fauna autóctona quede resguardado y continúe siendo patrimonio de los bonaerenses. Hoy, luego de un arduo trabajo con el equipo de urbanistas presentamos el Plan Estratégico de Ordenamiento Territorial, una herramienta normativa que garantiza la convivencia sostenible y armónica entre el ambiente natural, la producción y el desarrollo de la ciudad, con criterios sostenibles de crecimiento económico, social y ambiental. El actual sistema normativo, diseñado hace más de una década, permitía la urbanización en cualquier sector del territorio generando una ciudad atomizada y desordenada que impactaba negativamente en el ecosistema, principal valor de nuestro territorio.

Tomo el caso de mi ciudad porque con la llegada de la pandemia de covid-19, las consecuencias de la vida en las megalópolis aceleraron la necesidad de encontrar respuestas, y las llamadas ciudades intermedias pueden dar algunas de ellas. Un reciente informe del CAF-Banco de Desarrollo de América Latina caracterizó a las ciudades intermedias como “determinantes para aumentar la productividad y competitividad nacional y regional; y por otra, están llamadas a contribuir significativamente a cerrar las brechas entre zonas rurales y urbanas y, con ello, a brindar más prosperidad a los ciudadanos”. Escobar es un ejemplo de estas ciudades, comunidades de entre 100.000 y un millón de habitantes, que marcan un camino a seguir para desconcentrar los conurbanos y mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Ni hacinados ni aislados, los modos de organización de nuestras comunidades intermedias tienen mucho que decir respecto a la inclusión social y la protección del ambiente. La planificación territorial a escala humana y con perspectiva ambiental – a través de la participación comunitaria en el desarrollo de proyectos con herramientas como Presupuesto Participativo y plataformas de planificación como Hagamos entre todos - es clave para afrontar el mundo que viene. Porque después de esta dura lección que nos ha impuesto la pandemia global podemos decir que nada será igual, pero también que tendremos la posibilidad de hacerlo mejor entre todos y todas.

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