La soja y el valor agregado que a ella se puede dar generan un panorama
promisorio para los empresarios rurales argentinos.
Empresarios de la cadena agroindustrial coincidieron en la necesidad de que el país cambie el perfil de sus exportaciones de granos y harinas de soja por productos de mayor valor agregado, como el caso de carnes producidas a partir de proteínas vegetales, y reclamaron para ello un mejor tratamiento fiscal. Así lo expresaron ayer el empresario de la soja y director de Los Grobo, Gustavo Grobocopatel; el senador y director de Aceitera General Dehesa, Roberto Urquía y el director de SAS Región Sur, Iván Pezzoli, al disertar en el marco del Encuentro Empresarial EDDE 2005, organizado por la Escuela de Dirección de Empresas, en la sede de la UADE. «No podemos quedarnos en el camino. El desafío es la producción de carne en la Argentina. No enviar sólo la harina de soja», aseguró Gustavo Grobocopatel, tras explicar que el incremento del consumo mundial de ese producto se explica en una mejora en la demanda de diferentes tipos de carne.
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El empresario explicó que el consumo de trigo crece en menor proporción que el incremento de la población mundial, pero que en el mundo se consumen mayores cantidades de harinas proteicas y de aceites. «El mercado de harina proteica es de la soja. No hay producto que haya podido reemplazarla. Consumo de harina es sinónimo de consumo de carne. La riqueza en el mundo aumenta, en promedio la gente es más rica, y en la medida que aumenta su riqueza quiere consumir más carne», explicó el director de Los Grobo. En otro aspecto, señaló que «el agro y la industria crecieron en paralelo» y destacó que «no hubo política de Estado sino que, simplemente, hubo intereses». Muchas veces el Estado tiene la tentación de hacer el bien. De decir qué es lo que hay que hacer. Nosotros le decimos: «Déjennos tranquilos», agregó el empresario sojero. Por otro lado, consideró que « fundamentalmente la Argentina y Brasil tienen el mercado de las proteínas del mundo controlando» y opinó que «ante esa situación de liderazgo, debemos aprovecharla para poder negociar otras cosas».
«Podríamos negociar proteínas por apertura de mercados, servicios. Los fabricantes de juguetes y de textiles deberían pensar que la soja es una aliada para abrir mercados. La soja no es una enemiga para sacarle dinero», se quejó Grobocopatel, en una referencia velada a las retenciones a las exportaciones. No obstante, Urquía, por su parte, advirtió que la estructura tributaria del comercio exterior argentino no colabora con el objetivo de agregarle valor a la producción de la cadena agroindustrial. «La exportación del aceite a granel en barcos tributa 20 por ciento y una botella lista para el consumo también tributa 20 por ciento. La estructura tributaria no fomenta la incorporación de valor agregado», sostuvo el senador por Córdoba. El legislador indicó que «en vez de mandar aceites crudos, deberíamos enviar envasados, lecitina de soja, biocombustibles» y señaló que uno de los desafíos para el país en materia de proteínas vegetales «es transformarlas en carne».
Consideró que eso «significa exportación de mano de obra argentina puesto que la cadena del sector es fuerte generadora de valor agregado» y explicó que a partir de una tonelada de soja, se puede producir aceite embotellado a 772 dólares, mientras que a granel cuesta 440 dólares. Frente a ello, consideró de una importancia «similar a la de la deuda externa», la negociación de la ronda Doha de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que se llevará a cabo en diciembre próximo en Hong Kong. Por su lado, Pezzoli, desde una visión más técnica, consideró que la cadena agroindustrial debería aplicar el mecanismo de «visibilidad» para intentar anticipar las condiciones futuras de cada elemento y evitar restricciones que pudieran aparecer en el desarrollo del negocio. « Visibilidad más optimización. Dos palabras detrás de las cuales hay mucho dinero», señaló Pezzoli.
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